Pedro Oller

Pedro Oller

Enviar
Martes 3 Junio, 2014

Es innegable que vivimos una realidad que no terminamos de entender y que, en general, se muestra amenazadora en sus transformaciones


La contradicción del presente

Recientemente llegó a mis manos el libro El Fin del Poder del venezolano Moisés Naím. El propósito del autor parece sencillo: explicar el fenómeno de la degradación del poder, sus consecuencias y la forma en que está reconfigurando nuestra realidad.
Para ello, Naím parte de la premisa que “el poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etc.) se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos”.
Sostiene que el poder hoy en día se mueve sin reparar en las barreras tradicionales de fuerza y espacio y que esa transición es cada vez más acelerada. No atribuye lo anterior únicamente a la penetración de la tecnología en nuestras vidas sino también a mejoras sostenidas de la condición humana general pero con una creciente insatisfacción por la forma en que nos gobiernan.
Esto ultimo es clave, pues tiende a una debilitación metódica de la estabilidad que repercute en todos los ámbitos (económico, político, social) provocada por una creciente aversión hacia el sistema.
Esta realidad puede explicarse también por lo que el analista político argentino Guillermo O’Donnell definió como las zonas marrón de la democracia: “regiones, pedazos de ciudades o zonas más extensas, donde esa legalidad estatal, que se supone es sustento de los derechos civiles, en realidad no es tan pareja”. Prevaleciendo entonces lo que él mismo llamó legalidades mafiosas, patrimonialistas, informales en esas zonas de exclusión que forman parte del Estado pero adonde el Estado no alcanza llegar. Definición que ha perdido su concepción territorialista y es hoy mucho más etérea.
Esta realidad tiene años de habernos alcanzado como país, así nos hemos aferrado a una memoria histórica muy romántica. Es la realidad que el Estado de la Nación viene mostrándonos año con año y que en su último informe concluía: “En materia de equidad e integración social el 2012 trajo pocas buenas noticias, pero tampoco genero? muchas malas”.
Si bien tenemos avances en desarrollo humano, también se ciernen amenazas no resueltas respecto de los cuatro grandes temas (salud, educación, empleo y seguridad). Así por ejemplo en salud, mientras hay una mejora en los índices también cae la inversión social en el sector y no se avanza en reformar el modelo de gestión de la CCSS.
Esa es nuestra realidad de nadadito de perro que pese a las buenas intenciones, se mueve poco para no hacer olas y que empieza a pasar facturas como anticipa Naím.
Hay una factura pendiente que fue el resultado de las elecciones 2014 y que los cuadros de poder tradicionales aún no reciben para cobro y que provoca, como se empieza a percibir, una tensa calma.
Es innegable que vivimos una realidad que no terminamos de entender y que, en general, se muestra amenazadora en sus transformaciones.
Sin embargo, es innegable también que esas transformaciones son necesarias e inevitables y que bien haríamos por lamentarnos menos e involucrarnos más del proceso para lograr incidencia, trascendencia y convivencia.


Pedro Oller