Hagamos una revolución política
La política dignifica al velar por el prójimo, el acuerdo y el bien común
La política dignifica al velar por el prójimo, el acuerdo y el bien común
Porque la política sí importa debemos generar una revolución política que nos permita reencontrarnos con el camino al éxito que por décadas logramos sin necesitar de autoritarismo y extremismos ideológicos.
La política es la actividad social más relevante, madre de la democracia. En una correcta actividad política se dan libertad de movimiento, de ideas, de expresión, de organización, tolerancia y se fortalece la diversidad. Dadas todas estas garantías políticas la sociedad se “embaraza” y va a “parir” al sistema democrático. Es imposible imaginar la democracia sin política.
La política dignifica al velar por el prójimo, el acuerdo y el bien común. Cuando a un ingeniero se le cae un edificio usted no dice que la ingeniería es corrupta; cuando un periodista denigra y miente no dice que el periodismo es sucio. Cuando un abogado se presta para matráfulas tampoco dice que la abogacía es corrupta. Toda la responsabilidad se endosa a quien ejerce.
Sin embargo, cuando algunos pseudopolíticos ejercen la disciplina de mala forma de inmediato se dice: “La política es sucia”, falso. Nada más falso, la responsabilidad debe recaer sobre el pseudopolítico y no sobre la disciplina que es fundamental para el mejor sistema de todos —con defectos incluidos— la democracia.
Los ciudadanos, partidos políticos y medios de comunicación debemos promover una gran revolución política que permita el acceso de los mejores al gobierno. Unos participando, otros escogiendo, y la prensa apuntando en forma correcta a quienes hacen bien o mal su función, evitando generalizaciones que dañan la confianza nacional.
Usted ya no cree en los políticos, pero tampoco cree en el vecino, en el amigo, en el familiar, en líder espiritual. Una sociedad en que la desconfianza entre sus ciudadanos aumenta no puede producir el capital humano requerido para una mejor política.
Si amamos a esta patria exitosa, diferente, mejor que muchas, pero con grandes tareas pendientes, estamos obligados a aportar lo mejor en nuestras familias, grupos de interés y partidos políticos. Ningún partido político tiene el monopolio de la honradez, ¡cuidado con aquellos que presumen del monopolio de la ética, la moral y la honradez! Puesto que esto es propio de cada persona, no es asunto ideológico ni partidista.
Defiendo la Política —sí, con P mayúscula— porque creo en la democracia y en mi país, ella no puede ser el pariente pobre de la sociedad. Ataquemos a los malos mensajeros de la política pero no a la actividad, proceso deliberado de conciliación, de acuerdos y cercanía entre quienes pensamos diferente pero con objetivos comunes, por eso se diferencia de la tiranía y el despotismo. Quien menosprecia la política acerca a su país al totalitarismo.
La política no es ideología, es aceptación de nuestras limitaciones y el reconocimiento del poder de otros grupos e intereses sociales, ella permite la conciliación y la supervivencia del conjunto de la sociedad. Es la que pone orden al pluralismo en forma civilizada, negociada, pues si el consenso fuese absoluto la pregunta sería: ¿Para que un gobierno?
Yo estoy apuntado a una revolución política, ¿y usted?
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo