Hace pocos días escuché un comercial de un banco estatal donde se asegura que Costa Rica se decantó por las energías renovables. Esto es falso; absolutamente falso. Esta aseveración no es más que un mito urbano que la agencia de publicidad responsable del comercial replica. Pero bueno, ellos saben de publicidad, no necesariamente de energía.
Según el Balance Energético Nacional, en el año 2024 -la versión más actualizada a la que tengo acceso- la matriz energética de Costa Rica estuvo compuesta de cerca del 70% de hidrocarburos derivados de petróleo y poco más del 23% de electricidad, más una pequeña porción de otras fuentes. Esas casi tres cuartas partes de energía proveniente del petróleo es energía en primer lugar importada, terriblemente sucia y terriblemente cara. Además, más del 10% de la electricidad en ese año fue producida también con hidrocarburos, lo que llamamos energía térmica, que se produce con motores de combustión en Moín de Limón y en Garabito de Miramar.
La tendencia de la matriz es hacia los hidrocarburos. Al aumentar la flota vehicular, aumenta el consumo de diésel y gasolina, pero también crece la congestión vehicular en las carreteras y esto también dispara el consumo de combustibles. Es un efecto multiplicador pernicioso desde el punto de vista energético. En el 2024 el 50% del total de la energía disponible del país se consumió en transporte terrestre.
De continuar con este esquema, muy pronto llegaremos a una matriz energética con un componente del 80% de hidrocarburos. Es un patrón que, más que detenerlo, debemos revertirlo.
La dependencia del petróleo en Costa Rica constituye uno de los principales riesgos estructurales para su estabilidad económica, social y energética, especialmente en un contexto internacional cada vez más incierto y volátil. Aunque el país ha logrado posicionarse como un referente mundial en generación eléctrica relativamente limpia -de aquí deriva el mito urbano-, esta fortaleza contrasta profundamente con la realidad de su matriz energética total, la cual continúa fuertemente dominada por los combustibles fósiles, como comenté al inicio. Esta situación genera una vulnerabilidad significativa, particularmente en momentos de crisis geopolíticas, como las tensiones y conflictos en Medio Oriente, como el escenario actual de la guerra EE. UU. - Irán, que tienen la capacidad de alterar de forma abrupta el equilibrio de los mercados energéticos globales.
El primer gran riesgo asociado a esta dependencia es de carácter económico. El precio del petróleo es inherentemente inestable, sujeto a variaciones provocadas por factores externos como decisiones de grandes productores, conflictos internacionales, interrupciones en las cadenas de suministro y dinámicas especulativas del mercado. Para un país como Costa Rica, que importa la totalidad de los combustibles que consume, cualquier incremento en el precio internacional se traduce de forma directa en un aumento del costo de vida. Esto se manifiesta en mayores precios de transporte, encarecimiento de bienes y servicios, presiones inflacionarias y deterioro del poder adquisitivo de la población. Además, el impacto se extiende a la competitividad del país, ya que los costos logísticos aumentan y afectan tanto a la producción nacional como a las exportaciones.
A este riesgo económico se suma una dimensión geopolítica que agrava aún más la situación. El petróleo no es simplemente un recurso energético, sino un elemento central en la política internacional. Regiones como Medio Oriente concentran una parte sustancial de la producción mundial, y cualquier conflicto en estas zonas tiene repercusiones inmediatas en los mercados globales. Un escenario de conflicto más profundo entre EE. UU. e Irán, por ejemplo, podría provocar interrupciones totales en el suministro, bloqueos en rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz y aumentos significativos en el precio del barril. En este contexto, Costa Rica carece de capacidad de respuesta estructural, ya que no dispone de producción propia ni de reservas estratégicas suficientes -RECOPE tiene reservas limitadas para unas cuantas semanas-, lo que la convierte en un actor altamente vulnerable y dependiente de decisiones externas sobre las cuales no tiene control alguno.
La seguridad energética del país también se ve comprometida por esta dependencia. Garantizar un suministro continuo y accesible de energía es fundamental para el funcionamiento de cualquier economía moderna, pero en el caso costarricense, esta garantía está sujeta a la estabilidad de factores externos. La concentración del consumo de combustibles fósiles en el sector transporte agrava esta situación, ya que cualquier interrupción en el suministro afecta de manera inmediata la movilidad, la distribución de alimentos, el comercio y la vida cotidiana en general. La posibilidad de interrupciones logísticas ya sea por conflictos internacionales, problemas en rutas marítimas o limitaciones en la infraestructura portuaria, podrían generar escenarios de desabastecimiento con consecuencias significativas, casi que devastadoras para el país.
Desde una perspectiva ambiental, la dependencia de los combustibles fósiles representa un obstáculo importante para los objetivos de sostenibilidad y descarbonización. Aunque Costa Rica ha logrado avances notables en la generación de electricidad limpia, el uso intensivo de derivados del petróleo continúa siendo la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero. Esto compromete los compromisos internacionales del país en materia climática.
Fenómenos naturales pueden afectar la capacidad de generación renovable, especialmente la hidroeléctrica, que depende de patrones de precipitación cada vez más variables e impredecibles. El fenómeno de El Niño tiene posibilidad de ocurrencia del 60% en 2026 y podría mantenerse hasta el segundo semestre del 2027, poniendo en alto riesgo los niveles de nuestras represas.
En el ámbito tecnológico y de competitividad, la persistencia de una matriz energética dependiente del petróleo puede generar un rezago significativo. El mundo avanza hacia modelos energéticos basados en electrificación, eficiencia y energías limpias, y los países que no logren adaptarse a esta transición corren el riesgo de quedar rezagados. Esto puede traducirse en una menor atracción de inversión extranjera, pérdida de oportunidades de desarrollo tecnológico y limitaciones en la integración a cadenas de valor globales que exigen cada vez mayores estándares ambientales. En este sentido, la dependencia del petróleo no solo es un problema energético, sino también un factor que puede limitar el desarrollo económico a largo plazo.
Las crisis globales actúan como catalizadores de todos estos riesgos, amplificando sus efectos y evidenciando las debilidades estructurales de nuestro sistema energético. En un escenario de conflicto EE. UU. con Irán, por ejemplo, los impactos serían inmediatos y generalizados: aumento de los precios de los combustibles, presión sobre la inflación, encarecimiento de los alimentos y dificultades en la producción y el transporte. Ante esta situación, Costa Rica se encontraría en una posición de vulnerabilidad grave, sin herramientas suficientes para mitigar los efectos de una crisis externa. Esta falta de soberanía energética pone en evidencia la necesidad urgente de transformar la matriz energética del país hacia un modelo más resiliente y autosuficiente.
En este contexto, la electrificación emerge como una de las principales oportunidades estratégicas para reducir la dependencia del petróleo. Costa Rica cuenta con una base sólida en generación eléctrica renovable, lo que le otorga una ventaja comparativa significativa frente a otros países. Sin embargo, esta fortaleza debe ser aprovechada mediante una expansión del uso de la electricidad en sectores que actualmente dependen de combustibles fósiles, especialmente el transporte. La electrificación de la movilidad permitiría reducir de manera sustancial el consumo de derivados del petróleo, disminuir las emisiones y mejorar la eficiencia energética del sistema en su conjunto.
No obstante, este proceso implica un aumento considerable en la demanda de electricidad, lo que a su vez requiere una expansión de la capacidad de generación, así como el fortalecimiento de la infraestructura eléctrica. Esto incluye el desarrollo y aumento de las fuentes convencionales, así como la incorporación de nuevas fuentes, la modernización de redes de transmisión y distribución, teniendo especial cuidado con la variabilidad de las fuentes renovables que pueden resultar vulnerables por cambios en nuestro clima. En este escenario, la diversificación de las fuentes de generación se vuelve fundamental para garantizar la estabilidad y la seguridad del sistema.
La incorporación de energía nuclear con reactores modulares pequeños (SMR’s por sus siglas en inglés) se presenta como una alternativa estratégica en este proceso de transformación. A diferencia de otras fuentes, la energía nuclear ofrece una generación continua y confiable, lo que la convierte en un complemento ideal para las energías renovables intermitentes como la solar y la eólica. Además, su factor de planta es el más alto de todas las fuentes de electricidad del mundo -entre el 90 y 95%- y sus bajas emisiones de carbono la posicionan como una opción viable para fortalecer la matriz eléctrica sin comprometer los objetivos ambientales. Si bien su implementación requiere un análisis riguroso en términos de regulación, seguridad e inversión, su potencial para aportar estabilidad al sistema energético es significativo.
Por otra parte, el gas natural puede desempeñar un papel clave como energía de transición. Aunque se trata de un combustible fósil, su precio es muchas veces más barato que los combustibles que utilizamos actualmente -4 veces más barato que el diésel- y sus emisiones son menores en comparación con los derivados del petróleo. Su flexibilidad operativa lo convierte en una opción adecuada para respaldar la generación renovable y la operación de equipos de transporte, construcción y maquinaria agrícola que no son fáciles de convertir a equipo eléctrico. El aprovechamiento de reservas propias de gas natural permitiría reducir la dependencia de importaciones, mejorar la seguridad energética y facilitar la transición hacia un sistema más limpio y diversificado. En este sentido, el gas natural no debe ser visto como una solución permanente, sino como un puente hacia una matriz energética más sostenible.
La transformación de la matriz energética de Costa Rica requiere una visión de largo plazo que integre estos elementos de manera coherente. En este sentido, planteo como objetivo alcanzar para el año 2050 una matriz compuesta en por un 75% electricidad —proveniente principalmente de fuentes renovables y complementada con energía nuclear— y en un 25% por gas natural. Este modelo permitiría eliminar prácticamente la dependencia del petróleo, aumentar la resiliencia del sistema energético y reducir de forma significativa las emisiones de gases de efecto invernadero.
Al mismo tiempo, esta transformación contribuiría a fortalecer la seguridad y soberanía energética del país, al basarse en recursos propios y tecnologías que pueden ser desarrolladas e implementadas a nivel nacional. Esto no solo reduciría la exposición a riesgos externos, sino que también abriría oportunidades para el desarrollo económico, la innovación tecnológica y la creación de empleo en sectores estratégicos. La transición energética, por tanto, no debe ser vista únicamente como una necesidad ambiental, sino como una oportunidad para redefinir el modelo de desarrollo del país.
En definitiva, la dependencia del petróleo representa una vulnerabilidad crítica para Costa Rica en un mundo marcado por la incertidumbre geopolítica y los desafíos de las variaciones climáticas. Superar esta dependencia requiere una transformación profunda del sistema energético, basada en la electrificación, la diversificación de fuentes y el aprovechamiento de recursos propios. La incorporación de energía nuclear y el uso estratégico del gas natural como transición permitirán avanzar hacia una matriz más equilibrada, segura y sostenible.
Alcanzar una matriz energética en 2050 compuesta por un 75% de electricidad y un 25% de gas natural no solo es una meta deseable, sino una necesidad para garantizar el bienestar y la estabilidad del país en el largo plazo.
Eugenio G. Araya
Físico
American Nuclear Society Member
TEDx Speaker





































