A pocos días de las elecciones nacionales, resulta legítimo —y necesario— plantear una pregunta incómoda, pero técnicamente válida: ¿la trayectoria del tipo de cambio en Costa Rica durante los últimos años responde verdaderamente a fundamentos económicos sólidos, o se ha construido una percepción de estabilidad que resulta políticamente funcional? En economía, las percepciones importan. Y en períodos electorales, importan todavía más.
La pregunta propone una hipótesis económica que merece análisis sereno, especialmente en un país donde una proporción significativa de los hogares y empresas se encuentra endeudada en dólares, mientras sus ingresos se generan en colones.
Como médico, sé que aliviar un síntoma puede generar una sensación inmediata de bienestar sin que la causa subyacente haya sido tratada. Como ciudadano, observo con atención cuando ese mismo principio parece trasladarse al manejo de variables económicas sensibles.
Costa Rica presenta desde hace años un fenómeno ampliamente documentado, un alto grado de dolarización del crédito, incluyendo una porción relevante otorgada a deudores que no generan ingresos en moneda extranjera. La autoridad supervisora ha denominado correctamente esta situación como exposición a riesgo cambiario.
Este no es un hallazgo marginal ni una opinión aislada. Organismos internacionales como la OCDE y el Fondo Monetario Internacional han advertido reiteradamente que este tipo de estructura crediticia incrementa la vulnerabilidad macroeconómica y social, particularmente ante eventuales correcciones del tipo de cambio.
Más aún, el propio marco regulatorio costarricense ha reconocido este riesgo. La introducción reciente de medidas macro prudenciales para desincentivar el crédito en dólares a no generadores de esa moneda constituye una admisión implícita de que el problema existe. Si el riesgo no fuera real, no habría sido necesario regularlo con mayor severidad.
Un tipo de cambio estable —o apreciado— tiene efectos económicos y psicológicos inmediatos. Reduce temporalmente la carga financiera de quienes están endeudados en dólares, disminuye cuotas mensuales y genera una sensación tangible de alivio económico.
Ese alivio, sin embargo, no depende de un aumento real del ingreso en las arcas fiscales, ni de mejoras estructurales en productividad, competitividad o valor agregado. Depende de una variable exógena: el precio relativo de la moneda.
Cuando el ingreso no crece, pero la cuota baja, el alivio se siente igual. Aunque sea transitorio.
Desde el punto de vista del comportamiento económico, este fenómeno puede reforzar la percepción de que “la economía está mejor”, aun cuando otros indicadores estructurales no muestren mejoras equivalentes.
Pero la pregunta incómoda es ¿qué respalda esa estabilidad?. Aquí es donde la discusión se vuelve necesaria, pero debe mantenerse dentro de límites responsables.
Durante el mismo período en que el tipo de cambio ha mostrado una estabilidad notable, no se observa un crecimiento estructural claramente proporcional en variables como la recaudación tributaria real per cápita, los ingresos por turismo ajustados por inflación y competitividad regional, ni as exportaciones con suficiente valor agregado como para explicar, por sí solas, una apreciación prolongada.
Esto no prueba intencionalidad política. Pero sí abre un espacio legítimo para la pregunta: ¿estamos ante una estabilidad cambiaria sustentada en fundamentos económicos sólidos, o ante una combinación de factores coyunturales que han resultado funcionales para generar tranquilidad en un electorado altamente expuesto al dólar?
La estabilidad que no se apoya en productividad, ingresos reales o competitividad externa merece, al menos, ser examinada.
Este debate tiene implicaciones sociales concretas. Una apreciación prolongada puede incentivar un mayor endeudamiento en dólares, profundizar el descalce cambiario y trasladar el riesgo hacia el futuro. Cuando —inevitablemente— las condiciones cambian, el ajuste no lo paga la macroeconomía; lo pagan los hogares.
En medicina sabemos que suprimir un síntoma sin tratar la causa suele empeorar el pronóstico. La economía no es distinta.
Es fundamental subrayar un punto con claridad: cuestionar el impacto político de variables económicas no equivale a imputar ilegalidades ni a señalar actores específicos.
La experiencia reciente del sistema financiero —incluyendo la prudencia mostrada por entidades que han restringido el crédito en dólares únicamente a generadores de esa moneda— refleja un aprendizaje institucional claro: el riesgo cambiario no es teórico, es real y socialmente sensible.
Precisamente por ello, cualquier discusión sobre el tipo de cambio debe hacerse con rigor, cautela y datos, no con consignas ni silencios incómodos.
No se trata de afirmar que exista manipulación deliberada del tipo de cambio. Se trata de plantear una hipótesis razonable: que el manejo de esta variable puede haber contribuido a construir una percepción de estabilidad económica políticamente conveniente en un contexto electoral, especialmente para una población altamente endeudada en dólares.
Esa hipótesis no debe ser descartada por incomodidad, ni aceptada por conveniencia. Debe ser analizada con datos, rigor y transparencia.
Pensar críticamente sobre nuestras variables económicas no es antipatriótico.
Es, quizás, el acto más responsable en vísperas de una elección.





































