Cada día parece ofrecernos nuevas razones para indignarnos. Las decisiones políticas, los escándalos, la inseguridad, eventuales dificultades económicas y los enfrentamientos institucionales se suceden con una velocidad que apenas permite comprender lo ocurrido antes de que otro acontecimiento reclame nuestra atención.
Lo que ayer parecía gravísimo hoy comienza a desvanecerse. Lo que hoy despierta indignación probablemente será desplazado mañana por una nueva polémica. Y así, entre denuncias, acusaciones y respuestas, transcurre una parte considerable de nuestra existencia.
Al expresidente Ricardo Jiménez Oreamuno se le atribuye una sentencia que parece haber resistido admirablemente el paso del tiempo: En Costa Rica no hay escándalo que dure más de tres días. Aquella observación adquiere especial significado en una sociedad sometida a un incesante bombardeo informativo. Tres días para indignarnos, discutir y exigir explicaciones. Después, casi siempre, el silencio o el olvido. No porque los problemas hayan desaparecido, sino porque otros han llegado a reclamar nuestra atención.
Muchos de esos acontecimientos comprometen instituciones, derechos y condiciones esenciales de nuestra convivencia. Pero conviene distinguir entre la trascendencia de los hechos y la fugacidad de la atención que les concedemos. Una noticia puede desaparecer en tres días, mientras sus consecuencias permanecen durante largos años.
Hay, sin embargo, una dimensión que pocas veces ocupa el centro de nuestras reflexiones: lo que semejante acumulación de acontecimientos produce en las personas. Porque detrás del ciudadano que opina, protesta o se indigna existe alguien que debe levantarse cada mañana, trabajar, pagar sus obligaciones, atender a sus hijos, cuidar a sus padres y encontrar razones para continuar construyendo su futuro.
La incertidumbre económica puede convertir un proyecto familiar en una aspiración postergada. La inseguridad modifica nuestras costumbres. La confrontación política penetra en conversaciones familiares y amistades que antes parecían ajenas a esas diferencias. Poco a poco, la realidad colectiva deja de ser únicamente aquello que observamos y se convierte también en algo que cargamos.
Se instala entonces un cansancio difícil de explicar. No necesariamente el agotamiento que produce el trabajo, sino otro más silencioso: el de sentirse permanentemente obligado a preocuparse por algo, tomar posición, anticipar una amenaza o prepararse para la siguiente crisis. Nos parecemos, en ocasiones, a protagonistas de un videojuego.
El fenómeno no es exclusivamente costarricense. El Digital News Report 2026, elaborado por el Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, revela que el 42 % de los encuestados en los mercados estudiados evita las noticias algunas veces o con frecuencia. La cifra resulta reveladora. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conocer lo que sucede en el mundo y, sin embargo, mantenerse informado puede convertirse en una experiencia de la que muchos sienten la necesidad de apartarse.
Y mientras tanto, la vida continúa.
Los hijos crecen, las relaciones cambian, los afectos necesitan atención y los años avanzan. Hay decisiones que no tomamos, viajes que posponemos, conversaciones que dejamos pendientes y proyectos que permanecen indefinidamente a la espera de tiempos mejores.
No se trata de predicar indiferencia. Una sociedad democrática necesita ciudadanos atentos, críticos y dispuestos a exigir responsabilidades. Pero tampoco puede considerarse saludable una ciudadanía condenada a vivir en estado de alarma permanente. Hay una diferencia fundamental entre mantenerse informado y permitir que cada acontecimiento determine nuestro estado de ánimo o nuestra confianza en el porvenir.
También deberíamos preguntarnos cuánto contribuyen a ese agotamiento quienes han convertido la confrontación en una forma habitual de ejercer el poder o de disputarlo. El fenómeno se parece a golpear un panal de avispas: cada declaración, escándalo o provocación desata un enjambre de reacciones, acusaciones y respuestas. Apenas comienza a disiparse el zumbido, llega un nuevo golpe y todo vuelve a agitarse. El ruido cambia de motivo, pero el cansancio permanece.
La política no solamente produce leyes y consecuencias materiales. También influye en el clima emocional de una sociedad y en la confianza con que sus integrantes contemplan el mañana.
La Asociación Estadounidense de Psicología, en su informe Stress in America 2025: A Crisis of Connection, encontró que el 62 % de los adultos estadounidenses encuestados consideraba la división social una fuente significativa de estrés. Aunque sus resultados corresponden a Estados Unidos, constituyen una advertencia sobre las consecuencias humanas de un ambiente de confrontación persistente.
Una población permanentemente irritada, temerosa o desalentada difícilmente encuentra el sosiego necesario para imaginar, emprender y construir. Y una democracia cuyos ciudadanos terminan emocionalmente exhaustos corre el riesgo de confundir el desencanto con la resignación.
Acaso por eso resulte necesario recuperar cierta perspectiva. Comprender que no todas las controversias merecen la misma atención, que no toda provocación exige una respuesta y que la importancia de nuestras preocupaciones no debe medirse exclusivamente por el ruido que producen.
Los gobiernos pasarán, las disputas perderán actualidad y muchos protagonistas de nuestras indignaciones terminarán convertidos en recuerdos imprecisos. Pero nuestra vida no dispone de ese mismo mecanismo de renovación. El tiempo dedicado a la angustia, al resentimiento o a la preocupación constante no regresa con el siguiente noticiero.
Conviene recordar algo elemental: no vivimos solamente para ser testigos de lo que ocurre en nuestro país.Vivimos también para amar, trabajar, equivocarnos, aprender, disfrutar, crear y encontrar algún sentido a nuestro paso por el mundo.
Mientras las noticias se suceden y el país discute interminablemente su destino, hay una vida —la nuestra— que sigue transcurriendo. Y esa, a diferencia de las noticias, no puede esperar hasta mañana.
Raúl Alexánder Camacho Alfaro
Abogado




































