“Estamos al día en igualdad”. La frase pronunciada recientemente por la Presidenta de la República merece una reflexión profunda y responsable. Porque una cosa es aspirar a una sociedad donde hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades, y otra muy distinta es afirmar que Costa Rica ya alcanzó esa meta. ¿Estamos realmente al día?
Costa Rica ha sido referente regional en derechos humanos y avances en igualdad de género. Sin embargo, basta observar las estadísticas y la realidad cotidiana para entender que aún persisten desigualdades profundas que afectan a miles de mujeres en distintos ámbitos de la vida nacional.
No escribo estas líneas para polemizar ni para mortificar a la mandataria. Por el contrario, apelo respetuosamente a su conciencia, sensibilidad y sabiduría política para reconsiderar una posición que podría generar un mensaje equivocado: creer que el país ya no necesita seguir impulsando la Agenda 2030 en lo correspondiente a igualdad de género, porque supuestamente “ya estamos al día”. No lo estamos.
Persisten brechas salariales que afectan la autonomía económica de las mujeres. La sobrecarga del trabajo de cuido continúa limitando sus posibilidades de crecimiento profesional. La representación femenina en juntas directivas, espacios empresariales y posiciones de liderazgo sigue siendo insuficiente. Y la violencia de género continúa golpeando a miles de mujeres costarricenses, muchas atrapadas en ciclos de agresión de los que resulta difícil salir.
Decir que “todos somos iguales” mientras persisten estas realidades corre el riesgo de invisibilizar problemas que aún requieren atención urgente. Avanzar no equivale a haber llegado a la meta.
Si realmente existiera igualdad plena, las mujeres tendrían una representación equilibrada en los espacios de poder y toma de decisiones. Sin embargo, el propio Gobierno refleja una realidad distinta: Costa Rica cuenta actualmente con uno de los gabinetes con menor representación femenina de los últimos años.
Seamos claros: defender la igualdad no significa promover nombramientos por cuota, restando valor al mérito. Nadie debe ocupar un puesto únicamente por ser mujer. La verdadera igualdad exige precisamente lo contrario: que las oportunidades lleguen a quienes reúnen los méritos, la preparación, la experiencia y la trayectoria necesarias.
Y ahí surge una contradicción difícil de ignorar. Mientras se sostiene que el país ya alcanzó la igualdad, se toman decisiones políticas que parecieran alejarse de ese objetivo. El reciente nombramiento del embajador ante la Organización de las Naciones Unidas ilustra esa preocupación. Más allá de la potestad presidencial para hacer designaciones, el tema no es solo quién fue nombrado, sino el contexto que rodea esa decisión.
Costa Rica cuenta con mujeres altamente capacitadas en diplomacia, relaciones internacionales, derecho internacional, política pública y liderazgo multilateral. Mujeres con experiencia, formación y méritos suficientes para asumir una representación de tan alto nivel. Sin embargo, el puesto recayó en un hombre cuya designación ha generado cuestionamientos sobre el cumplimiento del perfil requerido.
El punto no es descalificar a una persona en particular. El punto es preguntarnos qué mensaje recibe el país cuando, mientras se afirma que ya existe igualdad, se desaprovechan oportunidades para abrir espacios a mujeres talentosas y preparadas, especialmente en un Gobierno donde ya existe una limitada presencia femenina en puestos estratégicos.
Costa Rica no está al día en igualdad. Ha avanzado, sí. Pero precisamente porque ha avanzado, no puede darse el lujo de creer que la tarea está terminada. Mucho menos cuando los datos, las decisiones y la propia composición del poder siguen mostrando que aún falta camino por recorrer.
Espero que la señora presidenta, una vez conozca los datos de desigualdad de género que existe en el país en donde vive, entienda que gobernar también implica escuchar, reflexionar y, cuando sea necesario, rectificar posiciones.





































