Imaginemos esta escena: Sofía ha preparado con esmero la presentación de un proyecto para su equipo. Todo está listo, inicia la reunión virtual, y de pronto, Juan —ese compañero que todos identifican por acaparar las conversaciones— levanta la mano. En la mente de Sofía se enciende una alerta. Comienza a hablar más rápido, intentando decir todo lo importante antes de que Juan tome la palabra. Porque cuando él habla, se abre la caja de Pandora… y la conversación se pierde para siempre.
Segunda escena: Carlos tiene una primera cita con Jimena. Se saludan, se sientan, piden dos copas de vino y empieza la charla. Carlos, con amabilidad, le pregunta sobre su trabajo. Jimena responde… y no se detiene. Han pasado más de 25 minutos y ella sigue hablando casi sin pausas, sin respirar, sin cambiar de tema, sin notar que Carlos está aburrido, deseando participar, cambiar el rumbo… conversar.
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Una de las preguntas más frecuentes en mis talleres de Comunicación de Alto Impacto es justamente esta: ¿Qué hacer cuando una persona no deja de hablar, ya sea en el trabajo o en la vida personal?
Ejemplos como los anteriores abundan. Es sorprendente lo común que resulta esta situación, y lo poco preparados que estamos para manejarla.
¿Por qué sucede?
Las razones pueden ser muchas, pero la psicología ofrece algunas pistas interesantes:
Extroversión: hay personas que se recargan hablando. Procesan ideas, se conectan, se sienten bien. Pero a veces no notan el costo que imponen a sus interlocutores, quienes solo desean ser rescatados de ese monólogo.
Ansiedad: otras personas hablan y hablan para evitar momentos incómodos, para prevenir que les hagan preguntas que no quieren contestar o para tratar de salir de una situación en la que, contra su voluntad, se ven envueltos. A veces solo hablan para, literalmente, “matar el tiempo”.
Falta de atención e inseguridad: hay quienes hablan ahora porque saben que tienen la atención de las personas y de esta forma tratan de compensar otros episodios del pasado donde quizás no tuvieron toda la atención que querían o se sentían inseguros.
Soberbia: ocurre mucho en puestos de jefaturas, personas que se consideran a sí mismos “voces autorizadas” o “líderes”, por lo que creen —y están convencidos— de que sus palabras son muy importantes y por eso todos deben escucharlos con atención y hacer lo que dicen.
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¿Qué podemos hacer?
Más allá de las causas, lo importante es saber cómo actuar. Aquí van cuatro estrategias prácticas:
1. Usar el nombre como escudo: mencionar el nombre de la persona en medio del monólogo activa un “botón de atención”. Es como cuando mamá nos llamaba por el nombre completo. Esa pausa puede abrir espacio para redirigir la conversación.
2. Interrumpir con la palabra “interrumpir”: frases como “disculpe que le interrumpa…”, “voy a interrumpir un momento para…” funcionan como un freno automático. La palabra “interrumpir” tiene un efecto psicológico que desacelera la conversación y permite cambiar de tema o salir de ella.
3. Jugar con el lenguaje no verbal: desviar la mirada y comenzar a observar el entorno transmite que nuestra atención se está disipando. Este mensaje puede intensificarse gradualmente con gestos como cruzar los brazos —una señal de cierre o resistencia— o cambiar la orientación de los pies si estamos sentados, lo cual indica intención de retirarse. Estos movimientos pueden reforzarse verbalmente con frases como “disculpa que te interrumpa”, que aportan cortesía sin perder firmeza.
4. Usar la palabra “necesito” o hablar sobre el hablante: frases como “necesito aclarar algo…”, “necesito ir al baño…” o “necesito atender una llamada urgente…” permiten introducir una pausa sin generar confrontación. Si estas señales no son suficientes y la persona continúa hablando sin dar espacio, en casos muy extremos puede ser necesario intervenir directamente. Esto implica comenzar a hablar sobre el hablante con un tono firme, respetuoso y sin elevar la voz, incluso si por unos segundos ambos interlocutores se superponen. Aunque puede resultar incómodo, esta acción suele provocar que la otra persona se detenga, permitiendo retomar el control y expresar lo que se necesita o finalizar la conversación.
Los monólogos en espacios laborales o personales son agotadores. Nuestra mente está diseñada para el intercambio de palabras, gestos, tonos, miradas… no para recibir información de forma lineal y sin pausa, especialmente cuando el tema no nos interesa.
Sí, es incómodo. Pero ocurre con frecuencia. Y saber cómo actuar puede marcar la diferencia entre una conversación frustrante y una interacción más equilibrada.





































