Andrei Cambronero

Andrei Cambronero

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Jueves 9 Noviembre, 2017

¡Vaya paradojas!

Pese a los múltiples aparatos culturales que nos hemos inventado, el ser humano sigue siendo lábil y el mundo contingente. En lo cotidiano, no dejan de sorprender las notas periodísticas en las que "quien parecía tan normal" simplemente "perdió la cabeza" y asesinó a su pareja, cuando no salta un titular que alude a un joven que ingresó en un recinto, lleno de personas, disparando a mansalva.

Pero, como decía, no solo los sujetos qua personas —en su individualidad— son, en no pocos escenarios, impredecibles; también, las dinámicas sociales dan pie a interesantes paradojas. Veamos.

He señalado en otros espacios y momentos que la sociedad de la información y la aparición de tecnologías inéditas favorecen —enormemente— el "estar conectados"; empero, lo cierto es que —ya pecando de majadero— debo decir, una vez más: ese keep in touch no termina de aplacar los deseos de palpar al otro, ora para departir amenamente, ora para vilipendiarlo a placer.

Por ello, seguimos "quedando" para un café con quien tenemos largo tiempo de no encontrarnos, aprovechamos un hueco en la agenda para un almuerzo conjunto o intentamos coincidir en un evento social —con quien echamos de menos— para así matar dos pájaros de un tiro. Lo particular de esto que es ya puestos al encuentro, normalmente, existen factores exógenos que distraen la atención: se supondría que el ansia por "vernos" obligaría —como en el cine— a apagar el móvil o, al menos, ponerlo en silencio.

Sin embargo, ese proceder parece toda una hazaña. Latour fue visionario al referirse a los "actantes" como esos agentes (sin importar si eran humanos o no) que intervienen en la dinámica social, modificándola, variando el comportamiento de los individuos, tal y como ocurre con el celular. Así, no se vive igual la reunión si el citado aparato está presente, si ilumina su pantalla o, más aún, si está en las manos de su dueño. Cuando comemos en solitario tenemos maneras muy distintas a si la ingesta se da a vista de otros; en similar sentido, si alguien está con su Smartphone difícilmente pondrá toda su atención en el entorno o en sus locutores de carne y hueso.

Entonces, es curioso que optemos por cumplir con un mandamiento de la amistad (como lo es encontrarse con el amigo) pero, simultáneamente, estemos atendiendo otros asuntos; quizás, sería más fluida la interacción si, frente a frente, se chateara el uno con el otro por intermedio de WA.

Una segunda paradoja está en el agrado. Frecuentemente, quien se propone —con ahínco— ganar el beneplácito de sus pares suele esforzarte tanto que, al final, no consigue su cometido. En las dinámicas interpersonales lo impostado se nota a kilómetros; quien fuerza un gusto, pasatiempo o inclinación para dar una buena impresión o como vía de acceso a una relación social, más bien es rechazado. La falta de honestidad suele ser una barrera para generar vínculos pocas veces superable; es como agacharse a recoger un objeto al tiempo que se le patea hacia adelante.

De otra parte, se olvida que las personas suelen ligarse por zonas comunes: cuando no se comparten espacios axiológicos no cristalizan las uniones; en otras palabras, sentimos empatía tanto como nuestros valores nos lo permiten (Weber). Por ejemplo, raro sería ver una amistad entrañable entre un pacifista (a lo Gandhi) y un nacional socialista alemán convencido de la "altura moral de los planes del Tercer Reich". Acá no subestimo la tolerancia o la posibilidad de intercambiar unas pocas palabras con quien tiene una visión de mundo extremadamente distinta; más bien, desconfío de que, con honestidad, uno pueda coexistir largo y tendido con una persona que dilapida el zócalo de su sistema de significados o, para decirlo en breve, de sus más profundas convicciones.

Una contradicción más. ¿Quién no desea ser auténtico hoy? Se aplaude la singularidad, lo específico, el "ser uno mismo"; pero, con un cariz determinista, parece imposible el no parecerse a los demás. Mis gustos han de ser modulados por rasgos característicos de mi grupo social, de mis pares, de mis referentes inmediatos. Al final, uno podría perderse en si algo realmente le gusta, si es su propio delirio, si le pertenece el vicio, si le encanta tal o cual género cinematográfico o es que, en el fondo, eso es lo que nos gusta a todos y —como soy del todo— no puedo quedarme atrás so pena de ostracismo.

Como adláteres de la racionalidad, abjuramos de todo lo que huela a incoherencia; pese a ello, no escapamos de una vida paradójica cuyo signo más palpable es que, como han recordado muchos, el día que nacemos empezamos a morir.