Por Alberto Cabezas Villalobos
Periodista y activista de derechos humanos
En tiempos donde los discursos de odio resurgen con fuerza en diversas partes del mundo —y Costa Rica no es la excepción— recordar a Abelardo Araya Torres no es solo un ejercicio de memoria, sino un acto de responsabilidad colectiva. Su nombre resuena hoy con una fuerza particular, no solo por su trayectoria como activista incansable por los derechos humanos, sino porque representa un símbolo vivo de lucha por la libertad en el siglo XXI. Por eso, su reciente nombramiento como Hijo Predilecto del Cantón de San José, aprobado por el Concejo Municipal capitalino, es apenas un primer paso hacia un reconocimiento que debe tener escala nacional: la declaratoria de Benemérito de la Patria en la categoría de Defensor de la Libertad.
Hablar de Abelardo Araya es hablar de una historia de coraje. En 1987, cuando en Costa Rica aún se penalizaban las relaciones entre personas del mismo sexo —según lo establecía el entonces vigente artículo 378 del Código Penal—, él se atrevió a alzar la voz. Mientras la discriminación era amparada por las estructuras legales y los prejuicios sociales, Abelardo no solo habló: organizó, movilizó, denunció. Fue uno de los fundadores del Movimiento Cinco de Abril y de la Asociación Nacional de Lucha contra el SIDA, espacios que se convirtieron en refugios y trincheras en una época de persecución, exclusión y silencio.
Pero su vida no puede ni debe reducirse a una sola causa. Estudió Psicología no para acumular títulos, sino para acompañar a quienes el sistema relega: personas privadas de libertad, pacientes con VIH, mujeres víctimas de violencia, personas con discapacidad, pueblos indígenas. Su mirada siempre fue interseccional antes de que el término se volviera común: entendía que las opresiones se entrecruzan y que la dignidad se defiende en múltiples frentes. Esa visión ética, profunda, lo llevó a presentar propuestas legislativas, a postularse como candidato a diputado, a ser una voz incómoda pero necesaria en la opinión pública.
Abelardo usó la palabra con responsabilidad. Denunció la violencia estructural disfrazada de indiferencia, desmanteló prejuicios con datos y argumentos, y siempre insistió en un principio simple pero revolucionario: "todos los derechos para todas las personas". No pedía tolerancia; exigía respeto. No apelaba a la compasión, sino a la justicia. Esa claridad ética lo convirtió en una referencia para quienes creemos que la comunicación debe ser una herramienta para transformar, no para complacer.
En 2011, en un acto que merece ser recordado, Abelardo se presentó en el Colegio de Periodistas para denunciar públicamente la discriminación como una forma de violencia. Lo hizo con valentía, acompañado por activistas y colectivos que sabíamos que, al alzar la voz, también nos arriesgábamos. San José, su ciudad, respondió entonces de forma ejemplar: ese mismo año, el cantón se declaró libre de racismo y discriminación, como parte de una campaña que impulsamos. Hoy, ese mismo espíritu solidario y democrático es el que inspira esta nueva propuesta.
Desde la Asociación Agencia para el Desarrollo Accesible sin Fronteras, la Comisión de Accesibilidad de la Confederación Unitaria de Trabajadores y la Confederación Costarricense de Trabajadores Democráticos, hemos impulsado que el Concejo Municipal inste a las diputadas y diputados de la provincia de San José a presentar el proyecto de ley que declare a Abelardo como Benemérito de la Patria. Ya entregamos el borrador de ley y la carta formal a la Municipalidad de San José, que esperamos que sea acogido y lo traslade con su respaldo a los (as) diputados (as) de la capital de Costa Rica. La semilla está sembrada; ahora le toca al Poder Legislativo hacerla florecer.
¿Por qué es urgente este reconocimiento? Porque la historia oficial suele omitir a quienes lucharon desde los márgenes. Costa Rica ha honrado con el título de Benemérito a líderes militares, a próceres políticos, a intelectuales reconocidos. Pero también debe honrar a quienes defendieron la libertad sin fusiles ni curules: desde la calle, la organización comunitaria, la atención psicosocial y la militancia pacífica. La libertad, hoy más que nunca, necesita ser defendida frente a nuevas formas de autoritarismo, exclusión y violencia simbólica. Reconocer a Abelardo es reafirmar que esa defensa puede y debe darse desde la diversidad.
No se trata de competir con figuras del pasado, sino de ampliar el relato nacional. Así como honramos a Juan Rafael Mora, a Pablo Presbere o a Juan Santamaría, también debemos reconocer a quienes, como Abelardo, convirtieron su vida en un acto sostenido de resistencia ética. Defender el matrimonio igualitario, exigir políticas públicas inclusivas, acompañar a personas en situación de vulnerabilidad o denunciar leyes discriminatorias es tan patriótico como enfrentar un ejército extranjero. Y quizás más difícil, porque implicaba en su momento enfrentar el rechazo de una parte de la sociedad que aún no estaba dispuesta a reconocer la plural.
Este domingo 29 de junio, durante la Marcha del Orgullo, caminaremos una vez más con alegría y dignidad. Pero también con memoria. Y en esa memoria, el nombre de Abelardo Araya Torres seguirá iluminando los pasos de quienes creemos que otro país es posible. Un país donde ser diferente no implique ser menos. Un país donde la dignidad no sea negociable.
Abelardo representa a una generación de personas que transformaron el dolor en lucha y la lucha en esperanza colectiva. Su vida nos recuerda que la libertad no es un privilegio, sino un derecho irrenunciable. Por eso, declararlo Benemérito no es solo un acto simbólico: es un compromiso con el futuro.
Que su nombre, su voz y su ejemplo sigan encendiendo caminos hacia la justicia.





































