Rodolfo Apéstegui
Director general de Telecable
rodolfo.apestegui@telecablecr.com
La calidad de la conectividad en Costa Rica ya no puede entenderse únicamente como una función de velocidad. La transformación del hogar en un entorno digital permanente ha cambiado la naturaleza de la demanda. Trabajo remoto, educación en línea, plataformas de streaming y múltiples dispositivos conectados conviven sobre una misma red, elevando la exigencia hacia factores como estabilidad, latencia y consistencia del servicio.
Este cambio obliga a replantear la forma en que se evalúa el desempeño de las redes. Más allá de la capacidad instalada, el desafío está en cómo esa capacidad responde en tiempo real a condiciones variables de uso. En ese contexto, la experiencia del usuario depende cada vez más de la previsibilidad del servicio y de su comportamiento sostenido a lo largo del día.
En Costa Rica, esta evolución también se refleja en la medición técnica. El informe 2025 de la Superintendencia de Telecomunicaciones (SUTEL) propone una lectura más completa del desempeño de red, basada en indicadores que permiten entender mejor la experiencia real del usuario.
Uno de estos indicadores es el retardo o latencia, que mide el tiempo que tarda la información en viajar de un punto a otro dentro de la red. En términos simples, es lo que define qué tan “rápida” se siente una conexión al abrir una página, iniciar una videollamada o interactuar en tiempo real. Cuanto menor es este valor, mejor es la capacidad de respuesta del servicio.
El informe distingue entre retardo local, que evalúa el desempeño dentro del país, y retardo internacional, que mide la comunicación con servidores fuera del territorio nacional. Ambos son relevantes, ya que gran parte de los contenidos y servicios digitales dependen de infraestructura global.
Otro indicador clave es la relación entre la velocidad entregada y la velocidad contratada. Este parámetro muestra qué tan cerca está la experiencia real del usuario de lo que espera recibir según su plan. Más allá del número de megabits por segundo, este indicador permite entender la consistencia del servicio en condiciones reales de uso.
Desde una perspectiva técnica, los resultados muestran que el mercado ha avanzado hacia niveles más sofisticados de operación. Es posible observar desempeños que se mantienen dentro de los umbrales regulatorios, con patrones estables incluso en horas de mayor demanda. Este tipo de consistencia sugiere una evolución en la gestión de red, donde la calidad no depende de condiciones puntuales, sino de una operación estructuralmente sólida.
El informe también permite distinguir entre dos conceptos que suelen interpretarse como equivalentes. Cumplir con los umbrales regulatorios responde a una obligación normativa. No requerir planes de mejora evidencia un desempeño estructural que no depende de ajustes correctivos. Esta diferencia introduce un criterio más exigente para evaluar la calidad del servicio en el país.
En ese contexto, algunos operadores muestran resultados que destacan por su consistencia en los indicadores clave de desempeño. Más allá de posiciones relativas, lo relevante es que estos resultados evidencian que el mercado cuenta con capacidades técnicas para sostener estándares altos de calidad de forma simultánea.
Este escenario eleva la conversación sectorial. La calidad de red deja de ser un atributo aislado y pasa a entenderse como un sistema integral que combina arquitectura, inversión y gestión dinámica del tráfico. Es ahí donde se define la experiencia real del usuario.
Para el ecosistema digital del país, esta evolución es positiva. Introduce métricas más completas, eleva el nivel de exigencia y orienta las decisiones hacia infraestructuras más robustas y resilientes.
En adelante, el reto no será únicamente ampliar cobertura o incrementar velocidades. El verdadero desafío estará en sostener redes capaces de responder de forma confiable en todo momento, en un entorno donde la conectividad se ha convertido en infraestructura crítica para el desarrollo económico y social.
Porque hoy no hablamos solo de tecnología. Hablamos de cómo las personas trabajan, aprenden, se conectan y construyen su día a día. Ahí es donde realmente se mide la calidad, en una experiencia que no falla cuando más se necesita. Elevar ese estándar no es opcional, es una responsabilidad. También representa una oportunidad para transformar la conectividad en algo que no solo funcione, sino que verdaderamente acompañe la vida de las personas.




































