Hay recuerdos de la infancia que nunca se borran. En mi caso, uno de ellos es mi primer tope. Tenía apenas seis o siete años y todavía recuerdo aquella emoción de ver tantos caballos, escuchar sus pasos, admirar su belleza y sentir esa alegría que solo un niño puede experimentar cuando descubre algo que lo apasionará para toda la vida.
Aquel día no fue simplemente un desfile. Fue el inicio de un cariño profundo por los caballos, por nuestras costumbres y por una tradición que forma parte de la identidad costarricense.
Los topes son mucho más que caballos recorriendo las calles. Son familias reunidas, generaciones compartiendo una misma pasión, niños que miran con ilusión y adultos que, por unas horas, vuelven a encontrarse con sus raíces.
Por supuesto, el bienestar animal debe ser una prioridad absoluta. Amar a los caballos significa respetarlos, protegerlos y garantizarles condiciones dignas. Para eso existen leyes, reglamentos y autoridades responsables de fiscalizar su cumplimiento. El maltrato nunca debe justificarse en nombre de una tradición, y quienes incumplan las normas deben enfrentar las consecuencias.
Pero proteger no puede convertirse automáticamente en prohibir. La respuesta ante los abusos debe ser más control, mayor responsabilidad y mejores condiciones, no necesariamente la desaparición de una tradición que significa tanto para miles de costarricenses.
La moción presentada ante la Municipalidad de San José para prohibir los topes merece respeto, como toda posición expresada legítimamente. Pero también merece una reflexión profunda: el tope es mucho más que una decisión de quienes no disfrutan de esta tradición. Es parte de la memoria, de la cultura y del sentimiento de muchas familias costarricenses.
No podemos permitir que las malas prácticas de algunos terminen borrando los buenos recuerdos y las ilusiones de tantos.
Hoy, muchos años después de aquel primer tope, sigo sintiendo algo de la misma emoción de aquel niño de seis o siete años que descubrió en los caballos una pasión para toda la vida.
Por eso, espero con ansias que el Tope de San José 2026 pueda realizarse. Sueño con disfrutarlo en compañía de mis hijas y de mi muy querido caballo Mandíbulas. Me ilusiona pensar que ellas puedan sentir esa misma emoción que yo experimenté siendo niño, que puedan guardar en sus corazones recuerdos tan hermosos como los que yo he conservado durante tantos años.
Porque al final, más allá de las diferencias de opinión, hay algo que no deberíamos olvidar: las tradiciones también son una forma de unir generaciones, de transmitir sentimientos y de mantener viva nuestra identidad.
Las tradiciones se cuidan, se mejoran y se heredan. No simplemente se prohíben.
Erwen Masís



































