La época en la que “la escuela era el segundo hogar y la familia era la primera escuela” ha sufrido en los últimos tiempos una transformación desafortunada con los cambios sociales y económicos de la Costa Rica de nuestros amores. Las virtudes de ese dúo maravilloso de familia y escuela se han deteriorado hasta el punto de casi desaparecer. ¿Cómo preservar virtudes a pesar de los cambios? ¿Cómo lograr que respeto, enseñanza y humanidad prevalezcan en el tiempo?
No puedo sino añorar la etapa del desarrollo del país en la que hacíamos tareas con nuestras madres, estudiábamos junto a ellas para nuestros exámenes de los primeros años y recibíamos consejo y ejemplo vivo de parte de nuestros padres. La ”Ruta de la Educación” estaba entonces clara para las familias y los educandos que son los importantes en el proceso de enseñanza aprendizaje.
La educación para todos nosotros era el camino de nuestra superación personal, la senda para materializar nuestro futuro de bienestar y de prosperidad venidera.
Era claro que la familia jugaba un papel estelar en la socialización de los individuos. Allí aprendíamos las primeras reglas de la convivencia, la disciplina, el respeto, la cordialidad de las relaciones entre padres, hermanos y abuelos. El ejemplo de nuestros padres jugaba un papel central en la fijación de metas y objetivos básicos.
Veíamos a nuestros padres laborar y luchar para que los recursos alcanzaran para lograr los objetivos familiares. Todo era un esfuerzo sostenido de mejoramiento y progreso familiar. Alcanzábamos en el curso de los años siguientes la convicción de que la educación nos conduciría a mejores y mayores estadios de bienestar.
Las conversaciones con nuestros padres eran trascendentales, solo el hecho de escucharlos en la mesa nos permitía comenzar a entender problemas y soluciones, aspiraciones y sueños válidos para la familia. ¿Cómo fortalecer a la familia? ¿Cómo lograr que su fecunda labor en sociedad no desaparezca?
El contacto con nuestros compañeros de la escuela comenzó poco a poco a permitirnos comprender las diferencias y las dificultades que las familias de ellos tenían en comparación con las de nuestro hogar. Las reglas de interacción, el respeto mutuo en juegos y convivencia escolar nos llevaron a apreciar un mundo más amplio pero un mundo también más rudo, a veces más hostil.
En el hogar aprendimos disciplina, respeto, objetivos comunes, la importancia de estudiar y de sacar buenas calificaciones. En la escuela hicimos acopio de nuevas experiencias de interrelación, de conocimiento, de herramientas matemáticas, de lectura y escritura, de comprensión de los textos recibidos y la responsabilidad de cumplir con plazos, fechas, exámenes y tareas. Estos exámenes fueron una medición de todas las obligaciones, deberes y aprovechamiento.
En el hogar aprendimos a rezar. Trascendentales fueron las clases de religión que nos mostraban una dimensión moral y un deber ser de nuestra conducta que no siempre estaba presente en todas las casas de nuestros compañeros. La comprensión del bien y del mal nos fue introducida lentamente a lo largo de los años de primaria y ese apercibimiento en nuestras vidas hizo su aparición en las consecuencias de nuestras conductas y decisiones.
Familia y religión han sido descartadas por muchos como instituciones del pasado, innecesarias, resabios de la sociedad patriarcal. Sin embargo, jugaban ayer y juegan hoy un papel social fundamental.
Cambios sustanciales hemos vivido en el curso de nuestras vidas. La familia monoparental y las serias dificultades de supervivencia económica de los hogares en los que la mamá es padre también y debe trabajar arduamente para alimentar a los suyos debilitó el esquema de manera importante. La pobreza anuló la ventaja de la educación gratuita y obligatoria ya que con hambre y sin posibilidad de comprar uniformes y útiles, muchos costarricenses no podían asistir a la escuela primaria. Sin lugar dónde vivir las cosas empeoraron dramáticamente. En el curso de los primeros años de la educación secundaria muchos abandonarían sus estudios limitándose en su capacidad de producir y en su remuneración para toda la vida. Las diferencias en educación generaron amplias brechas sociales. Para que no abandonaran la escuela o la secundaria muchos estándares fueron rebajados. Para evitar que las diferencias económicas malograran talentos el estado inició programas sociales de subsidio de transporte, alimentos diarios en la escuela, útiles escolares, y muchas más cosas. Pero la discusión y disputa entre grupos ideológicos antagónicos generó rechazo para la intervención estatal en la educación como inadecuada para el país. Muchos alumnos comenzaron a sufrir y algunos siendo talentosos no pudieron lograr una carrera profesional tampoco. ¿Cómo evitar que los estudiantes abandonen la escuela por razones económicas o familiares sin la asistencia social del estado?
El respeto entre los costarricenses se debilitó. La educación mermó. Las brechas educativas y eventualmente profesionales se ensancharon. Las transformaciones sociales empujaron cambios y los mismos no fueron siempre felices ni provechosos para los costarricenses. Las brechas educativas entre campos y ciudades y entre educación privada y pública han ido agravando las brechas sociales y económicas en el país.
Las virtudes perdidas se tienden a excusar señalando que en tiempos pasados la constitución de la familia que ya no existe en el presente es la razón de la imposibilidad de que ésta sea la primera escuela. Que la enseñanza de la disciplina, el respeto y las normas de interacción entre los miembros de la familia por la misma razón no existen. Que ya no existe intercambio entre los miembros de toda familia, nadie conversa, nadie fija metas ni rutas de superación en todos los hogares porque más de la mitad de estos son monoparentales. En fin, que otros son los responsables. Que ninguna de estas virtudes, respeto entre las gentes, educación en la casa y humanización en la escuela realmente valen la pena…Estas narrativas son equivocadas y la sociedad debe de volver por una senda de humanización y de solidaridad entre nosotros.
Recientemente muchos políticos pelean, insultan, descalifican, pero solución a estos problemas trascendentales no se abordan ni se atienden desde hace muchos años. La ruta de la educación no se elabora. Son problemas muy serios para poder discutirlos en la mediocridad prevaleciente. No hemos vuelto a producir un Mauro Fernández Acuña.
Debemos seguir luchando por los sueños de un país diferente, más igualitario, más seguro, más consciente de la necesidad de desarrollarse y progresar, en el que la igualdad de oportunidades prevalezca y que la honestidad campee. Esta debe de ser la lucha permanente del país hasta alcanzar el objetivo.





































