En pocos días, dos de las casas periodísticas más reconocidas del país hicieron anuncios que conviene leer juntos. El viernes 25 de setiembre, Teletica informó cambios en su estructura operativa y de programación, que incluyeron la salida de colaboradores en noticias, deportes y entretenimiento, y el cierre de 7 Estrellas, que acababa de cumplir 27 años al aire y era uno de los programas más antiguos de la televisión nacional. La empresa no precisó cuántas personas fueron despedidas; entre ellas hay figuras con más de dos décadas en el canal. El lunes 28 de setiembre, Evelyn Fachler dejó la dirección de Noticias Columbia después de seis años; seguirá conduciendo su programa y ella misma describió el momento como una transición por la que debe pasar cualquier medio de comunicación.
No se trata de hechos aislados ni de decisiones que puedan explicarse solo desde adentro de cada empresa. Son la expresión local de un cambio que viene de años atrás y que ahora se acelera.
El primer factor es la forma en que el costarricense se informa. La televisión y la radio lineales, con horarios fijos y audiencias concentradas, ya no son la puerta principal de entrada a la noticia. Una parte creciente del público, sobre todo el más joven, se entera por el teléfono, en fragmentos cortos, en redes sociales, en podcasts o en transmisiones de creadores independientes. El medio tradicional sigue siendo la fuente de mucho de lo que circula, pero ya no controla el momento ni el lugar en que la gente lo consume.
El peso de esas nuevas audiencias no es marginal. Según las proyecciones de población para 2026, la mitad de los habitantes del país tiene menos de 35 años: unos 2,6 millones de personas, de las cuales 1,2 millones son menores de edad. En el padrón electoral, el 44 % de los electores tiene entre 18 y 39 años. Esas generaciones, voten o no, son televidentes y radioyentes, pero lo son de otra manera. La Encuesta Nacional de Cultura 2025 del Ministerio de Cultura y Juventud muestra que la televisión sigue llegando al 83 % de la población, pero el consumo de plataformas de streaming se duplicó en diez años, hasta el 60 %; la escucha de radio tradicional bajó del 60 % al 47 %, mientras que escucharla desde el celular pasó del 16 % al 30 %. El mismo estudio encontró que las personas de 18 a 28 años son hoy las que más escuchan radio. El público joven no abandonó la radio ni la televisión; dejó de encontrarlas únicamente en el receptor y en el horario de siempre. Para los medios, el reto no es recuperar a un público perdido, sino llegar a él por los canales que usa y con contenidos pensados para esos canales.
El segundo factor es económico. En un entorno multipantalla, la pauta publicitaria sigue a la audiencia, y buena parte de esa audiencia está hoy en plataformas globales que no tienen concesión, no pagan canon, no están sujetas a las obligaciones de un radiodifusor y compiten por el mismo anunciante local. Los ingresos del medio nacional bajan, mientras el costo de sostener una redacción profesional, con periodistas en la calle, equipos técnicos y cobertura diaria, se mantiene. Reconvertirse para atender varias pantallas exige inversión justo cuando hay menos recursos para hacerla.
El tercer factor es la inteligencia artificial, que no es una pantalla más sino un cambio de otra naturaleza. Los buscadores y asistentes ya responden directamente a la pregunta del usuario con un resumen, y muchas personas no llegan a abrir la nota del medio que produjo la información. El tráfico baja y con él la pauta digital que los medios esperaban para compensar lo que pierden en televisión y radio. Esos sistemas, además, se alimentan en buena medida del trabajo periodístico, sin que exista todavía una forma clara de reconocerle valor a quien lo produjo. Dentro de las redacciones, la inteligencia artificial transcribe, traduce, edita y resume en minutos, lo que abarata tareas pero presiona sobre puestos que antes eran necesarios. En el otro extremo, facilita la producción de contenidos falsos con apariencia de noticia, audios y videos incluidos. Ahí está también una oportunidad: cuanto más difícil sea distinguir lo real de lo fabricado, más valor tendrá un medio que verifica, firma lo que publica y responde por ello. La reconversión pasa por usar la herramienta sin perder esa diferencia.
El cuarto factor es el clima público. La relación entre el Gobierno y la prensa ha sido tensa, con una crítica constante desde el poder hacia medios y periodistas. La crítica al trabajo periodístico es legítima y los medios deben aceptarla. Pero cuando se vuelve una campaña sostenida, erosiona la confianza del público en las fuentes profesionales de información, afecta el entorno comercial en que esos medios operan y empobrece el debate público del que también depende la gestión del propio Gobierno.
Si dos de los grupos con mayor audiencia y trayectoria están ajustando su estructura, el reto para el resto de los medios del país es mayor. Radioemisoras regionales y comunitarias, canales de televisión locales y medios escritos compiten por una pauta publicitaria que se reduce año con año y que se reparte entre más actores. Muchos no tienen el tamaño para invertir en producción digital, ni la escala para negociar con las plataformas, ni el margen para absorber una baja sostenida de ingresos. Para ellos, la merma de publicidad no significa reestructurar un departamento, sino decidir si siguen al aire. Son, además, los medios que cubren lo que pasa en los cantones, donde con frecuencia son la única fuente de información local.
En medio de este cuadro se discute el proyecto de ley 24.461, que plantea un cobro de hasta 7,73 % sobre los ingresos brutos anuales de las empresas de televisión y de hasta 3,13 % para las radioemisoras. El texto quedó suspendido tras la consulta de constitucionalidad presentada por diputados de oposición, a la espera de lo que resuelva la Sala Constitucional. Las cámaras del sector han señalado que el cobro se concentra en los ingresos y podría generar una carga incluso para empresas que no tengan utilidades.
Se ha comentado que la estrategia de Canal 7 podría ser migrar hacia la televisión por cable para no quedar sujeto a la nueva contribución. Es una posibilidad que habrá que ver si se concreta. Lo que sí es claro es que un medio con ingresos a la baja, frente a un cobro calculado sobre sus ingresos brutos, va a buscar la forma de reducir esa carga: menos personal, menos programas, menos producción nacional o, en el extremo, devolver la frecuencia y trasladarse a plataformas de pago. Un medio pequeño ni siquiera tiene todas esas opciones. Si los medios dejan la señal abierta, el costo lo asumen los hogares que hoy reciben televisión y radio abiertas sin pagar una suscripción, que en muchas zonas del país siguen siendo la principal fuente de información.
El espectro es un bien de dominio público y es razonable que su uso tenga un costo. El punto es cómo se fija. En la experiencia comparada, lo que se cobra por espectro no financia a un ministerio; cuando se quiere apoyar la producción audiovisual, se hace con una contribución aparte y administrada con participación de la propia industria. Un cobro sin sustento técnico claro, en el momento en que la industria enfrenta su mayor transformación, no fortalece al Estado ni al público, y sí acelera el deterioro de medios que ya están ajustando sus operaciones.
La discusión pendiente no debería centrarse en cuánto se recauda, sino en qué condiciones necesita el país para que exista periodismo profesional sostenible en los próximos años. Eso pasa por revisar las cargas que pesan sobre los concesionarios, por reconocer la asimetría frente a las plataformas digitales y los sistemas de inteligencia artificial que aprovechan el contenido periodístico, y por facilitar que los medios inviertan en su reconversión en lugar de destinar sus recursos a sostener un modelo que ya cambió. Los anuncios de estos días muestran que el ajuste ya empezó; lo que se decida en materia de cobros influirá en qué tan profundo sea.





































