Diego Rosero
Psicólogo y especialista en Inteligencia Artificial del INCAE
diegofernandoroseroceron@gmail.com
Una empresa que conocía bien casi quiebra por comprar el software de moda. Hace unos años la vi tomar una de las decisiones más caras de su historia: un ERP de clase mundial, de esos que usan las multinacionales. No lo compraron por convicción. Lo compraron por presión: estaba de moda, la competencia hablaba de eso, y no tenerlo se sentía como quedarse atrás.
Nadie les explicó lo que venía. Les vendieron la licencia como si fuera el costo total, cuando era apenas la entrada: la consultoría para implementarlo terminó costando más que el software. Y lo peor no fue el dinero. Fue que ese sistema, diseñado para una corporación con un analista que carga los datos, otro que los valida y un tercero que los ejecuta, cayó sobre una empresa que no tenía esa estructura ni la necesitaba. La herramienta pedía una organización que no existía.
El resultado fue de terror. Durante meses no podían facturar bien. Se atrasaban las entregas. Un negocio sano de repente no lograba hacer lo más básico, cobrar y despachar, porque estaba peleando con una maquinaria pensada para otro tamaño de empresa.
¿Cómo terminó? El costo real no fue solo el dinero. Fueron clientes que se fueron cansados del mal servicio, gente buena que renunció, y una reputación que les había costado años construir. Les tomó más de un año admitir el error. Volvieron a Excel mientras se calmaba el incendio, y después adoptaron un sistema mucho menos glamoroso, sin nombre de revista, pero hecho a la medida de una empresa como la suya. Con el tiempo, el golpe hasta los obligó a repensar el negocio y encontrar un camino mejor. Pero eso fue resiliencia, no estrategia. Nadie debería tener que casi quebrar para aprender a comprar con criterio.
Les cuento esto porque estoy viendo la misma película otra vez. El ERP de entonces es la IA de hoy, y en el medio hubo otras: la web, las redes sociales. Ninguna fue una moda pasajera; todas transformaron negocios de verdad, y la IA transformará muchos más. Lo que se repite no es la tecnología. Es el error de comprarla por presión, sin preguntarse para qué.
Esa presión es real, y todos la hemos sentido. Ver que la competencia avanza, que en cada evento y cada titular se habla de lo mismo, genera una urgencia genuina de no quedarse atrás. El problema no es sentirla. El problema es dejar que decida por uno, porque la urgencia empuja a hacer algo, lo que sea, y “algo” casi nunca es lo mismo que “lo correcto”.
Ahí está la línea que lo decide todo. La presión viene de afuera y es un pésimo asesor: empuja a actuar rápido, cuando las decisiones de fondo se toman despacio; empuja a copiar, cuando lo que le sirve a la empresa de al lado casi nunca le sirve a la suya; empuja a comprar primero y a preguntarse para qué después.
La convicción viene de adentro y hace lo contrario. Mira la empresa con honestidad antes que el catálogo, y hace las preguntas incómodas antes de firmar: qué problema quiere resolver, si su gente está lista, si hay quién lidere el cambio. El apuro descubre esas preguntas cuando ya es tarde, cuando ya no puede facturar.
Que quede claro: nada de esto es un argumento para quedarse quieto, ni para llegar tarde. Ser pionero es una ventaja enorme, cuando se es pionero con propósito: que la tecnología aporte al crecimiento y genere valor que el cliente perciba. Adelantarse con criterio es liderazgo. Adelantarse por miedo a quedar atrás es apuro con buena prensa. La IA es real, es poderosa, y va a transformar a los negocios que sepan para qué la quieren.
Porque al final, en la tecnología como en casi todo, no gana el que llega primero por miedo. Gana el que llega por convicción, sabiendo para qué vino.
La moda le dice qué comprar. El criterio, para qué.





































