Nota publicada por Hildebrando Siles Granados el 20 de noviembre de 1928, en memoria de don Omar Dengo.
Alguien, revolviendo con paciencia el baúl de los recuerdos, encontró una antigua nota fechada el 20 de noviembre de 1928. Fue escrita por Hildebrando Siles Granados en homenaje a don Omar Dengo, poco después de su fallecimiento en 1928. Felipe Siles, tataranieto de don Hildebrando tuvo la gentileza de compartirla conmigo y, al leerla, sentí que también debía rendirle un homenaje desde mi propia experiencia, porque tuve el privilegio de estudiar y graduarme en la honorable Escuela Normal de Costa Rica Omar Dengo.
En aquella nota, don Omar es descrito como una antorcha de vivísima luz que iluminó el camino de generaciones de jóvenes. Su autor cuenta que el maestro le tendió una mano justa, franca y amiga y que, con la paciencia de quien verdaderamente educa, lo condujo hacia el lugar que había soñado. El texto concluye con una afirmación que conserva intacta su fuerza casi un siglo después: «Don Omar no ha muerto. ¡Vive!».
Y ciertamente vive.
Omar Dengo permanece en la historia costarricense como educador, ensayista y pensador comprometido con una enseñanza profundamente humana, democrática y transformadora. Para él, el maestro no podía limitarse a transmitir contenidos: debía ser guía intelectual, referente moral y servidor de la comunidad. Esa concepción de la docencia marcó a la Escuela Normal y se convirtió en parte de su identidad.
Una escena de su vida ayuda a comprender la calidad humana de ese liderazgo. La Universidad Nacional recuerda que fue el propio don Omar quien comunicó al joven maestro Marco Tulio Salazar que el Gobierno le había concedido una beca para estudiar en la Universidad Libre de Bruselas. Aquel muchacho llegaría a obtener una licenciatura en educación y un doctorado en sociología, una hazaña excepcional para la época. El episodio parece sencillo, pero revela algo esencial: don Omar sabía reconocer el talento, abrir caminos y alegrarse por el crecimiento de sus discípulos. No formaba seguidores; formaba personas capaces de ir más lejos.
Recordarlo nos obliga también a volver la mirada hacia una institución fundamental en la construcción de la Costa Rica educada, cívica y democrática: la Escuela Normal de Costa Rica. Creada en Heredia en 1914 e iniciada formalmente en 1915, fue la gran casa formadora de maestros y maestras de enseñanza primaria. Allí se sembraron los pilares académicos, pedagógicos y humanos sobre los cuales, décadas después, se cimentaría la Universidad Nacional, inaugurada en 1973. La UNA no heredó solamente edificios: heredó una vocación docente, una tradición humanista y una profunda responsabilidad con el país.
Yo hablo de esa institución no solo desde los libros o desde la memoria histórica, sino desde mi propia vida. Pasé por sus aulas, conocí su disciplina y me gradué en ellas. Por eso puedo afirmar que la formación normalista no fue superficial ni improvisada. Durante dos años cumplíamos jornadas de lunes a viernes, desde las siete de la mañana hasta las cuatro y treinta de la tarde, y los sábados de siete a once de la mañana. Era una entrega prácticamente total al estudio, a la práctica pedagógica y a la preparación profesional.
Estudiábamos pedagogía, didáctica, psicología, contenidos generales y métodos de enseñanza. Aprendíamos a preparar una clase, explicar con claridad, evaluar el progreso del alumnado, cuidar el lenguaje y comportarnos de acuerdo con la elevada misión que la sociedad nos confiaba. No se trataba únicamente de obtener un certificado. Se trataba de aprender a ser maestros.
De aquellas aulas salimos educadores que recorrimos comunidades de todo el país, incluidas las más lejanas. Enseñamos a leer y a escribir, pero también a respetar, pensar, convivir y amar a Costa Rica. La Educación Cívica no era propaganda al servicio de ningún candidato ni de ningún gobierno; era formación para la democracia, conocimiento de los deberes y derechos ciudadanos y amor responsable por la patria.
Muchos caminaron kilómetros para llegar a escuelas rurales. Otros trabajaron con grupos numerosos y recursos muy limitados. No pocas veces se compraron materiales con el pequeño salario recibido. El maestro podía ser también el encargado de ordenar el aula, atender una herida, escuchar un problema familiar o procurar alimento para un niño que no había comido. Yo recuerdo que, en ocasiones, hasta llevábamos estudiantes a nuestros hogares para ofrecerles quizá el único plato de comida que recibirían ese día. Esa realidad no aparece en los títulos, pero sí explica la dimensión humana de nuestra profesión.
No contábamos con las tecnologías actuales, pero poseíamos una preparación sólida, disciplina, vocación y una clara conciencia de la enorme responsabilidad que significaba educar. La exigencia no terminaba con la graduación. Muchos continuamos leyendo, investigando, actualizándonos y aprendiendo durante toda la vida. La experiencia acumulada frente a generaciones de niños y jóvenes se convirtió en otra escuela, tan rigurosa como la primera.
Por eso me resulta profundamente doloroso que muchos excelentes educadores normalistas hayan sido subestimados porque la institución en la que estudiaron todavía no llevaba el calificativo de «universidad». Como si el nombre colocado sobre la entrada de un edificio pudiera determinar, por sí solo, la profundidad de una formación. Como si dos años de jornadas completas, práctica supervisada, disciplina cotidiana y servicio a la comunidad carecieran de valor por no haber estado acompañados de la nomenclatura universitaria actual.
Esa valoración es injusta y desconoce nuestra propia historia educativa. Los títulos y las instituciones evolucionan, pero una sociedad madura no puede juzgar la preparación del pasado únicamente con los parámetros administrativos del presente. Fuimos formados conforme a las normas y exigencias de nuestra época, y nuestro trabajo contribuyó a la alfabetización, la movilidad social, la formación ciudadana y el fortalecimiento de la democracia costarricense.
Nuestra verdadera acreditación también está escrita en la vida de quienes aprendieron bajo nuestra guía: en la persona que pudo continuar sus estudios, en el niño que descubrió el valor de la lectura, en la comunidad que encontró en su escuela un centro de unión y esperanza, y en los ciudadanos que comprendieron que la democracia se cultiva desde las aulas.
Todavía quedamos educadores formados en aquella tradición: hombres y mujeres de extraordinaria cultura, memoria, experiencia y vocación. Merecemos respeto y reconocimiento. No debemos ser vistos con indiferencia, y mucho menos con desprecio, por no haber recibido inicialmente un título denominado universitario. Costa Rica mantiene una deuda de gratitud con quienes sostuvimos encendida la antorcha de don Omar Dengo.
La historia de la Escuela Normal no es un capítulo menor ni una etapa que deba mirarse con condescendencia. Es parte esencial de la historia de la Universidad Nacional y, sobre todo, de la construcción del sistema educativo costarricense. La investigación académica de la propia UNA reconoce su papel decisivo en la formación humanista de los docentes y en las bases del desarrollo educativo nacional.
Por eso, la nota rescatada del baúl de los recuerdos no representa solamente un homenaje personal a don Omar Dengo. Es también una llamada de atención para el presente. Agradezco profundamente a Felipe por haberla compartido conmigo, porque me permitió recordar que un verdadero maestro deja una parte de su luz en cada estudiante y que la grandeza educativa no depende exclusivamente del nombre de un título, sino de la calidad de la preparación, la entrega, la ética y la huella que se deja en la sociedad.
Don Omar Dengo vive en la memoria nacional. Vive en la Universidad Nacional, levantada sobre el legado de la Escuela Normal. Vive en cada educador que comprende que enseñar es una forma de servicio y de amor a la patria. Y vive también en quienes nos graduamos como normalistas y ayudamos a formar la Costa Rica que conocimos: una nación que hizo de la educación pública, la convivencia y la democracia algunos de sus mayores orgullos.
Hoy, cuando percibimos retrocesos y debilitamientos en nuestra vida cívica, debemos volver a las raíces. La Educación Cívica debe recuperar su lugar como estandarte de ciudadanía, respeto, participación responsable y defensa de las instituciones democráticas. Educar nunca ha sido una tarea neutral frente a la ignorancia, la intolerancia o el abandono; educar es construir país.
La Escuela Normal no necesitó llamarse universidad para formar maestros extraordinarios. La intensidad de sus jornadas, la disciplina de sus estudios y la entrega de sus estudiantes hablan por sí mismas. Pero Costa Rica sí necesita aprender a reconocer, valorar y honrar a esos educadores antes de que también ellos se conviertan únicamente en recuerdos guardados en un viejo baúl.





































