Costa Rica ha construido una sólida reputación internacional como líder en conservación marina. La ampliación de áreas marinas protegidas, el impulso al Acuerdo sobre la Biodiversidad Marina en Áreas Fuera de la Jurisdicción Nacional (BBNJ o Tratado de Alta Mar) y su participación activa en la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos (UNOC3) consolidan esa imagen de liderazgo. Sin embargo, detrás de este reconocimiento internacional persiste una contradicción que merece atención: el país que aspira a liderar la gobernanza del océano aún no ha desarrollado una capacidad científica suficiente para gestionar de manera integral sus propias pesquerías.
Costa Rica posee un territorio marino aproximadamente diez veces mayor que su superficie continental, pero el conocimiento científico necesario para administrar ese patrimonio dista mucho del nivel que exige una economía azul basada en evidencia. Una revisión exhaustiva de la literatura científica nacional revela que la investigación pesquera ha estado concentrada principalmente en estudios de biología reproductiva, crecimiento y ecología de especies comerciales, mientras disciplinas fundamentales como la evaluación de stocks, la dinámica de flotas, la economía pesquera, la ciencia del manejo y los enfoques socioecológicos continúan siendo escasamente desarrolladas.
Esta brecha no constituye únicamente un problema académico. Tiene profundas implicaciones para la seguridad alimentaria, la competitividad internacional, el bienestar de las comunidades costeras y la conservación de los recursos marinos. No se puede gestionar adecuadamente aquello que no se conoce. Sin información robusta sobre el estado de las poblaciones explotadas, el esfuerzo pesquero sostenible, la mortalidad por pesca o los efectos de las regulaciones, las decisiones de manejo inevitablemente incorporan mayores niveles de incertidumbre.
Paradójicamente, mientras Costa Rica impulsa en los foros internacionales la necesidad de fortalecer la ciencia marina como base para la conservación y el uso sostenible del océano, el país mantiene importantes debilidades estructurales en su propia ciencia pesquera. El análisis bibliométrico evidencia, por ejemplo, la ausencia de publicaciones científicas lideradas por personal de INCOPESCA, situación que refleja limitadas capacidades internas de investigación y una escasa integración entre la generación de conocimiento y la toma de decisiones.
Este desafío cobra aún mayor relevancia en el contexto internacional actual. La UNOC3 reafirmó que alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 14 requiere fortalecer la interfaz ciencia-política, incrementar la inversión en investigación marina y mejorar la capacidad de los países para producir información científica que respalde la gestión sostenible de los recursos oceánicos. De forma paralela, el Tratado de Alta Mar (BBNJ) incorpora el desarrollo de capacidades científicas y la transferencia de tecnología marina como pilares esenciales para garantizar una gobernanza equitativa de los océanos.
En otras palabras, la comunidad internacional reconoce que la conservación no puede sostenerse únicamente mediante decretos o áreas protegidas. Requiere ciencia, monitoreo permanente y procesos de evaluación adaptativa.
El mismo principio aplica para las pesquerías. La creciente demanda internacional por productos pesqueros provenientes de fuentes sostenibles ha convertido la ciencia en un requisito económico, además de ambiental. Programas de mejora pesquera (Fishery Improvement Projects, FIP) y certificaciones como el Marine Stewardship Council (MSC) exigen información sólida sobre biomasa, mortalidad por pesca, puntos de referencia biológicos, reglas de control de captura, captura incidental, impactos ecosistémicos y efectividad de las estrategias de manejo. Sin embargo, precisamente estas áreas corresponden a las mayores debilidades identificadas en la producción científica nacional.
La consecuencia es evidente: Costa Rica enfrenta mayores dificultades para demostrar la sostenibilidad de sus pesquerías, acceder a mercados internacionales de mayor valor agregado y aprovechar mecanismos de financiamiento asociados a cadenas de suministro sostenibles.
El origen de este rezago no parece encontrarse únicamente en las instituciones encargadas de administrar las pesquerías. También responde a un problema de formación profesional. Las universidades costarricenses ofrecen una sólida preparación en biología marina, pero actualmente no existen programas especializados en ciencias pesqueras ni carreras de ingeniería pesquera que desarrollen las capacidades científicas y tecnológicas necesarias para abordar la evaluación de stocks, la dinámica de flotas, la economía pesquera, la innovación en artes de pesca, el aprovechamiento postcaptura y otras soluciones aplicadas para el manejo sostenible de los recursos marinos. Esta ausencia limita la formación del capital humano que el país requiere para enfrentar los retos de una gestión moderna, basada en evidencia científica y en la innovación tecnológica.
La solución tampoco pasa necesariamente por crear nuevas instituciones. Costa Rica ya dispone de universidades, centros de investigación, personal técnico y organismos públicos con capacidades importantes. Lo que hace falta es articularlas bajo un modelo de cooperación permanente que fortalezca la investigación aplicada y permita convertir datos dispersos en conocimiento útil para la toma de decisiones.
En este contexto, resulta oportuno impulsar un Sistema Nacional de Ciencia Pesquera que integre las capacidades existentes alrededor de un Centro Nacional de Investigación Integrativa en Ciencias Pesqueras (CENICIP). Su propósito no sería sustituir a INCOPESCA ni crear una nueva burocracia, sino complementar y fortalecer las capacidades técnicas del Estado mediante investigación interdisciplinaria, evaluación de recursos, modelación de sistemas pesqueros y asesoría científica independiente.
La relación entre ciencia y política pública debe evolucionar hacia un modelo donde las decisiones regulatorias se fundamenten sistemáticamente en la mejor evidencia disponible. Ello no implica eliminar la discrecionalidad administrativa, sino aumentar la transparencia, reducir la incertidumbre y mejorar la rendición de cuentas.
Costa Rica ha demostrado que puede liderar procesos globales de conservación marina. El siguiente paso consiste en consolidar ese liderazgo desde la ciencia. La protección del océano no depende únicamente de ampliar áreas protegidas o negociar tratados internacionales; depende también de comprender cómo funcionan nuestros sistemas pesqueros y de contar con instituciones capaces de transformar ese conocimiento en políticas públicas eficaces.
En un escenario mundial marcado por el cambio climático, la creciente demanda de alimentos marinos y el compromiso internacional con la economía azul, invertir en ciencia pesquera ya no es un lujo académico. Es una condición indispensable para garantizar la seguridad alimentaria, la competitividad del sector pesquero y la credibilidad internacional de Costa Rica como país líder en gobernanza oceánica.
Porque un país puede aspirar a liderar la conservación del océano, pero solo podrá ejercer ese liderazgo de manera sostenible si también lidera la generación del conocimiento científico que la hace posible.
Helven Naranjo-Madrigal, Ph.D
Científico Pesquero, Investigador Interdisciplinario,
Egresado de Programa Postdoctoral, School of Aquatic and Fisheries Science, University of Washington, Seattle, USA / Consultor Lynker-University of Washington / Auditor MSC





































