Alberto Cañas

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Miércoles 4 Agosto, 2010


CHISPORROTEOS

No sé si provoca mi risa o me infunde ganas de llorar el enterarme de que hay no sé cuántos kilómetros de carretera que necesitan arreglo, y no sé cuántos puentes en mal estado, y al mismo tiempo saber que esas cosas no se pueden arreglar con la rapidez del rayo como antaño, porque parece que deben ser sometidas a concesión para que las hagan empresas privadas previa una lenta licitación, de acuerdo con un malhadada ley que propició la administración Rodríguez y que terminó con el Ministerio de Obras Públicas.
Ese Ministerio fue un orgullo nacional, desde que construyó (solito y sin que le llevaran la mano) el Ferrocarril entre Alajuela y San José y más tarde el del Pacífico; y luego, en la época vigorosa 1928-1944 (que incluyó los años de la depresión) llevó a cabo toda clase de carreteras, escuelas, aeropuertos, edificios municipales y construcciones públicas en general, dando ocasionalmente algunas obras (el muelle de Puntarenas, la carretera al Irazú) en concesión con buenos resultados dada la honestidad (hasta 1940) de las empresas constructoras.
Pero vino la malhadada ley, y el Ministerio se herrumbró, como se le herrumbraron los martillos, los clavos y los desatornilladores. Todo se herrumbró. Ahora se caen los puentes o les faltan piezas, hay derrumbes peligrosos en las autopistas, y nada camina. El MOPT tomó el camino en que desde 1982 vienen marchando el INVU, el Consejo de Producción, el ICE, el INS y todo lo que tiene Costa Rica que no huele a Wall Street o a William Walker. Deroguen la malhadada ley y vuelva el MOPT a ser un orgullo para los costarricenses.
Con gran interés he asistido a la proyección de la película A Ojos Cerrados de Hernán Jiménez, y sigo satisfecho con el progreso que va experimentando nuestro incipiente cine. Gestación el año pasado y esta de ahora, son las últimas dos buenas muestras. La película de Jiménez tiene el defecto de basarse en un argumento de escaso interés e insuficiente para un largometraje. Pero está tan bien fotografiada, tan bien dirigida y tan bien editada, que los defectos del libreto los pasa por alto el espectador, para admirar la confección misma de la película. El trabajo interpretativo de Carol Sanabria, bien secundada por Carlos Luis Zamora y la veterana Anabel Ulloa, es totalmente satisfactorio y a esta joven hay que ponerle cuidado.
El defecto de la película es que es demasiado esquemática, que su argumento no da buenamente para más de veinte minutos de proyección, y se lo ha alargado prolongando indebidamente algunas escenas, haciendo largas pausas en el diálogo o con tomas puramente ambientales aunque generalmente hermosas. Pero no se puede tener la menor duda de que Hernán Jiménez es un cineasta talentoso que sabe lo que está haciendo, aunque en este caso trabajó con un guión insuficiente. Por ejemplo: el problema central de la protagonista aparentemente se debe a que trabaja en una oficina donde solamente hay un jefe sumamente incomprensivo y no existe otro personero que comprenda que un duelo familiar (al menos entre gente latina) conduce a un permiso de por lo menos una semana. Pero no me voy a detener en detalles como éste cuando de lo que trato es de celebrar que se estén produciendo aquí películas de esta calidad. Casi siempre de calidad superior a la de su argumento y guión. Y adelante con los faroles.

Alberto F. Cañas
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