Las primeras actuaciones de la presidenta electa Laura Fernández, apenas comienzan a tomar forma. Ya sea bajo la guía estratégica del presidente de la República o por iniciativa propia —aunque sin mayor originalidad ni identidad política clara— lo cierto es que el arranque no ha estado exento de tensión.
Una de las tareas inmediatas del oficialismo es cohesionar una bancada compuesta por diputados que, aunque portan la misma camiseta, provienen de tradiciones políticas diversas, con trayectorias, visiones y grados de lealtad distintos. Esa heterogeneidad exige prudencia, liderazgo integrador y una lectura fina del momento político.
Sin embargo, la diputada Pilar Cisneros, figura central del oficialismo, ha dado señales que parecen ir en dirección contraria. Antes incluso del inicio formal de labores, sus declaraciones y posicionamientos en la prensa han generado fricciones internas que resultan innecesarias para un movimiento que recién consolida un triunfo parlamentario bajo la bandera del llamado “Pueblo Soberano”.
Las críticas públicas a la integración, cualidades o capacidades de miembros de su propia bancada, deberían procesarse en la esfera interna y no en la arena mediática. En política, la forma es fondo. Y en movimientos emergentes, la disciplina comunicacional es tan importante como la cohesión ideológica.
A lo largo de su breve pero intenso paso por la política nacional, la congresista ha proyectado un estilo frontal, de mando vertical, que puede resultar eficaz en el debate público, pero riesgoso en la construcción orgánica de partido. La política no es solo confrontación; es también administración de egos, negociación silenciosa y manejo estratégico del poder.
En el oficialismo, la figura que históricamente ha ejercido capacidad de contención es el presidente Rodrigo Chaves. Fuera de ese liderazgo, el equilibrio interno depende de mecanismos institucionales que todavía parecen en construcción. Cuando los movimientos descansan excesivamente en figuras individuales y no en estructuras sólidas, el riesgo de fragmentación aumenta.
La experiencia comparada muestra que los proyectos políticos nuevos suelen enfrentar su mayor amenaza no en la oposición externa, sino en sus propias tensiones internas. El ego de sus protagonistas, la falta de institucionalización y el choque de liderazgos emergentes han sido factores recurrentes en la dilución de fuerzas que parecían sólidas tras un triunfo electoral.
La política es, al final, un oficio que se aprende con el tiempo. No basta con ganar una elección; hay que saber administrar la victoria. Como sugiere Kazuo Ishiguro en su novela -Lo que queda del día-, la diferencia entre el profesional y el amateur no siempre está en la buena intención, sino en la comprensión profunda del rol que se desempeña.
Si el oficialismo aspira a consolidarse más allá de un ciclo electoral, deberá fortalecer su organización interna, blindar su gestión pública y evitar que los liderazgos individuales se impongan sobre el proyecto colectivo. Algunos movimientos latinoamericanos han logrado sostenerse en el tiempo mediante una disciplina interna férrea y una narrativa cohesionada.
No se trata de una crítica personal. Se trata de una advertencia política. Los movimientos que no resuelven a tiempo sus tensiones fundacionales terminan debilitándose por dentro, aun cuando hacia afuera proyecten fortaleza.
El desafío del llamado chavismo costarricense no es la oposición parlamentaria. Es su propia capacidad de organizarse, madurar y trascender el personalismo. De lo contrario, el triunfo reciente podría convertirse en un episodio breve dentro de la historia política nacional.
La consolidación no depende de una figura. Depende de la estructura que logre construirse alrededor de ella.-
Raúl Alexander Camacho Alfaro
Abogado
rcamacho@bcmabogados.com





































