Estadista: el mejor uniforme
La única forma en que puede revertir la demanda negativa (un mandatario) es alejándose de las cámaras y micrófonos, ...
La única forma en que puede revertir la demanda negativa (un mandatario) es alejándose de las cámaras y micrófonos, arrollándose las mangas y tomando posesión del control de su gobierno
En el ejercicio de su función, el gobernante requiere seguir promoviendo su imagen y por ello el mercadeo político es fundamental como instrumento complementario del proceso de comunicación política. Sobre todo porque es importante mantener el aprecio y el apoyo del ciudadano.
Empero, el gobernante y su equipo no deben olvidar que la promoción de imagen tiene que estar muy sustentada en la percepción de resultados de gestión, parámetro insuplantable. El mercadeo político puede fortalecer su imagen, más nunca inventársela.
La imagen de un estadista no se puede improvisar, es imposible. El estadista tiene un largo proceso de formación que se desarrolla durante años de estudio y de conocimiento, de intercambio con los diferentes actores sociales, que no solamente le nutren, sino que le forman en cuanto a las verdaderas necesidades presentes y futuras de la sociedad. Llegar a gobernar es el último escalón de la cadena de formación del estadista.
En Costa Rica, desde los años 40 del siglo pasado, tuvimos varios estadistas en diversas posiciones que forjaron un gran país. Sin embargo, ejerciendo como Presidente de la República me atrevo a decir que —desde esa fecha a hoy— solo han sido estadistas: Rafael A. Calderón Guardia, José Figueres Ferrer, Daniel Oduber Quirós y Óscar Arias Sánchez; los demás pueden ser calificados como buenos o malos presidentes, mas no como estadistas.
Con frecuencia se repite que un estadista es aquel que piensa en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones, premisa de James Freeman Clarke. También podríamos decir que es quien a sabiendas de la impopularidad en una coyuntura determinada estará dispuesto a tomar decisiones trascendentales, que a futuro serán calificadas como grandes aportes al país.
Son frecuentes los gobernantes que no deciden, que no tienen proyecto ni horizonte y que de repente se ven en la encrucijada de la impopularidad, pero no por su propuesta sino por la falta de ella, así acuden a la pose y al populismo como fórmulas de evitar la caída libre de su popularidad.
Un gobernante cae en demanda negativa cuando la repulsión y desazón del ciudadano hacen que con solo mirarle u oírle cambie de estación o apague su TV al momento de su aparición. La única forma en que puede revertir la demanda negativa es alejándose de las cámaras y los micrófonos, arrollándose las mangas y tomando posesión del control de su gobierno.
Cuando el ciudadano experimente cambios positivos en políticas públicas se producirá el punto de inflexión, momento propicio para un nuevo mercadeo político que se concentre más en logros que en imagen.
Disfrazarse de diversas formas para congraciarse con quienes le invitan a un acto público cuando está en demanda negativa, solo agudiza la pendiente de la caída de imagen del gobernante. El ciudadano encontrará en estas poses poco compromiso con los objetivos reales de su función, percibiéndole como un cómico y no como un estadista.
En tiempos complicados de gestión es importarte recordar la recomendación de Abraham Lincoln: “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios” —yo agregaría— y de inmediato meterse a trabajar desde su “war room”.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo