Arnoldo Mora

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Viernes 14 Noviembre, 2008

Obama: retos y esperanza

Arnoldo Mora Rodríguez

Tengo la impresión de que la opinión pública mundial considera que lo que hubo en Estados Unidos el pasado 4 de noviembre, fue una especie de tsunami político. Pero como en el Caribe no se habla de tsunamis sino de huracanes, podríamos calificar el triunfo arrollador del mulato norteamericano Barack Husein Obama como una especie de huracán, pero no destructor sino -—al menos así lo espero— esperanzador, dado que el hoy presidente electo usa para el título de uno de sus exitosos libros la palabra “esperanza”. Un huracán es una fuerza telúrica incontenible. Obama ha demostrado ser una fuerza casi telúrica arrolladora; su incansable energía y su entereza de carácter permiten darle ese calificativo.
Cabe, entonces, preguntarnos de dónde le viene esa energía descomunal demostrada, no solo en su inagotable capacidad de trabajo, sino también en la mística que ha suscitado en multitudes que nunca antes se habían caracterizado por su interés en las campañas electorales y menos en ir a votar. Obama ha logrado un éxito sin precedentes gracias, no a los votantes habituales, sino a la afluencia masiva de nuevos votantes. Y son esos sectores marginados de la población norteamericana, como los jóvenes que cifran en la promesa de cambio sus esperanzas en un futuro mejor, o los negros y latinos tradicionalmente marginados, o las mujeres que sufren la ausencia y la muerte de sus hijos y maridos por causa de guerras absurdas y genocidas, o los obreros y trabajadores desocupados debido a una crisis que ellos no han provocado pero cuyas deletéreas consecuencia deben sufrir, o los artistas e intelectuales que sueñan con una sociedad mejor, los que han respondido al verbo convincente de Obama dinamizando así un sistema democrático que parecía languidecer por causa de fundamentalistas republicanos, que desde Reagan ensucian el sillón que otrora honraran prohombres de la historia norteamericana como Jefferson, Lincoln, Roosevelt y Kennedy. Fueron los marginados y las victimas del sistema los que han tomado la palabra y han puesto en la Casa Blanca a alguien que les ha prometido no ser como sus antecesores inmediatos.
Y es precisamente ese el reto que ahora asume el nuevo presidente. Obama debe demostrar a quienes lo eligieron y al mundo entero que vio en su triunfo una chispa de esperanza para la humanidad, que sus promesas de campaña son ahora su inalterable programa de gobierno. Obama-presidente no debe desdecirse ni traicionar al Obama-candidato. Sus responsabilidades son otras, pero sus promesas son sagradas. Esa fuerza telúrica que lo impulsó durante la campaña debe hoy mantenerlo con igual ímpetu en sus luchas futuras. Porque fue la crisis la que lo hizo presidente. No me cabe la menor duda de que en periodos normales los secuaces de Bush hubieran continuado usufructuando del poder, sumiendo en la angustia y la zozobra a su pueblo y a toda la humanidad.
Por eso el afrontar con éxito la crisis constituye la tarea prioritaria que debe asumir el nuevo gobierno. Pero debe asumirla atacando sus causas, lo cual implica que deben pagar por ella quienes la provocaron y no el pueblo que lo eligió. Resolver la crisis es el primer y mayor reto que enfrenta el joven presidente; de la forma como lo haga depende en gran medida la manera en que será juzgado por la historia.