La célebre frase atribuida a Margaret Thatcher —“Si quieres que algo se diga, pídeselo a un hombre; si quieres que algo se haga, pídeselo a una mujer”— fue, en su momento, una provocación con propósito: una forma de disputar poder en un terreno históricamente dominado por hombres.
De aquello han pasado más de tres décadas —y nueve primeros ministros en el Reino Unido—, confirmando, como advirtió Silvio Rodríguez, que “no es lo mismo, pero es igual”.
Hoy, esa idea resuena en Costa Rica bajo un contexto distinto, pero no menos cargado de tensión política.
La inminente llegada de Laura Fernández Delgado a la Presidencia ha sido leída por no pocos sectores como la continuidad de un proyecto político: el de Rodrigo Chaves Robles. Y con ello reaparece una pregunta inevitable: ¿será ella quien decida, o quien ejecute lo que otros diseñaron?
No es un detalle menor que Fernández haya construido una parte significativa de su trayectoria dentro del círculo cercano de Chaves, quien la proyectó políticamente. Esa relación —que combina respaldo, tutela y capital político— es, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y su mayor condicionante.
Ahí es donde la frase de Thatcher adquiere un matiz incómodo.
Porque, si bien puede leerse como una reivindicación de la eficacia en la acción, también abre la puerta a una interpretación más inquietante: la de una figura que “hace”, pero dentro de un guion ajeno.
Toda relación política basada en mentoría contiene, en su interior, una tensión inevitable: la del rompimiento.
En política, la lealtad tiene un límite claro: el ejercicio del poder. Y cuando ese momento llega, el discípulo enfrenta una disyuntiva: mantenerse bajo la sombra del mentor o salir de ella, aun al costo del conflicto. No hay punto medio duradero. Y en ese terreno, bien valdría escuchar a Laura Chinchilla.
La lección es clara: la cercanía con un mentor no garantiza gobernabilidad ni legitimidad en modalidad sostenida. El riesgo no es la continuidad —que puede ser políticamente válida—, sino la subordinación. En todos los casos, la constante es la misma: el poder prestado tiene fecha de caducidad.
Y es ahí donde empiezan nuevas preguntas incómodas.
Hay un elemento particularmente revelador en sus declaraciones recientes. Ante una pregunta en televisión del periodista Freddy Serrano, Fernández afirmó que su libro favorito es El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. La respuesta pareció espontánea, casi una pose bien ensayada. Pero no es inocente. En el dueto presidencial costarricense, pueden haber más elementos fundacionales que hasta ahora no han quedado tan claramente establecidos.
Porque en dicho tratado político, el poder no se construye desde la lealtad, sino desde su conservación; no desde la gratitud, sino desde la necesidad.
Y hay algo más incómodo todavía.
Nicolás Maquiavelo advierte que quienes llegan al poder apoyados en otros —los llamados “principados nuevos”— cargan con una debilidad de origen: dependen de una fuerza que no controlan. Y esa dependencia no se resuelve con fidelidad, sino con ruptura.
Dicho sin rodeos: quien llega de la mano de otro, solo gobierna de verdad cuando deja de necesitar esa mano.
Y eso no es solo un problema para ella. También lo es para Rodrigo Chaves Robles.
Porque si Fernández toma en serio esa lectura, y más aún, habla con seriedad a los costarricenses, el escenario deja de ser de continuidad y pasa a ser de transición. No de lealtad prolongada, sino de distanciamiento inevitable. En términos maquiavélicos, el poder no se comparte: se desplaza. Y eso tiene consecuencias.
Porque si esa referencia es algo más que un recurso discursivo, entonces el dilema deja de ser retórico: la autonomía no sería una traición, sino una condición básica del poder. No romper, en ese contexto, no sería lealtad. Sería renuncia.
Por eso, su verdadero desafío no será ejecutar una agenda, sino definir una voz propia. Y esa definición pasará, inevitablemente, por una prueba decisiva: su relación con quien hoy aparece como su principal impulsor.
Tarde o temprano, toda herencia política enfrenta su momento de quiebre. ¿Lo anticipa Chaves en su tránsito hacia el ocho de mayo? ¿Lo ha internalizado Fernández como la primera prueba real de su liderazgo? Me parece a todas luces que sí. Y en ello existe una tensión que lentamente se hará más palparía, dejando atrás la armoniosa unión que hasta ahora fue instrumento útil de las pasadas elecciones.
Hasta ahora, abundan las frases bien construidas, cuidadosamente dichas y escasamente explicadas. Pero en política, decir no es decidir. Y repetir no es gobernar.
Si Margaret Thatcher utilizó aquella frase para subvertir expectativas, Fernández tendrá que hacerlo en la práctica.
Porque el poder no se hereda: se ejerce. Y en política, quien ejecuta sin decidir, no gobierna.
Angela Merkel de manera clara, sencilla y eficaz concluyó: “No hay que ser especialmente fuerte para hacer algo, sino tener claridad para decidir hacerlo.”
En esa claridad —y en la capacidad de sostenerla incluso frente a quien la impulsó— se definirá, verdaderamente, su presidencia.
RAUL ALEXANDER CAMACHO ALFARO





































