Fernanda Carvajal Acuña
Estudiante
carvajalm318@gmail.com
Hay maletas que no cargan ropa de fiesta ni itinerarios de vacaciones. Llevan apenas lo necesario para sobrevivir al peso invisible de empezar de nuevo en un lugar que deberá convertirse en hogar, aunque nunca llegue a sentirse completamente como uno.
Una realidad difícil
El año 2000 quedó marcado como uno de los más violentos en la historia reciente de Colombia. Pese a los esfuerzos de paz impulsados por el entonces presidente Andrés Pastrana, el país registró más de 38.000 muertes violentas, 205 masacres y más de 3.000 secuestros, de acuerdo con Radio Caracol.
A finales de la década de los 90 y comienzos de los años 2000, cuando el conflicto armado interno marcaba la vida cotidiana de millones de personas, cerca de 324.596 colombianos se vieron obligados a abandonar su país, según datos de la Oficina de Alto Comisionado de las Naciones Unidas en Colombia.
Entre ellos está Sarah, a quien por su solicitud le cambiamos el nombre. Ella encontró en Costa Rica un refugio lejos de la violencia que definió buena parte de su niñez y juventud.
Algunas cosas nunca cambian
Hoy, su cédula la identifica como costarricense. Formó una familia, tiene una casa y un empleo estable. Sin embargo, su acento colombiano permanece intacto, pese a que pasaron más de dos décadas desde que dejó la tierra donde nació.
El cariño que siente por Colombia sigue siendo profundo, pero no lo suficiente como para plantearse regresar de manera definitiva.
Todavía conserva familiares y amistades en Bogotá, la ciudad donde creció, y recuerda con claridad la vida que dejó atrás. “He vivido la mitad de mi vida allá y la otra mitad aquí”,comentó.
Un viaje sin boleto de regreso
Entre 2003 y 2005, cuando apenas superaba los 20 años, Sarah llegó sola a Costa Rica con una visa de turista. Su destino inicial era realizar voluntariado en Limón, aunque en realidad su objetivo era mucho más grande: construir una nueva vida lejos de Colombia.
Costa Rica no fue su única opción. “Yo me iba a ir a donde fuera. Yo apliqué a trabajar con tigres en Sri Lanka, apliqué para trabajar con aves en Asia, apliqué en Costa Rica, en Uruguay, apliqué en varias, en muchas partes, como a 50 países”, recordó.
Viajó sola y con la esperanza de encontrar un lugar donde pudiera sentirse segura. Cuando le pregunté por qué eligió Costa Rica, su respuesta fue inmediata: “Escogí este país porque no tenía ejército”.
Mientras parte de su familia migró a Estados Unidos por razones laborales, ella tomó un camino distinto, motivada por la necesidad de alejarse de una realidad que dejó profundas huellas en su salud emocional.
¿No era feliz en Colombia?
Toda migración tiene una historia detrás. Existen razones capaces de empujar a una persona a guardar su vida entera dentro de una maleta y comenzar desde cero.
Según International Organization for Migration, factores económicos, sociales, políticos, ambientales y demográficos suelen estar entre las principales causas que impulsan a las personas a dejar sus países.
Al hablar con Sarah se podría deducir que llegó a este país por su naturaleza y la profesión que ejerce, por las oportunidades profesionales que esta tierra tropical le ofrecía, hasta que cuenta su historia. “Yo llegué a un límite a nivel de salud mental donde yo ya no podía más”, afirmó.
Durante su infancia y adolescencia creció viendo atentados, secuestros, asesinatos y desapariciones como parte del paisaje cotidiano, tal como me comentó. Incluso recuerda que los simulacros de emergencia en su colegio contemplaban evacuaciones por posibles explosivos.
Si bien muchos escuchamos o leímos sobre lo que pasó en Colombia con el narcotráfico y la guerrilla, ¿cuál era la realidad de ese país?
Según Canal Capital, la década de los 90 se marcó por profundas transformaciones y desafíos de violencia derivada del narcotráfico y el conflicto armado entre el Estado y distintos grupos insurgentes. Era un país donde el miedo formaba parte de la rutina.
“En ese momento todavía no se había firmado el acuerdo de paz con la guerrilla”, explicó al recordar las circunstancias que rodearon su salida.
Aunque creció en un barrio de clase media alta en Bogotá, eso no la mantuvo al margen de la realidad nacional. “La vivencia es horrible porque tú te quedas en el medio, o sea, la sociedad civil queda en el medio de un conflicto armado que para donde tú tires, estás mal”, relató.
Cuando la violencia toca de cerca
La historia de Sarah adquiere otra dimensión cuando habla de su familia. “Mi tío estuvo secuestrado como un año y medio por la guerrilla”. Esa frase ayuda a comprender que la violencia no era solamente una noticia en televisión. También llegó a formar parte de su entorno más cercano.
A pesar de que con los años llegó a normalizar las noticias sobre asesinatos, atentados y desapariciones, el tiempo le permitió comprender que aquello que parecía cotidiano no debía serlo. “La situación era fuerte, era pesada. Cuando uno la vive día a día es normal, pero a medida que va pasado el tiempo, uno dice: eso no es normal, no debería ser normal.”
El punto de quiebre llegó con la desaparición de quien era su novio en aquel momento. “¿Recuerdas cuando te conté de los falsos positivos?”, preguntó en confianza. Según CNNesto se trató de ejecuciones extrajudiciales cometidas por algunos miembros de las Fuerzas Armadas de Colombia durante varios años.
Sarah alguna vez me explicó sobre ello y me dijo que se trató de civiles que fueron asesinados por militares para inflar las estadísticas de bajas y mostrar resultados de éxito a sus superiores en la lucha contra la guerrilla. La BBC destaca que “los miembros de la fuerza pública buscaban obtener incentivos económicos, premios, días de vacaciones o ascensos bajo una política de presión por resultados”.
“Yo tuve que decidir”, dijo. Su pareja en ese momento desapareció durante casi tres años. Nadie sabía si estaba vivo o muerto. Si bien no me comentó detalles de cómo ocurrió, me dijo “él fue víctima de falsos positivos.”
“Entonces ya yo tuve que decidir, yo tuve que decir ya no más me voy y ya”, afirmó.
Aquella decisión marcó el inicio de un proceso migratorio largo y complejo, donde atravesó por trámites, incertidumbre y adaptación, una historia cargada de burocracia que da para una crónica.
Con el tiempo logró establecerse en Costa Rica, trabajar en el campo que siempre soñó, formar una familia y construir una nueva vida.
“Empacó sus ganas de quedarse”
Pese a los años transcurridos, la nostalgia aparece cuando habla de Colombia.
Al reflexionar sobre la identidad migrante, Sarah recuerda la canción Mojado, de Ricardo Arjona. “Uno nunca termina de identificarse con un solo lugar, usted es de allá y es de aquí, pero no es de ningún lado”, destacó.
Hace algunos años regresó de visita a Colombia. Sin embargo, descubrió que el lugar que extrañó durante tanto tiempo ya no era exactamente suyo, ya no era como lo recordaba. “Yo me sentía como que ya no era de ahí, pero tampoco soy de aquí”, mencionó.
Su experiencia refleja una sensación que comparten miles de migrantes: la de habitar entre dos mundos sin pertenecer por completo a ninguno.
La migración tiene un rostro, el rostro de ese amigo que se fue o ese que llegó. Porque abandonar el lugar que se considera hogar nunca es sencillo, especialmente cuando lo que está en juego es la propia vida o la de quienes se ama.
Sarah lo resume en una frase que condensa años de ausencia, adaptación y nostalgia: “dejar el país es como un duelo. Uno que tiene que llevar la gente que migra y retorna frecuentemente”.





































