La abstención se ha convertido en el principal actor invisible de la política costarricense. En las últimas elecciones, cerca del 40 % del electorado decidió no votar. Ese silencio no es inocente: también elige, aunque no marque una papeleta. Cuando la mayoría se retira de la participación democrática, una minoría organizada define el rumbo del país.
En apariencia, no votar parece una forma de protesta. En realidad, es una cesión del poder. Cada voto ausente abre espacio a quienes saben movilizar reducidas bases, controlar la comunicación o manipular el descontento. La abstención no castiga al sistema: lo entrega a quienes mejor saben aprovechar su vacío.
¿A quién elige la abstención?
Primero, la abstención favorece a los populismos. Cuanto mayor es el desencanto, más sencillo resulta que prosperen discursos simplistas que prometen soluciones inmediatas y señalan culpables. El populismo se alimenta del malestar y del cansancio ciudadano; su estrategia es dividir para gobernar.
Segundo, la abstención abre la puerta al autoritarismo. Cuantas menos personas participan, menos controles existen. Un gobierno electo con bajo respaldo popular tiende a concentrar poder para compensar su debilidad. En ese escenario, las instituciones pierden equilibrio, la oposición se fragmenta y el debate público se degrada.
Tercero, la abstención entrega el Congreso a los grupos más extremos o radicales, aquellos que movilizan núcleos reducidos, pero disciplinados y aglutinados en su propio laberinto. Con pocos votos pueden asegurar curules decisivas y luego imponer agendas cerradas, identitarias o moralistas, que no representan al conjunto de la sociedad.
Cuarto, la abstención debilita la representación de las mayorías sociales. Las personas jóvenes, las mujeres, las poblaciones rurales o empobrecidas suelen ser las más ausentes. Al no votar, sus demandas como educación, empleo, vivienda, seguridad y salud pierden fuerza frente a los intereses corporativos o ideológicos de minorías organizadas.
Quinto, la abstención reduce la legitimidad de la democracia misma. Un país que elige con menos de dos tercios de su padrón envía un mensaje de agotamiento. Y ese vacío lo llenan quienes desprecian la deliberación, la prensa libre o la crítica ciudadana…en claro detrimento de la democracia.
El abstencionismo elige a quienes gritan más fuerte, a quienes concentran poder, a quienes no creen en el diálogo.
No votar es renunciar a la única herramienta pacífica de transformación colectiva que tenemos. Las crisis de representación no se corrigen con indiferencia, sino con participación. En cada elección se decide más que un nombre o un partido: se decide el tipo de país que queremos ser y el tipo de poder que estamos dispuestos a tolerar.
La democracia costarricense, con todos sus defectos pero por encima de ellos, con sus múltiples virtudes, sigue siendo el antídoto contra los abusos del poder. Si la ciudadanía se repliega, los extremos avanzan; si la ciudadanía participa, el equilibrio se mantiene. ¡Votemos por Costa Rica, votemos por la Patria grande, inclusiva y diversa que nos incluya a todas y todos!





































