Costa Rica vive un momento histórico sin precedentes. Mujeres encabezan simultáneamente los tres poderes de la República, el Tribunal Supremo de Elecciones y la Defensoría de los Habitantes. Una extraordinaria oportunidad para demostrar que el liderazgo femenino puede transformar la manera de ejercer el poder.
Pero hacer historia por llegar al poder es muy distinto de hacer historia por la manera de ejercerlo.
Durante generaciones, las mujeres debieron luchar por espacios de participación, representación y decisión. Hoy, esa deuda histórica de la política con las mujeres encuentra una oportunidad excepcional para comenzar a saldarse. Y quienes han logrado abrir estas puertas tienen también la responsabilidad de mantenerlas abiertas para las generaciones que vienen.
Porque el verdadero liderazgo no consiste solamente en llegar, sino en dejar instituciones más fuertes, oportunidades más amplias y un país mejor del que se recibió.
En un mundo marcado por la fragmentación política, la polarización y liderazgos cuyas decisiones han provocado retrocesos institucionales y democráticos, Costa Rica tiene la oportunidad de distinguirse.
Es momento de demostrar que la política puede hacerse con honestidad, diálogo, consenso, conocimiento y excelencia. Que gobernar no significa imponer, que disentir no significa destruir y que construir acuerdos tampoco significa renunciar a los principios.
Pero esta oportunidad exige valentía.
Valentía para reconocer lo que funciona mal en nuestras instituciones. Independencia para corregirlo. Y, sobre todo, autonomía para comprender que la lealtad de quienes ejercen el poder se debe a la Constitución, a la República y a sus habitantes, nunca a liderazgos de turno.
La historia les pedirá cuentas por las decisiones que tomaron, pero también por aquellas que, teniendo la autoridad y la oportunidad de actuar, prefirieron postergar.
Y particularmente a usted, señora presidenta Laura Fernández: es hora de creérsela.
Su mandato le pertenece constitucionalmente a usted. Quienes contribuyeron a abrirle las puertas forman parte de su historia política, pero el ejercicio de la Presidencia y la responsabilidad de sus decisiones son suyos.
La gratitud es una virtud. La subordinación no puede convertirse en una forma de gobernar.
Costa Rica tiene hoy la oportunidad de proyectarse ante el mundo como una democracia capaz de renovarse, fortalecer sus instituciones y demostrar que el liderazgo femenino puede contribuir decisivamente a construir consensos y defender el bien común.
Nuestra tradición democrática es motivo de orgullo, pero también una responsabilidad permanente. La democracia no se hereda intacta: se defiende, se fortalece y se honra con cada decisión.
Que este momento histórico sea recordado por las puertas que permanecieron abiertas, por los errores que se corrigieron, por los acuerdos que se construyeron y por las oportunidades que se multiplicaron.
Que Costa Rica brille, no solamente por tener mujeres al frente de sus instituciones, sino por demostrar al mundo que la democracia, la honestidad y el diálogo pueden conducir a una política diferente.
Porque el poder es temporal, la responsabilidad es irrenunciable y la historia no perdona a quienes tuvieron la oportunidad de transformar un país y eligieron simplemente administrar el poder.





































