Conocí a “Cotico” en 1976, el año en el que ingresé a la Universidad de Costa Rica (UCR) con el propósito de estudiar periodismo y de jugar baloncesto con el equipo femenino. Aún no había cumplido los 17, pero, gracias a la orientación que recibí en mi hogar, era una jovencita desenvuelta, amigable, de mente abierta. Esas características me permitieron alternar con todo tipo de personas en un ambiente universitario luminoso y mágico, en el que, para la gran mayoría, el origen, la edad, el sexo, el credo o la clase social no tenían importancia alguna.
Hijo del ilustre jurista Fernando Coto Albán —gran amigo de mi padre—, Cotico era muy inteligente, creativo, bohemio, crudamente honesto y, fundamentalmente, un espíritu libre y salvaje.
Se paraba en el centro del “pretil” universitario y lanzaba al viento sus diatribas filosóficas, agrupadas bajo la corriente del “Cuas”, con la dignidad de un maestro zen. Y, por supuesto, al mejor estilo del flautista de Hamelin, tocaba su caracol para llamar a los estudiantes a que se agruparan en derredor. Muchos lo alentaban; otros escuchaban con atención sus reflexiones de vida; pero algunos lo convertían en el blanco de sus más crueles burlas y comentarios.
Esos últimos me provocaban enojo y, por ello, durante muchos meses, cuando coincidíamos en el espacio abierto, como muestra de solidaridad, le acompañaba con la guitarra. En ciertas ocasiones especiales, incluso contábamos con la presencia de una amiga, que con total desenfado danzaba en torno al interlocutor, como una musa.
Cotico me decía que parecíamos “la Bella y la Bestia”, pero que agradecía el apoyo que esporádicamente le brindaba. Y, como muestra de esa gratitud, tuvo la deferencia de presentarme al cantautor Facundo Cabral, quien, precisamente durante esa estadía en Costa Rica, conoció a la muchacha extranjera que luego sería su esposa y el gran amor de su vida.
Siempre que volvía al país, Cabral me llamaba para saber de mí. Grabé para él los coros de una versión remozada de la canción “No soy de aquí, ni soy de allá” y, en varias ocasiones, ya trabajando para medios de comunicación, le entrevisté.
A Cotico, sin embargo, no lo volví a ver durante varias décadas, hasta que un día, ya entrado el siglo XXI, me topé con él en un pasillo de la Asamblea Legislativa. Me saludó con cariño y en sus ojos afloraron el mismo agradecimiento y simpatía de antaño.
Hace unas horas, estuve tomando fotos y recorriendo algunas áreas especiales de la Universidad de Costa Rica. Y, por supuesto, ya de salida, llegué al pretil. En esa zona hay varias esculturas dispuestas de forma muy natural. Entre ellas, la de una muchacha junto a su guitarra. Me sentí plenamente identificada. No obstante, también percibí una ausencia, esa que dejan los personajes inolvidables, los que no cuentan con placas, homenajes ni bustos de metal o piedra.
Creo que en la UCR, justo donde colocaron tan bellas estatuas, deberían completar la escena con la imagen de Cotico o, por lo menos, la de un enorme caracol que nos recuerde que en nuestros sentidos —no en los bolsillos— reside el poder de escuchar el mar, aun en medio del bullicio urbano o del concreto.
De inmediato, desde la memoria, me alcanzó la canción de Serrat, “Epitafio para Joaquín Pasos”, que dice lo siguiente:
“Aquí pasaba a pie por estas calles, sin empleo ni puesto y sin un peso. Sólo poetas, putas y picados conocieron sus versos. Nunca estuvo en el extranjero. Estuvo preso. Ahora está muerto. No tiene ningú monumento... Pero recordadle cuando tengáis puentes de concreto, grandes turbinas, tractores, plateados graneros, buenos gobiernos. Porque él purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo, en el que un día se escribirán los tratados de comercio, la Constitución, las cartas de amor, y los decretos…
Fernando Coto Martén, “Cotico” , falleció de un infarto fulminante el 29 de octubre de 2021. La mayoría de los medios de comunicación publicó la noticia. Yo he esperado casi un lustro -el mismo tiempo queme ha tomado volver a recorrer los predios universitarios- para dedicarle, con gran cariño, estas pocas palabras.
Adriana Núñez, 28 de junio 2026
Periodista y Expresidenta del Colegio de Periodistas





































