Casi todos, alguna vez, nos pusimos una cifra. Cuando gane esto, cuando la empresa facture aquello, cuando tenga tanto ahorrado… entonces voy a estar tranquilo. Esa cifra es una amalgama de mis anhelos, de cómo quiero sentirme y ser percibido por los demás. Se convierte en una parte de mi identidad.
Ciertamente a algunos la vida les concedió el deseo: llegaron al número. Lo curioso es lo que pasó después. La tranquilidad duró unas semanas. Luego esa cifra que parecía la meta se volvió el nuevo punto de partida, y la verdadera meta se corrió un poco más allá, escurridiza. Resulta que “suficiente” no era un número, era una sensación y las sensaciones se mueven.
Por otra parte, esto no le pasa solo a quien tiene poco. Un estudio de Intuit Credit Karma de 2024 encontró que cerca de un tercio de las personas vive con lo que los especialistas empezaron a llamar “dismorfia financiera”: una distorsión entre lo que uno tiene y lo que siente que tiene. Y el dato que desarma cualquier explicación fácil es este: buena parte de quienes la padecen no están en aprietos financieros. Entre ellos, muchos tenían ahorros reales: una porción relevante, por encima de los diez mil dólares; otra, por encima de los treinta mil. La inquietud no dependía de la cuenta bancaria, dependía de la comparación.
Ahí está el mecanismo. Casi nadie desea el dinero por sí mismo, sino que lo desea por lo que promete, por ejemplo seguridad, tranquilidad, la sensación de ir bien. Pero esos destinos no tienen una medida propia, los definimos mirando a los demás y la comparación no tiene techo, porque siempre hay alguien un escalón más arriba. Para rematar, hoy los tenemos a todos a un golpe de pantalla. Por eso el “suficiente” definido por comparación es una meta que retrocede cada vez que uno se acerca. Quien no decide por sí mismo cuánto es suficiente, deja que el mercado y los demás lo decidan por él, pero ellos nunca dicen “ya” y nunca se llega a sentir verdaderamente en control.
Lo mismo le ocurre a las empresas, aunque se vista de ambición sana. Muchas persiguen crecer — más ingresos, más mercado, más escala — sin haberse preguntado nunca para qué, ni hasta dónde. El crecimiento se vuelve su propia justificación, y entonces cada meta se convierte, igual que en las personas, en un señuelo que nunca se convierte en logro, en una colección de presentaciones ejecutivas que nunca se materializan en verdadero valor. No se trata de renunciar a crecer; se trata de saber hacia dónde y por qué. Una organización que no sabe cuánto es suficiente toma riesgos que no necesita y sacrifica cosas que no debería, persiguiendo un número que tampoco bastará.
Definir el propio “suficiente” no es conformismo. Es, probablemente, la decisión financiera más difícil y más liberadora que existe, porque obliga a nombrar para qué se quiere el dinero antes de salir a buscarlo. Suficiente no es una cantidad, es una decisión; y es de las pocas que, una vez tomada, nos devuelven el tiempo y la calma que la cifra por sí sola siempre promete y nunca entrega.
Si tuviera que escribir hoy su propia definición de “suficiente”, para usted y para su empresa, ¿cuál sería?
Sol Echeverría Hine
Directora de Talento, Cultura y Relaciones Corporativas
Banco Promerica





































