Mientras la tecnología transforma nuestra manera de vivir, seguimos diseñando espacios bajo patrones que ya no responden a nuestra realidad.
Durante décadas hemos diseñado oficinas para trabajar, escuelas para aprender, viviendas para habitar e industrias para producir. Cada espacio respondía a una función relativamente definida y los programas arquitectónicos se organizaban alrededor de actividades que considerábamos predecibles.
Pero nuestra manera de vivir está cambiando.
En artículos anteriores he reflexionado sobre cómo la evolución tecnológica y, más recientemente, la inteligencia artificial están transformando nuestra forma de trabajar, aprender y relacionarnos. También he explorado cómo estos cambios están modificando nuestra relación con los espacios físicos.
Esto nos lleva a una reflexión que considero fundamental: ¿estamos diseñando espacios para los nuevos comportamientos humanos o seguimos utilizando modelos que responden a una realidad que está cambiando?
Hoy una vivienda puede funcionar como oficina, aula y lugar de encuentro. Las industrias evolucionan con la automatización, los comercios ya no son exclusivamente lugares para comprar y las oficinas no necesitan ser únicamente espacios para trabajar.
Las funciones no han desaparecido, pero sus límites son cada vez menos claros.
¿La forma sigue a la función?
Recuerdo que, durante mis años universitarios, leíamos y analizábamos a los grandes maestros de la arquitectura, sus obras y aquellas frases que terminaron marcando nuestra manera de comprender y concebir los espacios que habitamos.
Una que quisiera traer a esta reflexión es la del arquitecto estadounidense Louis Sullivan, quien en 1896 planteó que «la forma sigue a la función» (form follows function).
Más de un siglo después, considero que este principio sigue siendo relevante, pero merece ser revisitado desde otra perspectiva.
Porque, ¿qué sucede cuando las funciones cambian constantemente?
Una vivienda puede transformarse a lo largo del día para responder a distintas necesidades. Una instalación industrial debe adaptarse a nuevas relaciones entre personas, máquinas y procesos. Incluso un hospital necesita reconsiderar sus espacios conforme evolucionan los modelos de atención y los recorridos de sus pacientes.
Quizá Sullivan no estaba equivocado. Lo que debemos reconsiderar es nuestra manera de interpretar la función.
Si la forma sigue a la función, primero necesitamos comprender cómo están cambiando los comportamientos que le dan sentido.
Reconocer, comprender y dar forma
Personalmente, me gusta abordar los procesos de transformación mediante tres acciones: reconocer patrones, comprenderlos y dar forma a nuevos patrones.
Reconocer significa observar lo que realmente sucede, más allá de lo que imaginamos que debería suceder. ¿Por qué una familia utiliza la cocina como su principal espacio de encuentro? ¿Por qué ciertos lugares permanecen vacíos mientras otros se convierten espontáneamente en puntos de reunión?
Son comportamientos cotidianos que pueden revelar oportunidades que no siempre aparecen en un programa arquitectónico.
Pero observar no es suficiente.
Comprender significa investigar las razones detrás de esos comportamientos y, especialmente, medirlos. Esto implica combinar conversaciones y observación con datos sobre frecuencia de uso, recorridos, interacciones y resultados.
No podemos asumir que un espacio funciona simplemente porque está ocupado o que una solución es exitosa porque resulta atractiva.
Aquí cobra importancia el journey, entendido como el recorrido integral de las personas: sus necesidades, decisiones e interacciones antes, durante y después de utilizar un espacio.
El Gensler Research Institute, a través de su Experience Index, ha estudiado cómo nuestras motivaciones influyen en la relación con los espacios. Su investigación identifica diferentes formas de experimentar un lugar, desde realizar una tarea hasta socializar, descubrir o buscar inspiración.
Estos hallazgos refuerzan la importancia de comprender no solamente qué hacen las personas en un espacio, sino también por qué lo hacen y qué esperan encontrar.
Finalmente, dar forma significa transformar ese conocimiento en nuevas posibilidades. No solamente responder a los comportamientos actuales, sino crear condiciones para que puedan surgir otros.
Diseñar futuros, no solamente espacios
Comprender los comportamientos actuales es fundamental, pero también debemos anticipar cómo podrían evolucionar.
Aquí cobra relevancia el concepto de visioning, un enfoque que nos permite construir, junto con las personas, visiones sobre nuevas formas de vivir, trabajar, aprender y relacionarnos. No se trata solamente de imaginar cómo se verá un edificio dentro de diez años, sino de comprender qué debería suceder dentro de él.
Últimamente he tenido conversaciones muy interesantes con personas que considero referentes en Costa Rica. En varias de ellas ha surgido una preocupación común: muchas organizaciones están realizando inversiones importantes en inteligencia artificial sin tener necesariamente claridad sobre los problemas que buscan resolver o los resultados que esperan alcanzar.
Una de estas personas compartió conmigo una expresión que resume muy bien esta contradicción: “AI for everything, but for nothing”. Inteligencia artificial para todo, pero sin un propósito claro.
Y creo que algo similar puede estar ocurriendo con nuestros espacios.
La pandemia aceleró cambios profundos en nuestra manera de vivir, trabajar y relacionarnos. La tecnología continúa ampliando esas transformaciones, pero muchos de los espacios que habitamos siguen respondiendo a modelos concebidos para formas de comportamiento anteriores.
Así como incorporar inteligencia artificial no garantiza una transformación real, diseñar edificios más modernos o tecnológicamente avanzados tampoco significa que estemos respondiendo mejor a las necesidades de las personas.
Esta perspectiva nos invita a cuestionar los programas arquitectónicos tradicionales y explorar nuevas posibilidades. Pero imaginar no es suficiente: necesitamos experimentar, desarrollar pilotos, cocrear soluciones y medir resultados antes de convertir nuestras ideas en decisiones permanentes.
Para quienes diseñamos espacios, esto representa una responsabilidad que va más allá de la estética, la técnica o la funcionalidad. Necesitamos convertirnos en mejores observadores, investigadores e intérpretes de los comportamientos humanos, capaces de conectar el conocimiento con nuevas oportunidades.
Hace más de un siglo, Sullivan nos invitó a comprender la relación entre forma y función. Hoy, esa reflexión adquiere una nueva dimensión: nuestros comportamientos están cambiando y, con ellos, las formas en que utilizamos, compartimos y damos sentido a los espacios.
El verdadero desafío no está solamente en adaptar los espacios a nuevas necesidades, sino en reconocer y comprender los patrones que están transformando nuestra manera de vivir. Solo así podremos dar forma a entornos que no reproduzcan los hábitos del pasado, sino que faciliten nuevas maneras de habitar, aprender, trabajar y relacionarnos.
Fuentes
- Louis Sullivan (1896). The Tall Office Building Artistically Considered. Ensayo que desarrolla el principio form follows function. MIT OpenCourseWare
- Gensler Research Institute. Gensler Experience Index. Investigación sobre motivaciones, comportamientos e interacciones de las personas en distintos espacios. Gensler
- Gensler. U.S. Consumer Experience Report. Investigación sobre cómo las motivaciones y expectativas influyen en la relación de las personas con distintos entornos. Gensler





































