Cuando empecé a liderar equipos de trabajo, hace ya varios años, sentía una presión que creo que muchas personas reconocerán al asumir su primera jefatura: la de tener la respuesta para todo, incluso antes de que alguien me hiciera la pregunta. Me preparaba con mucho cuidado para cada reunión, intentando anticipar dudas, objeciones y escenarios posibles, porque sentía que mi equipo esperaba de mí certeza y dirección, y estaba convencido de que un buen líder siempre debía tener claro el rumbo, al punto de que decir “no sé” me parecía algo que un líder no podía permitirse.
Aunque nacía de las mejores intenciones, esa forma de pensar me ponía una exigencia difícil de sostener, porque cada conversación se sentía como una prueba que había que superar y me dejaba poco espacio para apoyarme en el conocimiento de las personas que tenía alrededor. Con el tiempo entendí que aquel “no sé” que tanto evitaba no era una señal de debilidad, sino una gran herramienta para practicar la humildad, y que cuando esa humildad se transforma en curiosidad, se convierte en el punto de partida para buscar, preguntar, actuar y aprender junto con otras personas.
He notado que en muchas organizaciones todavía se considera que un líder debe ser como un superhéroe o una heroína, alguien que todo lo sabe y todo lo puede, que resuelve cualquier crisis sin despeinarse y que nunca muestra dudas frente a su equipo. Es una imagen atractiva, alimentada por muchos años de modelos de liderazgo basados en la autoridad y el control, pero también es una imagen que pesa, que aísla y que, paradójicamente, termina alejando al líder de las personas que más podrían ayudarle. Esto se nota especialmente en quienes asumen una jefatura por primera vez, muchas veces por haber sido las personas con mejor desempeño técnico del equipo, y que sienten que el nuevo rol les exige seguir siendo quienes más saben de todo, cuando en realidad lo que el puesto empieza a pedirles es algo muy distinto, como escuchar, preguntar y ayudar a crecer a otros.
La investigadora Brené Brown, quien ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar la vulnerabilidad, la describe como esa exposición emocional que aparece cuando enfrentamos la incertidumbre o el riesgo, y sostiene que lejos de ser una debilidad, es el terreno donde nacen la confianza, la creatividad y la innovación. Llevado al día a día de un equipo, esto significa que un líder que se permite reconocer lo que no sabe no pierde autoridad, sino que gana algo mucho más valioso, que es la credibilidad de quien se muestra tal como es.
No pasa nada cuando un líder no sabe algo, al contrario, ese momento de honestidad abre un clima donde las personas sienten que pueden preguntar, equivocarse y proponer sin miedo a ser juzgadas, porque entienden que todos, incluida la persona que dirige el equipo, estamos aprendiendo y creciendo juntos. Cuando un líder dice “no lo sé, averigüémoslo juntos”, le está dando permiso al resto del equipo para hacer lo mismo, y eso suele traducirse en conversaciones más honestas, en problemas que salen a la luz antes de que crezcan y en ideas que de otra forma nunca se habrían compartido.
La vulnerabilidad, entendida de esta manera, no es debilidad, sino un regalo que inspira confianza y fortalece los vínculos dentro de un equipo. No se trata de renunciar a la responsabilidad de dirigir ni de compartir cada inseguridad sin filtro, sino de dejar de fingir una perfección que nadie tiene, y de entender que liderar no es hacerlo todo solo, sino inspirar desde la autenticidad.
Hoy, cuando alguien me hace una pregunta para la que no tengo respuesta, ya no lo vivo como una amenaza, sino como una oportunidad para aprender algo nuevo, muchas veces de la mano de las mismas personas con las que trabajo. Por eso quiero cerrar con una invitación para quienes lideran, o para quienes están empezando a hacerlo y sienten esa misma presión que yo sentí: quitémonos la capa, permitámonos decir “no sé” sin miedo y descubramos que detrás de esas dos palabras puede haber un liderazgo mucho más humano. ¿Nos animamos a liderar así?
Por Jose Madrigal Hernández





































