La caída de Europa…
La factura de una dirigencia que confundió sus promesas con sus resultados
Europa está cayendo por confundir la administración de la riqueza heredada con la capacidad de crear riqueza nueva. Una parte de su gobernanza política convirtió el gasto público, la proliferación de normas y extremas regulaciones, y supuesta superioridad moral en credenciales suficientes para gobernar. La productividad, la solvencia y la cohesión social quedaron relegadas. Hoy regresan a cobrar una factura que ninguna retórica puede anular.
El pasado 24 de octubre, Francia registró 410.000 manifestantes y 1.314 detenciones, según el balance provisional del Ministerio del Interior. Más de 3000 comercios saqueados y edificios históricos destruidos. La autoridad señaló la participación de grupos radicales de ultraizquierda en los ataques, además se le sumaron extremistas islámicos. En Milán, los saqueos y destrozos del 17 y 18 de octubre dejaron daños comerciales que Confcommercio estimó cercanos al millón de euros. Algo similar ocurrió en Roma. En Barcelona, el día 24 hubo 23 comercios saqueados o vandalizados y 33 intervenciones de bomberos por incendios en la vía pública.
Detrás de esos balances hay trabajo destruido, comerciantes intimidados y bienes públicos agredidos. A quien sostiene un negocio se le exige puntualidad tributaria. La seguridad que financia merece la misma puntualidad. La protesta pacífica debe protegerse y el vandalismo sancionarse con energía extrema. Ninguna reivindicación convierte el negocio ajeno en botín.
Fritz Scharpf explicó que la legitimidad también depende de la capacidad de resolver problemas. Esa es la contradicción corrosiva de gobiernos que recaudan grandes sumas y encuentran dificultades para garantizar servicios, oportunidades y seguridad. Cuando la protección prometida se deteriora, el discurso institucional pierde crédito.
La izquierda europea de posguerra merece un examen sin indulgencia por defender compromisos de gasto y deuda sin asegurar una base productiva suficiente, convertir regulaciones en demostraciones de virtud y tratar demasiadas exigencias de integración como sospechosas e inviables. La responsabilidad alcanza a la centroderecha que preservó esas políticas o aplazó sus reformas. Desde 2004, la Comisión Europea ha estado presidida por dirigentes del Partido Popular Europeo. Cambiar el membrete no borra la factura.
Mancur Olson estudió cómo los intereses organizados acumulan privilegios y bloquean adaptaciones beneficiosas para el conjunto. Su advertencia ilumina una Europa donde cada protección encuentra defensores y cada reforma concentra adversarios. El ciudadano paga acuerdos que nunca negoció. Reconocer los problemas y aplazar sistemáticamente su solución equivale a administrar el deterioro con buenos modales.
En el segundo trimestre de 2026, la deuda pública bruta equivalía al 139,9 % del PIB italiano, al 119,1 % del francés, al 110,2 % del belga y al 101,4 % del español, según Eurostat. El Reino Unido registraba un 100,5 %, según la ONS, con una medida comparable. España había reducido su proporción interanual. Las trayectorias difieren, pero la estrechez fiscal de varios grandes países resulta evidente.
Francia gastó el equivalente al 57,3 % del PIB en 2025 y cerró con un déficit del 5,1 %. El tamaño del Estado no garantiza su equilibrio. Una deuda elevada compromete recursos futuros y reduce el margen ante las crisis. Su sostenibilidad depende del crecimiento, los intereses y la disciplina presupuestaria.
Para una persona soltera, sin hijos y con salario promedio, la OCDE calculó para 2025 una cuña fiscal del 52,5 % del costo laboral en Bélgica y del 47,2 % en Francia, frente al 35,1 % de promedio de la organización. Incluye impuestos y cotizaciones de empleados y empleadores. Semejante esfuerzo exige resultados, no indulgencia.
Buchanan y Wagner analizaron el incentivo político a conceder beneficios presentes y diferir sus costos. El gobernante recoge el aplauso; otro presupuesto recibe la factura. La izquierda que se proclama defensora del bienestar debe explicar cómo lo preservará cuando sus promesas crecen más deprisa que la capacidad de financiarlas y la diferencia se carga a la deuda.
Defender pensiones y servicios esenciales exige prioridades y eficacia. Blindar toda partida como “conquista social” puede poner en peligro las conquistas que realmente importan. El bienestar pierde sustento cuando sus obligaciones descansan sobre una economía que encuentra cada vez más dificultades para renovarse.
La fecundidad de la Unión Europea cayó a 1,34 hijos por mujer en 2024; España registró 1,10. Al comenzar 2025, el 22 % de la población comunitaria tenía 65 años o más. El gasto en pensiones equivalía al 12,3 % del PIB de la Unión en 2023. Vivir más es un logro; financiar jubilaciones más prolongadas exige productividad, empleo y previsión.
La inmigración neta ha compensado el saldo natural negativo, pero aumentar habitantes y aumentar contribuyentes productivos son procesos diferentes. Hacen falta empleo formal e integración. Una política familiar seria también debe reducir los obstáculos de vivienda, trabajo y conciliación para quienes desean tener hijos. Ninguna pirámide demográfica se corrige con discursos baratos de los políticos de siempre.
El informe de competitividad de la Comisión de enero de 2026 situó la productividad por hora de la Unión, ajustada por poder adquisitivo, en el 78,5 % del nivel estadounidense en 2024. El capital riesgo representaba apenas el 0,06 % del PIB, una décima parte de la proporción estadounidense. Esa debilidad dificulta transformar conocimiento en empresas capaces de crecer.
Un estudio del Centro Común de Investigación, publicado en 2022 con datos hasta mediados de 2021, identificó 40 traslados de sede al extranjero entre 147 unicornios de origen comunitario; 32 se dirigieron a Estados Unidos. El informe Draghi recuperó esa advertencia. Mudar una sede no significa cerrar toda actividad europea, pero revela dificultades para retener empresas de gran potencial.
Suiza y Suecia todavía encabezan el índice de innovación de la OMPI de 2026. Europa conserva capacidades extraordinarias. Precisamente por eso, resulta más grave que sus dirigentes mantengan obstáculos para aprovecharlas. El talento y el capital buscan lugares donde puedan crecer; no tienen obligación de financiar la nostalgia de ningún gobierno.
Según la AIE, la electricidad para las industrias de la Unión intensivas en energía costaba en 2025 más del doble que en Estados Unidos. Alemania culminó su salida nuclear en 2023, tras decisiones de socialdemócratas, verdes y la centroderecha de Merkel. Cerrar capacidad firme de bajas emisiones mientras se impulsa la electrificación exige responder por sus costos y alternativas.
Las renovables generaron el 47,3 % de la electricidad comunitaria en 2025; la generación nuclear aporta otra parte. La generación eléctrica sigue utilizando combustibles fósiles, y la transición necesita redes y almacenamiento. El cambio climático tiene aún respaldo científico. La promesa de una transformación barata y sencilla debe responder por sus resultados que aún no llegan.
La izquierda ecologista debe rendir cuentas sobre emisiones, suministro y precio final. Invocar al planeta no concede inmunidad frente a una mala política industrial. La importación de vehículos eléctricos fabricados en China exige examinar también la huella de sus fábricas y baterías. La responsabilidad social ambiental no termina en la aduana.
En 2025, el 45,3 % de los adultos con ciudadanía extracomunitaria residentes en la Unión estaba en riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 18,2 % de los nacionales. La integración debe medirse por empleo, autonomía económica y participación cívica. La solemnidad de las intenciones no resuelve una fractura social.
En 2024/25, el Reino Unido gastó unos 4.000 millones de libras en apoyo a solicitantes de asilo, incluidos 2.100 millones en hoteles. La acogida tiene costos que deben reconocerse y financiarse. Ocultarlos perjudica a los residentes y a quienes llegan.
La autoridad democrática debe controlar sus fronteras con rigor, resolver las solicitudes de protección y exigir cumplimiento de la ley. La integración necesita idioma, trabajo y deberes compartidos. La izquierda que descalifica esas exigencias debilita las reglas de convivencia que está obligada a defender, empezando por su propio pueblo.
El islamismo que pretende subordinar la ley civil a una autoridad religiosa es absolutamente incompatible con las libertades occidentales. La igualdad de las mujeres y la libertad de conciencia no son negociables. Los ciudadanos musulmanes comparten los mismos derechos y obligaciones, incluida la protección frente a quienes pretendan imponerles una ortodoxia. Defender el patrimonio cristiano, humanista y liberal exige instituciones capaces de protegerlo, porque ese es el legado de los ancestros occidentales, que dieron sus vidas por las libertades y derechos que hoy se ostentan.
Por eso hablo de caída. Se ha derrumbado la pretensión de garantizar bienestar mediante obligaciones sin respaldo suficiente, asegurar competitividad multiplicando trabas y preservar la convivencia sin exigir deberes. Las fortalezas que Europa conserva hacen más culpable a su dirigencia. La Roma occidental, cuyo final se fecha en 476, dejó la advertencia de un patrimonio capaz de sobrevivir a quienes perdieron la capacidad de sostenerlo.
Una economía que encarece producir y dificulta innovar cede terreno frente a quienes ofrecen mejores condiciones. La competencia por inversiones y conocimiento abre así una oportunidad para América entera. La continuidad de Occidente dependerá de sociedades capaces de convertir sus libertades en prosperidad. Ese es el relevo que nuestro continente debe prepararse para conducir.
El talento se forma en universidades, institutos técnicos y centros de investigación de todo el continente. Está en Canadá y Estados Unidos, en México, Centroamérica y el Caribe, en Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y en el resto de Sudamérica. Las diferencias de financiación y escala exigen cooperación. Ningún país americano debe resignarse a exportar cerebros y recomprar los resultados de su inteligencia.
La ingeniería brasileña de Embraer, la tecnología nuclear argentina de INVAP y los antivenenos del Instituto Clodomiro Picado de la Universidad de Costa Rica acreditan capacidad propia para investigar, diseñar y competir. Son expresiones de una América que ya produce conocimiento y soluciones para el mundo. Sus universidades y empresas pueden ampliar ese protagonismo si encuentran financiación y condiciones para crecer.
Costa Rica exportó 10.927 millones de dólares en dispositivos médicos en 2025, el 48 % de sus exportaciones de bienes. Panamá conecta océanos. La AIE identifica oportunidades latinoamericanas para procesar minerales que hoy salen hacia otras regiones. Tenemos recursos y capacidades para incorporar más conocimiento a lo que producimos y retener mayor valor dentro del continente.
La ambición debe ser desarrollar nuestras tecnologías, patentes y empresas. Conectar mercados, investigación y capital permitiría combinar mejor la energía, los alimentos y los minerales con la capacidad científica e industrial americana. Cada país debe poder ampliar su participación en el diseño, la fabricación y los servicios especializados. La riqueza natural adquiere otra dimensión cuando sus dueños también dominan el conocimiento que la transforma.
Ese proyecto exige seguridad jurídica, educación exigente, protección de la inversión y gobiernos capaces de controlar el crimen y ejecutar infraestructura sin eternizar los permisos. La decadencia ajena no fabrica prosperidad propia. América desperdiciaría su oportunidad si copiara la complacencia fiscal y burocrática que ha debilitado a la decadente Europa.
Nuestra tarea es construir ese liderazgo con la inteligencia de todo el continente y con la libertad de sus ciudadanos para crear. El legado occidental necesita sociedades capaces de sostenerlo, enriquecerlo y proyectarlo. A la dirigencia europea le corresponde responder por haber hipotecado su promesa. A América le corresponde demostrar que una civilización también puede renovar su grandeza cambiando el centro de su impulso.
Europa puede seguir cobrando entradas por su pasado. América tiene con qué producir el futuro de Occidente.
M.Sc. Milton Madriz Cedeño
Politólogo, experto en administración pública y gobernanza