Javier Solís
Gerente General de BMI Seguros en Costa Rica
En los últimos meses, distintos movimientos sísmicos en América Latina nos han vuelto a recordar lo frágil que puede ser aquello que damos por sentado. El reciente terremoto en Panamá vuelve a poner sobre la mesa una realidad que compartimos como región: en cuestión de segundos, una familia puede pasar de la rutina de un día cualquiera a enfrentar daños materiales, incertidumbre y decisiones para las que nadie se siente completamente preparado.
En Costa Rica conocemos bien esa realidad. Vivimos en un país sísmico y, por eso, la preparación forma parte de nuestra vida cotidiana. Estamos acostumbrados a prepararnos para lo que le puede pasar a nuestra casa: revisamos estructuras, identificamos rutas de evacuación, pensamos en una mochila de emergencia, agua, alimentos, documentos importantes, un lugar seguro y un plan para saber cómo actuar.
Todo eso es sumamente necesario.
Pero hay otra pregunta, menos visible, que en momentos como estos también vale la pena hacernos: ¿qué pasaría con nuestra familia si mañana nosotros faltáramos?
Los terremotos no solo nos recuerdan que debemos preparar nuestra casa; también nos obligan a preguntarnos qué tan preparada está nuestra economía familiar para enfrentar una ausencia, una incapacidad o una emergencia.
Y ahí es donde la conversación sobre preparación adquiere otra dimensión.
Quienes tenemos personas que dependen de nosotros solemos pensar en su bienestar desde muchas perspectivas: que tengan un hogar, que puedan estudiar, que tengan acceso a salud, que cuenten con lo necesario para desarrollarse y que puedan cumplir sus proyectos. Dedicamos años a construir esas condiciones.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué ocurriría con todo eso si nuestra capacidad de generar ingresos desapareciera de un momento a otro.
No es una pregunta sencilla. Tampoco es una conversación que resulte cómoda. Pero precisamente por eso considero que debemos incorporarla con mayor naturalidad a nuestra cultura de prevención.
La protección financiera no consiste en anticipar que algo malo va a suceder. Consiste en reconocer que existen circunstancias que no podemos controlar y evaluar, con tiempo, cómo proteger a quienes dependen de nosotros.
En ese sentido, los seguros personales pueden formar parte de esa planificación. Su función no debería entenderse únicamente como una respuesta ante una tragedia, sino como una herramienta para proteger proyectos, ingresos y responsabilidades familiares frente a situaciones que pueden alterar nuestra realidad.
La protección, sin embargo, no es igual para todos. Una familia con hijos pequeños tiene necesidades diferentes a las de una pareja sin dependientes. Una persona que sostiene económicamente a sus padres enfrenta una realidad distinta a quien está construyendo su patrimonio. Y alguien que trabaja por cuenta propia puede tener una exposición diferente a quien cuenta con ingresos más estables.
Por eso, el primer paso no debería ser simplemente contratar un seguro. Debería ser entender qué necesita proteger cada familia y qué consecuencias tendría no contar con un respaldo ante una eventualidad.
Un seguro de vida puede brindar un respaldo económico a los beneficiarios ante el fallecimiento de la persona asegurada y, dependiendo de las coberturas contratadas, contemplar situaciones como una incapacidad total y permanente. La protección también puede extenderse a la salud, frente a los costos que pueden generar una enfermedad, una hospitalización, una cirugía o la necesidad de atención médica especializada.
Esto cambia también la manera en que deberíamos hablar de los seguros. No se trata únicamente de pensar en qué sucedería cuando algo salga mal, sino de tomar decisiones mientras las cosas están bien, cuando todavía podemos analizar nuestras responsabilidades y construir un respaldo acorde con nuestra realidad.
En un país que conoce de primera mano el impacto de los terremotos, prepararnos significa reconocer que existen riesgos que no podemos controlar y tomar medidas para reducir sus consecuencias.
Tal vez la próxima vez que revisemos nuestra preparación ante una emergencia, además de preguntarnos si tenemos lo necesario para responder en las primeras horas, podríamos hacernos una pregunta que suele quedar fuera de la conversación: si mañana algo cambia radicalmente, ¿qué tan preparada está financieramente nuestra familia para continuar adelante? No podemos anticipar todas las circunstancias que pueden cambiar el rumbo de una familia, pero sí podemos tomar decisiones mientras tenemos la oportunidad de hacerlo.




































