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COLUMNISTAS


El espionaje de los supremos poderes

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 01 diciembre, 2011



De cal y de arena
El espionaje de los supremos poderes

Hace rato los pasillos de los edificios de los Supremos Poderes son ruta de tránsito común para los amanuenses de los intereses de quienes necesitan influir en el rumbo de las decisiones y políticas del Estado para ventaja de sus negocios.
Allí convergen, unos con la investidura de una función pública alcanzada por voto directo o por delegación, otros con la credencial que se deriva de grandes aportes a la campaña electoral. Los expedientes de su interés pasan por sus manos para sesgar sus contenidos en una manipulación característica del tráfico de influencias y del uso de información privilegiada.
Con las excepciones de rigor, claro está, porque suele haber una importante presencia de gente honrada que es inmune a esta prostitución de la función pública.
A su lado, sin embargo, reptan habilidosos y poderosos corruptos para quienes no es difícil seducir y postrar voluntades. Su trabajo se facilita cuando la sociedad padece los efectos de una grave pérdida de valores y sus instancias políticas los centros depositarios del poder efectivo muestran la metástasis de un avanzado carcinoma.
Allí medran esos amanuenses. En los Poderes del Estado y en su sector descentralizado. Desde hace rato. Lo que pasa es que el mal de hoy florece y se multiplica sin sonrojo, sin vergüenza, por la gracia de una sociedad que no pasa de expresar más allá de tres días repulsa e indignación sin desatar la presión necesaria para imponer asepsia en las instituciones públicas y encarcelar a los corruptos.
Es efecto de la alianza de funestas consecuencias entre el poder político y el poder económico que va de la mano de una concentración de medios de comunicación social que se encarga de dosificar la adormidera. ¡Qué ironía; aunque las cosas están peor que en 1948, aquí no pasa nada!
Hay derecho a dudar de la eficacia de las iniciativas de buena fe que están circulando para someter a una refinada criba los procesos de selección de magistrados suplentes.
Si la fuente de origen del nombramiento de estos la Asamblea Legislativa es conformada por quienes decidan los partidos políticos a la hora de integrar sus papeletas y siendo los partidos el coto de caza de esa alianza de intereses empresariales y políticos armada para influir en leyes, reglamentos, sentencias y acuerdos administrativos con prescindencia del bien común, hay que temer que el nuevo mecanismo de elección de magistrados suplentes siga padeciendo las mismas viejas desviaciones.
Mientras los partidos sean meras maquinarias electorales (algunos artificio para el enriquecimiento personal), será grande el riesgo de que los grupos de presión sigan causando estragos en la gestión constitucionalmente asignada a los Supremos Poderes.
Hace rato vienen posicionándose en la judicatura, en la legislatura y en la administración ejecutiva, verdaderos “estuches de monerías”.
No creamos que el problema es de hoy y que se reduce a un segmento del poder político.

Alvaro Madrigal

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