La severa crisis del Estado costarricense se refleja en su dificultad, entre muchas, para atender las necesidades más básicas que definen su razón de ser: seguridad ciudadana, educación pública y la provisión de la infraestructura física. Esto nos define una situación de tiempos extraordinarios.
Parte del problema es el aparente agotamiento del sistema presidencialista. Este sistema, basado en mi observación de la experiencia histórica de varios países, parece ser funcional cuando existen un par de partidos dominantes que comparten el centro (acuerdo común tácito). A partir de ese centro, las oscilaciones de derecha o izquierda no descarrilan el tren. La disfuncionalidad también puede aparecer cuando surgen múltiples partidos, como en Costa Rica, y la negociación política se complica enormemente pues también se esfuma ese acuerdo común tácito.
Una mejor manera de crear un espacio para la negociación política es un sistema parlamentario a la inglesa o semi-parlamentario a la francesa. Así los gabinetes pasan a reflejar la negociación política y la obliga constantemente. De tal manera que se genera un espacio para la negociación política que pueda superar, por ejemplo, el impasse del multipartidismo en el congreso. Si bien Italia nos recuerda que esta no es una vacuna perfecta contra la inestabilidad.
La otra dimensión de la crisis es el cambio tecnológico disruptivo y exponencial que está transformando las interacciones de la producción, la sociedad civil y el sector público. Un aparato político disfuncional difícilmente podrá liderar el cambio que, entre otras transformaciones, lidera la inteligencia artificial, y que podrá potenciarse mediante la computación cuántica. Estamos en medio de la revolución digital y entrando en los albores de la revolución de la computación cuántica. ¿Cómo nos preparamos como sociedad para enfrentar los desafíos de la construcción de la sociedad del mañana sin resolver aspectos básicos de gobernanza?
Decía Luis Alberto Monge Álvarez que “los problemas de la democracia solo se curan con mayor democracia” y su práctica política fue testimonio de ello, cuando en la cúspide del poder, facilitó la conformación del principal partido de oposición. Conocedor de la naturaleza humana, temía la concentración del poder y, por ello, también su admiración y respeto por la prensa independiente.
Ante la crisis del sistema presidencialista una opción podría ser fortalecer la figura del presidente y, para ello, el camino transita por el debilitamiento de todos los pesos y contrapesos propios de la democracia. Pero, precisamente, a partir de la propensión humana a abusar del poder, Montesquieu propuso el sistema de pesos y contrapesos necesarios para una democracia. La historia está llena, tanto en América Latina como en Europa, de ejemplos del abuso del poder por medio de socavar los fundamentos de la democracia que han terminado en el irrespeto y menoscabo de la libertad.
Tiempo de soluciones extraordinarias. No hay tiempo de acometer una cirugía mayor del aparato político. Pero es fundamental establecer un espacio para la negociación política. Por esto traigo a colación una propuesta que, en 2015, fue liderada por Rolando Araya Monge y Jorge Guardia Quirós y los escribientes fuimos Johnny Echeverría Brealy (QDP) y este servidor con la participación de representantes de los distintos partidos con representación en la Asamblea Legislativa.
La propuesta consistía en establecer un gobierno de unidad nacional en el cual la distribución de los ministerios se hiciese con base en el porcentaje de votos a diputados a la Asamblea Legislativa de cada partido. La base del acuerdo sería un consenso sobre los proyectos de ley a tramitar de manera prioritaria en la Asamblea Legislativa, incluidos el establecer un régimen semi-parlamentario y cambiar la elección de diputados por medio de una lista a la circunscripción territorial, con un número de diputados “nacionales”.
Quizás le llegó la hora a esta solución extraordinaria.





































