En los primeros meses del año 1910, se empezó a observar en el cielo el cometa Halley, que capturó de inmediato la atención de todos los costarricenses.
El espectáculo causó terror, como si se tratara del presagio de alguna fatalidad enviada por Dios.
En Cartago, al igual que en el resto del país, muy pocos comprendían la naturaleza de aquel fenómeno celeste, que en las madrugadas se mostraba en todo su esplendor.
El miedo y los comentarios profusos sobre el fin del mundo subieron de tono cuando se divulga que el 8 de mayo de 1910, la Tierra atravesaría la cola del cometa.
Algo va a pasar, decían los vecinos.
El presentimiento de la fatalidad se volvió una revolución.
A las 12:30 de la tarde del día 13 de abril de 1910, un terremoto desata el pánico en la ciudad de Cartago.
La emergencia es decretada, los habitantes de Cartago se tiran a las calles porque sus casas ya no son seguras.
En las calles, dormir en tiendas de campaña o en ranchos improvisados, se convirtió en algo cotidiano.
Amigos, no paró de temblar, una y otra vez los rezos, el pánico, la inseguridad.
Lo que muchos pronosticaban, lo que tenía que llegar, llegó.
A las 6:47 de la tarde del 4 de mayo de 1910, un golpe seco y violento hace crujir la Tierra.
La antigua metrópoli queda destruida, completamente.
Las escenas dantescas de esta destrucción quedaron grabadas para siempre en las mentes de nuestros antepasados.
Cientos de muertos y heridos, toneladas de piedra y escombros esparcidos en una confusión inimaginable.
La Cartago colonial, la que conocieron nuestros abuelos, nunca más volvería a ser la misma.
La pesadilla del terremoto de Cartago de 1910 trajo consigo una profunda crisis económica para todo el país.
Pero lo que no se sabía con certeza, era si los cartagineses tendrían la voluntad de volver a levantar su ciudad.
Con un espíritu de lucha extraordinaria los cartagineses levantaron sus casas y su ciudad.
Esta lección de tenacidad tiene que servirnos en nuestros días.
La actitud inclaudicable de la gente de Cartago tiene necesariamente que llenarnos de fe.




































