Daniela García Ramírez
Abogada
dgrlegal25@gmail.com
La forma en que trabajamos ha cambiado considerablemente en los últimos años. La pandemia nos demostró que actividades que antes parecían inseparables de una oficina podían realizarse desde nuestros hogares. Hoy, el debate sobre las jornadas 4x3 nos invita a plantearnos una pregunta similar: ¿podemos encontrar nuevas formas de organizar nuestro tiempo de trabajo sin renunciar a los derechos laborales?
Empecemos por lo básico: ¿qué significa trabajar 4x3? Significa concentrar las horas semanales de trabajo en cuatro días, con jornadas de hasta doce horas, y disfrutar de tres días libres consecutivos. En el caso del trabajo nocturno, la propuesta contempla hasta tres días de trabajo y cuatro días libres. Es decir, se plantea una distribución diferente del tiempo de trabajo, no necesariamente un aumento de las horas semanales habituales.
Lo primero que debemos aclarar es que el proyecto no pretende eliminar las jornadas laborales tradicionales ni obligar a todos los trabajadores a laborar doce horas diarias. Se trata de una modalidad excepcional, pensada para determinadas actividades que requieren mantener operaciones continuas, como la manufactura tecnificada, la industria de dispositivos médicos y algunos servicios especializados.
Pensemos, por ejemplo, en una fábrica de dispositivos médicos. Algunos procesos productivos necesitan funcionar de manera continua para mantener la eficiencia de sus operaciones. Este tipo de industria tiene una presencia importante en las zonas francas, que contribuyen a atraer inversión extranjera y generar oportunidades de empleo en Costa Rica. Contar con distintas formas de organizar los turnos puede ser relevante para su competitividad, pero eso no significa que cualquier empresa, por pertenecer a una zona franca, pueda aplicar automáticamente estas jornadas.
De hecho, el proyecto exige que las empresas justifiquen su necesidad, identifiquen los puestos que podrían acogerse a esta modalidad y obtengan la autorización del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, acompañada de estudios técnicos sobre las condiciones de trabajo.
Otra pregunta fundamental es si un trabajador podría ser obligado a cambiar de horario. La propuesta establece que el traslado desde una jornada ordinaria debe ser voluntario y aceptado por escrito. Además, prohíbe las represalias contra quienes no acepten el cambio y obliga a mantener al menos un turno ordinario para quienes no puedan o no deseen trabajar bajo esta modalidad.
También contempla un período de adaptación de tres meses. Si durante ese plazo el nuevo horario no resulta adecuado, el trabajador podrá solicitar regresar a su jornada anterior. Si la empresa demuestra que no puede restituirlo, deberá proceder con una liquidación con responsabilidad patronal.
Y es que no todas las personas tienen las mismas necesidades. Para algunas, contar con tres o cuatro días libres consecutivos puede significar más tiempo para estudiar, compartir con sus hijos, realizar actividades personales o evitar desplazamientos diarios. Para otras, trabajar doce horas en un mismo día puede resultar inconveniente. Precisamente por eso, la voluntariedad es una protección importante.
¿Y qué sucede con el salario? Esta es otra de las preocupaciones centrales. Es cierto que, bajo una jornada excepcional debidamente autorizada, las horas comprendidas dentro de ese horario no se considerarían automáticamente extraordinarias. Sin embargo, el proyecto establece una remuneración mínima especial: un 17% adicional sobre el salario mínimo por hora del puesto para jornadas diurnas y mixtas, y un 25,5% para jornadas nocturnas.
Además, contempla una protección específica para las personas que ya trabajan bajo jornadas equivalentes: su remuneración deberá mantenerse, tomando como referencia el promedio de los salarios ordinarios y extraordinarios de los últimos seis meses efectivamente laborados. Aunque los efectos económicos pueden variar según cada situación, es importante reconocer que la propuesta contiene reglas expresas de protección salarial.
La salud de los trabajadores tampoco queda fuera de la discusión. Se prohíbe aplicar estas jornadas en labores peligrosas, pesadas o insalubres y se establecen descansos remunerados de al menos noventa minutos durante cada jornada. También se exigen medidas para prevenir la fatiga, controles periódicos de salud ocupacional y facilidades de transporte cuando no exista servicio público regular.
Otro aspecto que merece atención es que los horarios prolongados y los turnos concentrados no son desconocidos en nuestro país. Existen empresas que ya utilizan esquemas de trabajo similares, cuya aplicación debe ajustarse a las disposiciones legales vigentes. Por ello, uno de los propósitos del proyecto es establecer reglas específicas que permitan determinar en cuáles actividades podrían aplicarse estas jornadas y qué garantías deben acompañarlas.
Regular una modalidad de trabajo también significa establecer límites, responsabilidades y mecanismos para exigir su cumplimiento. La discusión no debería centrarse únicamente en permitir o prohibir determinados horarios, sino también en cómo asegurar que cualquier modalidad laboral se desarrolle con respeto a los derechos de las personas trabajadoras.
Desde luego, existen interrogantes legítimas sobre la duración de las jornadas, su compatibilidad con los compromisos internacionales del país y la capacidad de las autoridades para fiscalizar su cumplimiento. Estas preocupaciones merecen ser atendidas con seriedad.
Pero también debemos reconocer que Costa Rica forma parte de una economía cada vez más especializada, donde algunas industrias necesitan mantener operaciones continuas y competir en mercados internacionales. Contar con alternativas de organización laboral puede representar oportunidades para determinados sectores, siempre que su implementación esté acompañada de garantías efectivas.
Modernizar las relaciones laborales no tiene por qué significar renunciar a las conquistas sociales. El desafío consiste en encontrar formas de trabajar que respondan a las necesidades de una economía cambiante, sin perder de vista que detrás de cada puesto de trabajo hay una persona, una familia y derechos que deben ser protegidos.
Quizás sea momento de ampliar la conversación: no se trata solamente de cuántas horas trabajamos cada día, sino de cómo podemos organizar mejor nuestro tiempo, generar oportunidades y construir relaciones laborales que respondan a las realidades del presente.




































