Hay algo profundamente incómodo en el Francisco de Goya de las Pinturas negras: Saturno no actúa por locura, sino por miedo. Miedo al relevo. Miedo al tiempo. Miedo a dejar de ser. La política costarricense ha conocido bien ese miedo.
Durante años, partidos como Partido Liberación Nacional y Partido Unidad Social Cristiana prefirieron asfixiar su renovación antes que arriesgarse a perder control. El resultado fue su propia erosión. No los derrotaron desde afuera. Se vaciaron desde adentro. Muchos de sus exponentes legislativos confirman esta aseveración.
Pero hoy el problema ya no es ese. Hoy el poder aprendió algo más eficaz que devorar a sus sucesores: producirlos.
El fenómeno que rodea a Rodrigo Chaves Robles y su proyección en Laura Fernández Delgado no es una simple continuidad política. Es un experimento de permanencia. No se bloquea el relevo. Se diseña. Al menos en el ejercicio intelectual del mandatario saliente.
Se construye una sucesión que no incomode, que no cuestione, que no rompa. Una sucesión que garantice que el poder cambie de manos… sin cambiar realmente de manos.
Y aquí es donde conviene incomodar. Porque una democracia no se degrada únicamente cuando se cancelan elecciones. También se debilita cuando las elecciones dejan de producir cambios reales. Cuando el relevo es tan predecible como controlado. Cuando el sucesor no introduce tensión, sino obediencia.
El problema no es Laura Fernández Delgado. El problema es lo que representa: un modelo donde el poder no se somete al tiempo, sino que intenta administrarlo. Una versión similar la vivió el PAC, pero cada vez uno se convence que el fenómeno fue menos pensado, más circunstancial, y finalmente efímero.
Mientras tanto, la oposición sigue jugando a ser oposición sin vocación de poder. Eli Feinzaig y el Partido Liberal Progresista dicen cosas correctas, pero no construyen mayoría. El PLN y el PUSC miran hacia atrás con nostalgia, como si el país aún les debiera algo. No lo hace. Ese vacío es el verdadero combustible del oficialismo. Porque cuando no hay alternativa creíble, la continuidad deja de ser una opción y se convierte en destino. Y eso es peligroso.
No porque un proyecto político continúe —eso puede ser legítimo—, sino porque la ausencia de ruptura elimina la posibilidad de corrección. Sin distancia, no hay crítica. Sin crítica, no hay ajuste. Sin ajuste, lo que hay es acumulación. Y el poder que se acumula sin límites, termina rompiéndose.
El Saturno de Francisco de Goya devoraba a sus hijos para evitar el futuro. El nuestro hace algo más sofisticado: lo integra, lo absorbe, lo domestica. Pero el desenlace no cambia.
Porque siempre aparece algo que no estaba en el diseño. Algo que no responde. Algo que no obedece. Llámese crisis. Llámese ruptura. Llámese voto de castigo. Llámese Júpiter. Y cuando eso ocurre, no hay transición ordenada. Hay corte.
La pregunta no es si ese momento llegará. La pregunta es si, cuando llegue, quedará algo en pie de lo que los costarricenses conocemos y entendemos como un país democrático. Porque cuando el poder aprende a quedarse incluso cuando “se va”, la democracia deja de ser un sistema de alternancia y se convierte en una ilusión cuidadosamente administrada.
Y las ilusiones políticas, cuando se rompen, no corrigen: estallan.
Finalmente, hoy más que nunca resulta pertinente la cita atribuida a Albert Camus: “la tiranía totalitaria no se construye sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”.-
RAUL ALEXANDER CAMACHO ALFARO
ABOGADO





































