El 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, llega este año marcado por retrocesos: más femicidios, más agresiones, más silencios institucionales. Y, como si la realidad quisiera subrayarlo, el país fue estremecido por el caso del bebé encontrado en un basurero en Hatillo. En pocas horas, la conversación social se llenó de juicios hacia la madre: “irresponsable”, “monstruo”, “desalmada”, “¿cómo pudo?”. Pero casi nadie preguntó por el padre. Nadie exigió su nombre, su paradero, su responsabilidad. La maternidad sigue siendo juzgada con dureza implacable y el abandono como una muestra absoluta de maldad de las mujeres, mientras la paternidad ausente se normaliza como si la vida de un niño dependiera de una sola persona. ¿Alguien preguntó a las autoridades por la investigación también, acerca de la responsabilidad paterna?
Los titulares se apresuraron a construir la narrativa recurrente en estos casos: la mujer culpable, el hombre intocable. Se destacó —con justa razón— la labor del oficial que rescató al bebé; pero esa historia no puede convertirse en la coartada social aprovechada en medios de comunicación y redes sociales, para deslegitimar a las mujeres como madres y favorecer a todos los hombres como padres ejemplares. No se trata de negar el gesto humano del policía el cual celebro de pie, sino de entender cómo la narrativa social intenta a toda costa reforzar la idea de que la autoridad moral pertenece al hombre, mientras la culpa recae sobre la mujer. ¿No les parece conocida esta narrativa?, pues con ese mismo discurso se han cometido atrocidades a lo largo de la historia contra las mujeres.
Pero la pregunta esencial no es sobre la moralidad de una madre, sino sobre el abandono de un país. ¿Dónde estaban las instituciones llamadas a prevenir, acompañar y proteger? ¿Dónde estaba el PANI antes de que este caso ocurriera? ¿Dónde el INAMU, la CCSS, el IMAS? ¿Dónde la red comunitaria, los programas de salud mental, los servicios de apoyo para mujeres en pobreza extrema? Criminalizar a una mujer sin conocer su historia, su situación económica, su nivel de apoyo social, su salud mental, es la manera más cómoda de evadir la responsabilidad colectiva.
Costa Rica exige a las mujeres ser madres perfectas, incluso cuando viven en condiciones indignas e intolerables. Recordemos cuántas mujeres son jefas de hogar, cuántas son madres solteras sin apoyo de la figura paterna, cuántas denuncias de agresión y violencia hay por año, cuántos niñas y niños en condición de abandono están bajo tutela del Estado y muchos más en las calles, en redes de crimen organizado que los utilizan para trata, prostitución, tráfico de órganos, drogas, armas. La sociedad les pide a las mujeres sostenerlo todo: el hogar, los cuidados, el sustento, la estabilidad emocional, el futuro de la niñez. Y cuando colapsan abrumadas por sus condiciones, el país las condena sin juicio, sin contexto, las desprovee de toda dignidad y las criminaliza sin preguntar ni investigar.
El abandono del niño en Hatillo no debió de haber sucedido; la madre no debió de haberlo hecho, pero ella no estaba sola…o más bien, ¡estaba muy sola! En la realidad de su cotidiano y detrás de ella de manera invisible, hubo más actores co-responsables. No nos engañemos.
Por si fuera poco, ese abandono del niño en Hatillo, no es un acto individual aislado: es un espejo de nuestra realidad social. Es el resultado de políticas de prevención debilitadas, instituciones fragmentadas y un tejido comunitario erosionado. Es el reflejo de una cultura que exige maternidad, pero no garantiza condiciones para ejercerla. Y también revela la hipocresía de quienes se proclaman “defensores de la vida”, pero guardan silencio cuando la vida no cabe en su narrativa de sociedad perfecta. Es decir, el discurso simplista es exigir que nazcan; después la sociedad verá qué hacer con esos infantes.
Este 25N deberíamos interpelarnos menos en el “cómo pudo hacerlo” y más en “cómo permitimos que llegara hasta ahí”. Porque la violencia contra las mujeres no solo se materializa en golpes y femicidios: también está presente cuando se condena, estigmatiza, humilla y juzga. Y porque la responsabilidad sobre un niño no es de una sola persona. Es de su madre, de su padre, de su red familiar, del Estado, de las instituciones, de la iglesia y de la sociedad entera que se escandaliza ante la noticia. Sin embargo, actúa con la mayor indiferencia ante la pobreza, la violencia, la agresión y la muerte de muchas mujeres.
Si queremos evitar más historias como esta, debemos actuar, no posar para las fotos ni construir narrativas románticas acerca de la maternidad: fortalecer la atención integral, exigir corresponsabilidad paterna, garantizar apoyo social real y dejar de criminalizar la pobreza y la maternidad. Revisar con lupa nuestras políticas sociales sería un buen comienzo.
Porque, al final, en este caso les reto con la mayor de las consideraciones: quien esté libre de pecado… que lance la primera piedra.





































