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Lunes 28 Septiembre, 2009

El país que podríamos tener

En el pasado, líderes políticos merecidamente reconocidos, con gran visión y sensibilidad humana impulsaron proyectos de inversión pública en áreas de salud, educación, derechos de los trabajadores y otras que resultaron determinantes para crear progreso y distinguirnos de países vecinos. Esto le permitió a Costa Rica mayores avances para amplios sectores de población y, a la postre, por su mejor calidad de vida, atraer valiosos recursos de turismo e inversión extranjera en respaldo a nuestro desarrollo.
Hoy requerimos nuevos líderes e ideas determinantes que puedan apuntalar el desarrollo futuro. Conceptos que nos distingan otra vez de naciones similares y nos auguren más impulso económico, empleo, inversión y oportunidades de desarrollo para más personas, distribuidas por todo nuestro territorio. Identificar métodos innovadores que, además de abrirnos opciones a lo interno, nos sigan exhibiendo como un país distinto, atractivo y deseable, gracias a su plataforma responsable de desarrollo.
Recientemente he refrescado información acerca de la encomiable tarea que realiza ya un buen grupo de empresas y organismos sin fines de lucro, a favor del desarrollo sostenible de comunidades aledañas a sus operaciones, con resultados extraordinarios, tras sumar esfuerzos privados con los del Estado y la sociedad civil.
En ese modelo, las empresas impulsoras aportan habilidades de organización, talento y uso eficiente de recursos. Gobiernos locales y habitantes de la zona, viabilizan las propuestas, impulsan proyectos conjuntos, suman recursos y logran con extraordinaria efectividad, llevar progreso económico y social de manera sostenible a comunidades menos favorecidas y con menores posibilidades de inversión del Estado. Cada colectividad y municipios agregan su tiempo, trabajo y recursos para elevar sus niveles de vida, así como la calidad de los empleos en las zonas de influencia.
Estos proyectos están estimulando el nacimiento de múltiples microempresarios, el desarrollo de una infraestructura productiva descentralizada, difusión de una filosofía empresarial menos dependiente de la mendicidad al Estado. Se crean novedosas fuentes de trabajo, antes impensables, y atraen inversión privada y pública en respaldo de esos nuevos focos de desarrollo.
Punta Islita es uno de esos proyectos con más reconocimiento y mayores logros demostrados bajo esta filosofía. Pero, afortunadamente, no es un esfuerzo aislado. Este y muchos ejemplos adicionales merecen la atención de nuestros líderes políticos y más apertura y concientización de nuestros empresarios e inversionistas. La Asociación de Empresarios para el Desarrollo (AED) ha asumido liderazgo en muchas de estas iniciativas, organizando los esquemas de colaboración con responsabilidad social.
Tan interesantes propuestas requieren mucho más difusión, más sinergia, más apoyo institucional, público y privado, así como aporte ciudadano, para que en verdad sirvan de plataforma de desarrollo y constituyan la base de esa Costa Rica solidaria y distintiva que podríamos tener.

Fernando J. Leñero