El reciente anuncio de que Costa Rica ocupó el cuarto lugar en el Informe Mundial de la Felicidad no fue solo otro galardón; fue un golpe maestro de relaciones públicas. Como la primera nación latinoamericana en entrar al top diez, los “Ticos” en todas partes, desde las fincas cafetaleras de Tarrazú hasta las playas de Santa Teresa, sintieron un justificable estallido de orgullo. Durante décadas, le hemos vendido al mundo una historia: una ecoutopía pacifista y sin ejército. Este ranking parecía sellar el trato.
Pero si somos honestos, esta estadística se siente cada vez más hueca para la gente que vive aquí. Como alguien que ha observado la transformación del país, no puedo evitar ver esta insignia de “4º más feliz” como una simplificación peligrosa. Es un regalo hermosamente envuelto que no contiene más que humo para un número creciente de residentes. No estamos viviendo la “Pura Vida”; estamos viviendo una campaña de marketing para la élite global, pagada con el estancamiento de la clase media costarricense.
Primero, seamos claros sobre cómo se mide esta “felicidad”. El Informe Mundial de la Felicidad se basa en gran medida en la evaluación subjetiva de la vida. Consiste en preguntar: “En una escala del 0 al 10, ¿qué tan satisfecho está con su vida?”. Costa Rica sobresale aquí porque nuestra cultura se basa en la resiliencia y la gratitud. Cuando las cosas se ponen difíciles, nos apoyamos en la familia, la comunidad y la belleza inherente de nuestra tierra. Decir “Pura Vida” no es solo un saludo; es un mecanismo de defensa contra la queja. Cuando un encuestador pregunta “¿Eres feliz?”, la respuesta del tico está casi preprogramada para ser un sí, porque admitir la infelicidad se siente como una ingratitud. Esto no significa que seamos los cuartos más felices; significa que estamos predispuestos culturalmente a decir que estamos contentos, incluso cuando las grietas se están ensanchando.
La desconexión entre la estadística y la acera es más visceral en nuestra economía. Costa Rica se ha convertido en el país más caro de América Latina, punto. Somos la “Suiza” de la región, pero nuestro salario mensual promedio no es de 7000 dólares. Es una realidad brutal que los rankings globales ignoran. Mientras los turistas y los nómadas digitales celebran nuestras “Zonas Azules” y nuestra red eléctrica baja en carbono, la clase media nativa está siendo sistemáticamente aplastada. El precio de la leche, la gasolina y los servicios públicos —todos fuertemente gravados o controlados por el Estado— rivaliza con los precios de Miami o Londres. La vivienda se ha convertido en una mercancía internacional, con precios para quienes tienen dólares y euros, empujando a los ticos cada vez más hacia la periferia. Es imposible sentir la “Pura Vida” cuando trabajas semanas de 60 horas en dos empleos solo para pagar un pequeño apartamento que cuesta el 70% de tus ingresos. Estamos siendo testigos del desplazamiento de toda una población de su propio “paraíso”.
Aún más atroz es la omisión total de nuestra creciente crisis de seguridad en estas fórmulas de felicidad. Las estadísticas pueden priorizar la “generosidad” y el “apoyo social”, pero pasan por alto completamente el recuento de cadáveres. Ya no somos el oasis de paz que pretendemos ser. Actualmente vivimos en un estado de emergencia de seguridad, con tasas de homicidios que baten récords, impulsadas por la violenta expansión de los carteles internacionales de la droga que utilizan nuestro territorio como centro logístico. Cuando las comunidades están traumatizadas por tiroteos diarios y vecindarios enteros viven con miedo, es ofensivo afirmar que somos “más felices” que las naciones europeas pacíficas. No se puede construir una felicidad sostenible a largo plazo en un entorno donde la seguridad personal se erosiona tan rápido. Puede que al estadístico sentado en Londres o Vancouver no le importe nuestra tasa de homicidios, pero a la madre en Desamparados ciertamente sí.
La verdadera belleza de Costa Rica —nuestra alma ambiental, nuestra decisión de priorizar la educación sobre las armas— permanece, pero estos cimientos están bajo asedio. Un tejido social de alto valor no puede soportar indefinidamente las presiones duales de la precariedad económica y la violencia desenfrenada. Debemos dejar de darnos palmaditas en la espalda por un número en un gráfico. Este ranking es un narcótico que arrulla a nuestros líderes y al público en una falsa sensación de logro mientras los valores fundamentales de nuestra república se disuelven. La verdadera “Pura Vida” requiere un pacto social que garantice seguridad y oportunidades para todos, no solo para los visitantes que pueden costearlo. Hasta que no abordemos el precio de los productos básicos y la seguridad de nuestras calles, este trofeo del “4º puesto” no es más que un espejismo.
Sobre el autor: Nacido en la República Checa, Jan Kozak es licenciado en Ciencias Políticas por Macalester College y tiene una maestría en Estudios de Paz Internacional por la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas. Jan Kozak fue galardonado con el Premio Hubert H. Humphrey-Walter F. Mondale en Ciencias Políticas de Macalester College en 2003.





































