Los primeros resultados de PISA convirtieron a Finlandia en una referencia mundial. Delegaciones de educadores y gobernantes viajaron para descubrir cómo un país relativamente pequeño había conseguido tan buenos resultados. Era razonable interesarse en su experiencia. Lo que requería mucho más cuidado era identificar cuáles prácticas habían producido aquel éxito.
The Economist vuelve sobre este tema al analizar PISA 2025. Señala que Finlandia ha sufrido una de las caídas más pronunciadas desde las primeras pruebas y recoge una explicación de sus críticos: los excelentes resultados iniciales podrían haber reflejado la enseñanza más tradicional que todavía predominaba durante buena parte de los años noventa, y no las novedades pedagógicas por las que después se hizo famoso el país.
Esa explicación debe tratarse como una hipótesis que exige comprobación. Pero plantea una cuestión fundamental: los resultados educativos de hoy reflejan muchos años de formación. Una reforma recién introducida no puede recibir automáticamente el mérito por las habilidades que los alumnos adquirieron antes de ella.
Según relata la revista, quienes visitaron Finlandia destacaron la limitada presencia de pruebas e inspecciones, el aprendizaje mediante el juego en las primeras edades y una enseñanza que concedía mayor espacio al descubrimiento del alumno. El prestigio de sus resultados dio enorme fuerza a esas ideas.
El error sería concluir que reducir exigencias, debilitar evaluaciones o restar importancia a los contenidos garantizaba una mejor educación. Ninguna de esas conclusiones se desprende de que un país ocupe una buena posición en una prueba internacional. Hace falta estudiar su trayectoria, la preparación de sus maestros y lo que efectivamente ocurre en las aulas.
Mis artículos sobre educación han insistido en desarrollar habilidades. Conviene precisar su significado: una habilidad permite utilizar conocimientos. Comprender una explicación científica requiere saber ciencia; juzgar un argumento exige entender sus conceptos; resolver un problema matemático demanda dominar relaciones y procedimientos.
Por eso debemos asegurar que los contenidos se comprendan y se utilicen. El pensamiento crítico necesita materia sobre la cual pensar. Una educación que pretenda desarrollarlo sin proporcionar conocimientos sólidos deja al estudiante sin instrumentos para ejercerlo.
El esfuerzo también importa. Debemos acompañar a quienes encuentran dificultades, ofrecerles explicaciones y permitirles aprender de sus errores. Al mismo tiempo, tenemos la responsabilidad de señalar con honestidad lo que todavía no dominan. Felicitar un trabajo insuficiente como si fuera excelente priva al alumno de información necesaria para progresar.
Las evaluaciones bien diseñadas cumplen esa función. Permiten al estudiante reconocer sus dificultades y al maestro ajustar la enseñanza. También ayudan a las familias y a las autoridades a saber si se está cumpliendo el derecho a aprender. Debemos utilizarlas para orientar mejoras concretas.
Mientras Finlandia retrocede, varios sistemas de Asia oriental conservan posiciones destacadas. Los primeros 5 lugares en el resultado de medición de la habilidad en las cuatro categorías son de países o economías de Asia. The Economist señala que también han sufrido algunas caídas, aunque generalmente menores. Su experiencia merece estudiarse, incluyendo la preparación de sus docentes y la importancia que familias y estudiantes conceden a la educación.
Pero debemos evitar repetir el error de copiar superficialmente un modelo prestigioso. Los resultados de las jurisdicciones chinas participantes no representan a toda China, y el peso de las clases particulares o de determinadas expectativas familiares no se reproduce fácilmente en otro país. Lo útil es identificar prácticas cuyo efecto pueda comprobarse y adaptarlas a nuestras condiciones.
El artículo ofrece además el caso de Inglaterra. Describe reformas que fortalecieron los contenidos de los programas, hicieron más rigurosos los exámenes y reforzaron las inspecciones. Contrasta su evolución con la de Escocia, que siguió un camino diferente. Esa comparación merece atención, aunque tampoco permite atribuir todos los resultados a una sola política.
Para Costa Rica la enseñanza es clara: necesitamos reformas con objetivos precisos y evaluación de sus efectos. Debemos comprobar que los alumnos comprendan lo que leen, dominen las bases matemáticas y puedan utilizar conocimientos científicos.
También debemos seleccionar y preparar bien a los docentes, acompañarlos al comenzar su trabajo y ofrecerles capacitación práctica durante su carrera. Esa ha sido una preocupación constante en mis artículos porque la calidad educativa se concreta en la relación entre el maestro y sus alumnos.
La innovación merece oportunidades para demostrar su valor. Nuestra obligación es examinar sus resultados con el máximo rigor. El futuro de nuestros jóvenes exige decisiones fundadas y perseverancia para convertirlas en aprendizaje.

































