Joaquín Mejía
Managing Partner, Costa Rica, McKinsey
medios_latam@mckinsey.com
Cada industria ha ido adoptando la IA con diferentes velocidades e incorporándola a su forma de operar. En un artículo anterior hablé de las ciencias de la vida, la banca y los bienes raíces y ahora abordaré la industria audiovisual y la de desarrollo de software. La industria del entretenimiento —cine y TV— probablemente sea donde más ruido existe y donde menos se entiende el verdadero fenómeno. Gran parte del debate gira alrededor de videos generados íntegramente por IA o actores virtuales, pero los mayores beneficios aparecen mucho antes de que una cámara empiece a grabar: visualización, storyboards, presupuestos, planeación de escenas, doblaje, subtitulación y localización ya muestran mejoras medibles, con incrementos de productividad de entre 5% y 10% en preproducción. Para Costa Rica, con una industria audiovisual pequeña pero creciente gracias a los incentivos fiscales para filmaciones y a una comunidad de creadores digitales activa, esto abre una ventana real: producciones que antes requerían presupuestos fuera de alcance para nuestras productoras hoy son más viables, desde efectos visuales hasta doblaje y subtitulado automatizado.
Por último, quizá ningún sector refleja mejor la transición que el desarrollo de software. Durante décadas, el cuello de botella fue la capacidad de programación; hoy ese obstáculo prácticamente desaparece, con agentes capaces de escribir, probar y desplegar código con mínima intervención humana. El nuevo reto consiste en rediseñar todo el ciclo de desarrollo, y el valor solo aparece cuando la organización completa modifica sus procesos y reorganiza equipos alrededor de agentes inteligentes. Este es, para mí, el punto de mayor relevancia inmediata para Costa Rica: somos sede de operaciones y centros de servicios compartidos de decenas de empresas multinacionales, y el talento en tecnologías de información es uno de los pilares de las exportaciones de servicios. Me parece revelador que la adopción de IA generativa entre nuestra población en edad laboral haya alcanzado 28,5% en el primer trimestre de 2026, la cifra más alta de América Latina según el Microsoft AI Economy Institute. Eso nos coloca en una posición favorable y abre una oportunidad clara: si logramos que ese talento se especialice en dirigir y supervisar agentes de IA —y no solo en usarlos— Costa Rica puede consolidarse como un destino aún más atractivo para el desarrollo de software de alto valor agregado.
Vale la pena aclarar algo para no confundir cifras: ese 28,5% mide adopción de IA generativa entre las personas trabajadoras, terreno en el que lideramos la región. Es un indicador distinto al Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) 2025, que mide capacidad e infraestructura de IA a nivel país y donde aparecemos en un grupo intermedio, por debajo de Chile, Brasil, Uruguay y Colombia. Ambos datos son ciertos; simplemente responden preguntas distintas, y es una distinción que como país deberíamos tener clara antes de sacar pecho o de subestimarnos. Muy importante: no se debe confundir adopción con transformación.
Si existe una conclusión transversal para los líderes empresariales de América Latina —y de Costa Rica en particular—, es que la discusión correcta no gira alrededor de herramientas. Tampoco alrededor de modelos fundacionales o del siguiente lanzamiento tecnológico. La verdadera ventaja competitiva dependerá de la capacidad para rediseñar organizaciones completas.
Existe además una segunda enseñanza que merece atención, y que veo repetirse en nuestro mercado local con la misma frecuencia que en el resto de la región: muchas empresas confunden adopción con transformación. Celebran que miles de empleados utilicen una nueva plataforma, que un chatbot responda consultas o que un asistente redacte documentos. Sin embargo, esos indicadores rara vez se traducen en mejores resultados financieros. Mi recomendación, la misma que le doy a mis clientes en Costa Rica, es medir el éxito mediante crecimiento, rentabilidad, velocidad, ingresos, satisfacción del cliente o reducción de tiempos de ciclo. La utilización de una herramienta no debería constituir un objetivo empresarial.
Y hay un riesgo del que se habla poco y que me preocupa como consultor: el costo de la IA. Si su implementación no se gestiona de la forma adecuada —sin control sobre el consumo de cómputo, sin una arquitectura pensada para escalar, o simplemente añadiendo agentes sin rediseñar los procesos de fondo— la factura puede terminar siendo más alta que el ahorro que se buscaba. He visto organizaciones donde la IA, mal implementada, sale más cara que el proceso manual que reemplazó. Ese es, quizás, el error más costoso que puede cometer una empresa costarricense en esta etapa: adoptar por adoptar, sin una estrategia clara de costos y de valor.
La historia demuestra que las empresas —y los países— que lideran las grandes transiciones tecnológicas son los primeros en reinventar la forma de crear valor. Todo indica que la inteligencia artificial seguirá exactamente ese mismo camino. La pregunta que le dejo a quienes están liderando empresas en el país es si estamos dispuestos a dar el salto de la adopción a la transformación, o si nos vamos a quedar, una vez más, celebrando el piloto.





































