Diego Rosero
Psicólogo y especialista en Inteligencia Artificial del INCAE
diegofernandoroseroceron@gmail.com
El dueño de una empresa que trabajaba con cuadrillas, camiones y materiales me lo dijo así: "La IA no funciona en mi negocio, porque todo ocurre en la calle". Le dije que eso nunca iba a cambiar, pero que la IA podía ayudarle a optimizar el uso de materiales o a controlar las horas de trabajo de cada proyecto. Su respuesta cerró el tema: "Nadie conoce mi negocio mejor que yo".
Otro empresario estaba en el extremo opuesto. Había armado con IA su propio sistema de control: "robots" para los correos, las cotizaciones y la atención al cliente, y herramientas para revisar lo que producía su equipo. Le dije que tener la IA haciendo buena parte del trabajo técnico de su empresa era un gran avance, porque ese trabajo era el corazón de su negocio. Pero él quería hablar de otra cosa: "Ahora yo sí puedo verificar todo". Casi todas esas herramientas las usaba él, no su equipo.
Parecían opuestos. Uno no usaba la IA y el otro la usaba para todo. Pero si se vuelve a leer la última frase de cada uno, en el centro de las dos aparece la misma palabra: yo. Y así funcionaban también sus empresas, alrededor del dueño. Una, a la manera de siempre. La otra, con inteligencia artificial.
Eso es lo que me preocupa. Cuando la IA se queda en manos del dueño, la empresa no gana capacidad: el dueño gana velocidad. Y con la velocidad llega más control. Cada vez más decisiones pasan por su escritorio, y la empresa depende más de él. Ese problema ya existía en muchas pymes. La IA no lo creó, pero en bastantes casos lo está agrandando.
La distancia entre lo que gana una persona y lo que gana su empresa tampoco es exclusiva de las pymes. Según la encuesta global de McKinsey sobre el estado de la IA en 2026, ocho de cada diez encuestados dicen que la IA mejoró su productividad individual, pero apenas el 37% reporta que la IA aporta a las utilidades de su organización. En el pequeño grupo de empresas que logra resultados importantes, casi tres de cada cuatro reconstruyeron a fondo su forma de trabajar a partir de la IA. La mayoría, en cambio, solo le sumó la IA a la forma de trabajar que ya tenía. Eso les faltaba a mis dos empresarios. Uno dejó su empresa como estaba. El otro le puso IA encima de su manera de operar de siempre, con todo pasando por él.
Aun así, los dos empresarios tienen parte de razón. El primero, en que nadie conoce su negocio como él, y ese criterio no se automatiza. El segundo, en que la IA puede multiplicar lo que logra una persona, y lo demostró. El problema es que el conocimiento del primero vive en su cabeza, y la IA del segundo trabaja solo para él. En los dos casos, lo más valioso se queda con el dueño en lugar de llegar a su empresa.
La pregunta útil para los dos es la misma: ¿cómo hago para que mi empresa sepa lo que yo sé? Y para eso la IA sirve, y mucho. El primero podría explicarle a la IA cómo calcula los materiales de una obra o cómo decide cuántas cuadrillas envía, y convertir eso en procedimientos que sus ingenieros apliquen sin tener que llamarlo. El segundo podría poner esas mismas herramientas en manos de su equipo, para que cada persona pueda hacer y revisar su propio trabajo, sin que todo tenga que pasar por el escritorio del dueño.
Para mí, la madurez de un empresario se nota cuando construye una empresa que sabe lo que él sabe.
Le propongo una prueba sencilla. Si mañana se va dos semanas de vacaciones, sin teléfono, ¿qué parte de su inteligencia artificial sigue trabajando para su empresa? Si la respuesta es ninguna, usted no tiene una empresa con IA. Tiene una empresa más dependiente de un dueño más rápido y con más alcance.
La IA que trabaja para usted lo vuelve más rápido. La que trabaja para su empresa la vuelve más grande.



































