Adolfo Cruz Luthmer
Empresario
Las encuestas muestran con claridad qué motiva hoy al votante costarricense, pero la mayoría de las campañas sigue atrapada en un discurso repetido que no conecta con el malestar de fondo ni con la demanda de cambio estructural.
En las últimas semanas, a medida que el proceso electoral entra en una fase decisiva, he sostenido múltiples conversaciones con amigos de larga data, socios y familiares en torno al escenario político y a los resultados de las encuestas más recientes. Más allá de las diferencias ideológicas, estos intercambios han dejado una conclusión común: existe una brecha cada vez más evidente entre lo que el electorado está demandando y lo que las campañas políticas están ofreciendo.
A pocos días de iniciar la veda de Navidad, resulta llamativo constatar que el panorama político permanece prácticamente inalterado respecto a hace tres o cuatro meses.
Doña Laura Fernández continúa liderando las encuestas con un 25–30% de la intención de voto, mientras que cerca de 19 candidaturas se reparten aproximadamente un 24% adicional, sin que ninguna supere el 8%. La fragmentación es evidente, pero el dato más relevante no es el número de aspirantes, sino la incapacidad colectiva de romper el empate narrativo.
Desde hace varios meses, las encuestas del CIEP han sido contundentes al señalar que los principales motivadores del voto no se relacionan directamente con los problemas tradicionales que afectan a la ciudadanía, sino con un profundo malestar frente a la forma en que se ejerce y concentra el poder político.
Los datos son claros:
Quitar el poder a los de siempre: 87,7%
Cambiar la Asamblea Legislativa: 86,6%
Devolver el poder al pueblo: 81,1%
Apoyar nuevos liderazgos: 80,7%
Cambiar la Constitución: 76%
Pese a este diagnóstico, la mayoría de los candidatos de partidos opositores ha insistido en centrar su discurso casi exclusivamente en los mismos ejes: seguridad, empleo, corrupción, costo de vida, salud y pensiones. Temas relevantes, sin duda, pero que no abordan la raíz del descontento ciudadano.
El problema no es la agenda, sino el enfoque. Se está respondiendo a los síntomas, pero no al sistema que los produce. Se habla de los problemas visibles, pero no de las estructuras que los perpetúan. Y en ese vacío conceptual es donde el mensaje pierde fuerza y credibilidad.
Resulta llamativo que, con mínimas variaciones de forma, prácticamente todas las candidaturas repitan el mismo libreto. El error estratégico es evidente: siguen comunicando desde dentro del sistema, cuando el electorado quiere debatir sobre el sistema mismo. Cuando veinte candidatos hablan de seguridad, en realidad nadie habla de seguridad. El mensaje se diluye, se vuelve ruido blanco.
Más desconcertante aún es que, pese a la claridad de los datos, exista un temor casi paralizante a salirse de ese guion predecible. Es como ir perdiendo una final 4–0 en el minuto 80 y optar por reforzar la defensa. A estas alturas, la pregunta obligada es: ¿qué queda realmente por perder?
Hoy, según las encuestas, los mensajes de las campañas no están generando tracción. Para una parte significativa del electorado, el discurso político se percibe como repetitivo, vacío y desconectado de su sentir profundo. El resultado es un cansancio que se traduce en indiferencia, apatía y desconfianza.
Mientras tanto, el votante ha sido claro en su demanda: quiere escuchar a alguien que se atreva a decir lo que nadie dice. Quiere una conversación incómoda, pero honesta. Quiere liderazgo con visión, claridad y valentía.
Por ahora, sin embargo, ese mensaje sigue sin aparecer. Y mientras todos dicen lo mismo, nadie está diciendo nada.





































