Para escribir este artículo me basé en dos argumentos que, sin duda puede generar una diversidad de opiniones. Empero, al estar listo a la controversia que pueda generarse no me queda más que decir: fue inspirado por mi propia humanidad.
Durante siglos, la humanidad libró batallas filosóficas, científicas y políticas para afirmar que, además de compartir una base biológica con el resto de las especies, posee una singularidad determinante: la capacidad de razonar y, con ella, la responsabilidad ética de cuidar el entorno, proteger la vida y construir comunidad. Esa convicción sostuvo revoluciones intelectuales, impulsó sistemas educativos y dio sentido a la noción moderna de ciudadanía.
Sin embargo, algo parece haberse fracturado en el tránsito de este siglo XXI. La pregunta: ¿en qué momento comenzamos a relativizar nuestra condición humana hasta el punto de diluirla en la comodidad, el entretenimiento permanente y el culto a lo inmediato como personas que se autoperciben animales?
No se trata de un discurso moral ni de una idealización del pasado. Cada época tuvo sus excesos, sus contradicciones y sus fracasos. Pero hoy asistimos a un fenómeno distinto: la normalización del desapego a lo humano, la banalización del conocimiento y una creciente indiferencia frente al impacto de nuestros actos.
La Ilustración defendió la razón como herramienta para superar supersticiones y arbitrariedades. La Revolución Industrial transformó la productividad y sentó las bases de la prosperidad contemporánea. El siglo XX, con todos sus horrores, también vio nacer organismos multilaterales, de derechos humanos y avances científicos sin precedentes. El siglo XXI, por su parte, llegó acompañado de la revolución digital y la democratización del acceso a la información.
Paradójicamente, en la era de mayor conectividad global, prolifera la desinformación, el ruido y la superficialidad. Nunca habíamos tenido tanto acceso a libros, artículos académicos, cursos en línea y debates públicos. Y, sin embargo, las métricas de lectura profunda, pensamiento crítico y participación informada parece desaparecer.
Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, divulgado en su programa PISA, ha advertido sobre el estancamiento e incluso retroceso en competencias lectoras en varios países. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que su uso con poco pensamiento crítico está alterando hábitos cognitivos fundamentales.
La tecnología no es el problema en sí misma. Es una herramienta poderosa, capaz de ampliar horizontes y democratizar oportunidades. El desafío radica en cómo decidimos emplearla. Cuando la utilizamos para confirmar amplificar ideologías o discursos antinaturales, vacíos o sustituir el encuentro humano por interacciones superficiales, estamos renunciando a su potencial transformador.
Otro síntoma inquietante es la progresiva trivialización del debate público. En múltiples latitudes, el espectáculo reemplaza al argumento. Las “pachucadas” de líderes políticos se viralizan más que sus propuestas. Declaraciones altisonantes generan más interacción que análisis técnicos. La política, que debería ser un espacio de deliberación racional sobre el bien común, se convierte con frecuencia en un escenario de entretenimiento.
Investigaciones citadas en la Journal of Democracy han señalado cómo la polarización y la simplificación extrema del discurso reducen la calidad de la deliberación pública y erosionan la confianza institucional. Cuando la conversación colectiva se reduce a consignas y memes, el espacio para la reflexión profunda se contrae.
Al mismo tiempo, observamos un repliegue hacia el individualismo exacerbado. El éxito se mide casi exclusivamente en términos de acumulación material o visibilidad digital.
Por otro lado, el fenómeno de la soledad, por ejemplo, se ha convertido en un tema de estudio relevante. En países europeos como España, se han documentado casos de personas que fallecen solas en apartamentos urbanos, sin redes de apoyo cercanas.
No se trata de cuestionar el afecto hacia las mascotas, que pueden ofrecer compañía y beneficios psicológicos. El problema emerge cuando el reemplazo del vínculo humano por el vínculo exclusivamente animal refleja una incapacidad o desinterés por sostener relaciones con otras personas.
La convivencia humana implica conflicto, negociación, responsabilidad; exige un esfuerzo que la cultura de la comodidad tiende a esquivar.
La educación, nuevamente, se sitúa en el centro del debate. No basta con ampliar la cobertura escolar o universitaria. Es imprescindible fortalecer la calidad del pensamiento crítico, la comprensión lectora, la formación ética y la capacidad de argumentar con rigor.
Sumado a esto, la alfabetización digital debe ir acompañada de alfabetización mediática, que permita distinguir información verificada de manipulación interesada.
La promesa tecnológica de alcanzar las estrellas —literal y metafóricamente— sigue vigente. Los avances en exploración espacial, inteligencia artificial y biotecnología abren horizontes fascinantes. Pero la pregunta esencial persiste: ¿qué tipo de humanidad queremos proyectar hacia el futuro?
El progreso material sin progreso moral puede conducir a escenarios de alto riesgo. La historia del siglo XX demostró que sociedades altamente desarrolladas en términos científicos podían, al mismo tiempo, incurrir en atrocidades. La razón, desprovista de ética, no garantiza humanidad.
La evolución nos dotó de un cerebro capaz de imaginar futuros posibles. Esa facultad nos distingue. Negarla es, en cierto modo, denigrar miles de años de desarrollo cultural y científico. La autopercepción como sujetos racionales y responsables no es arrogancia; es una exigencia ética.
Reivindicar nuestra humanidad no implica negar nuestras debilidades, sino asumirlas. Implica educar con rigor, debatir con argumentos, consumir información con criterio y participar en la vida pública con responsabilidad.
Si la modernidad nos enseñó algo, es que el progreso auténtico no se mide solo en aparatos o en cifras de dinero, sino en la calidad ética de nuestras decisiones colectivas. Recuperar esa brújula es el desafío más urgente de nuestro tiempo.
Por Cristian Leandro
Periodista y escritor





































