Sábado “Santo”, con una taza de café y una empanada de chiverre, pensando que el estado actual de la economía global podría resumirse como una mezcla de optimismo moderado y ansiedad silenciosa. El café está rico, la empanada buenísima; el mundo no está en crisis, pero tampoco está precisamente celebrando. Crece, sí, pero con cautela. Las tasas de interés siguen relativamente altas, la incertidumbre geopolítica no se toma vacaciones y la inflación, aunque más controlada en muchos países, aún no desaparece del todo.
Hasta ahí, todo dentro de lo esperado en un mundo moderno: complejo, interconectado y ligeramente estresante. Termino mi café… Pero entonces aparece Costa Rica con su propio giro argumental. Porque, mientras muchos países siguen luchando contra la inflación, aquí el problema no es que los precios suban descontroladamente. De hecho, durante bastante tiempo, la inflación ha sido baja o casi inexistente. Suena bien, ¿verdad? Estabilidad, previsibilidad, tranquilidad… Plot twist: no tanto. Voy por más café.
El verdadero protagonista de esta historia es la revaluación del colón frente al dólar. Para un país donde muchísimos emprendedores —especialmente en sectores como turismo, educación internacional y exportaciones— generan ingresos en dólares, pero pagan gastos en colones, esto se ha convertido en una especie de ironía económica bastante sofisticada.
Porque sí, estás cobrando lo mismo en dólares, pero esos dólares cada vez compran menos colones. Y en Costa Rica, los salarios, los alquileres, los servicios y hasta la empanada de chiverre se pagan en colones. Entonces, técnicamente, eres “más pobre” en tu propia moneda local, aunque tus ventas internacionales sigan siendo sólidas. Es una transferencia de riqueza silenciosa, casi invisible, pero que se siente en el bolsillo cada fin de mes.
¿Qué se hace ante este escenario? No hay una respuesta mágica, pero sí algunas estrategias que se están volviendo norma en este 2026. Primero, la eficiencia operativa ya no es una opción, es una necesidad de supervivencia. Automatizar, optimizar, eliminar gastos innecesarios… todo suma cuando el entorno no ayuda. No es glamoroso, pero tampoco lo es ver cómo tus ingresos pierden valor.
Segundo, diversificar el riesgo cambiario es una jugada inteligente. Esto puede implicar negociar ciertos costos en dólares, buscar mercados adicionales o estructurar ingresos de manera más equilibrada. No elimina el problema, pero, al menos, evita que todo dependa de una sola variable. Finalmente, la diferenciación vuelve a ser el salvavidas. Porque, si tu negocio compite solo por precio, estás en problemas; pero si compite por experiencia, calidad o valor agregado, tienes más espacio para defender tus márgenes, incluso en un entorno adverso.
En conclusión, el emprendedor costarricense en 2026 vive una paradoja bastante peculiar: opera en un país sin presiones inflacionarias significativas, pero, al mismo tiempo, enfrenta una erosión real de su poder adquisitivo debido a la fortaleza del colón. Gana en dólares, gasta en colones… y, en el camino, descubre que esa combinación no siempre juega a su favor.
Mientras tanto, algunos deciden alquilar en lugar de comprar; otros ajustan precios con cautela; y todos, en mayor o menor medida, aprenden a navegar un entorno donde la estabilidad es relativa y la adaptación es obligatoria. Porque, al final, en esta economía no se trata solo de cuánto generas, sino de cuánto realmente te queda. Y, en Costa Rica hoy, esa diferencia… se siente. ¡Y voy por otra empanada de chiverre!
MBA Freddy Delgado López
Consultor en negocios internacionales





































