Últimamente me interesan las conversaciones incompletas, esas en las que queda una pregunta importante fuera de la mesa.
Es usual que cuando discutimos sobre el Estado, solemos colocarlo de un lado y a la empresa privada del otro. Desde ese punto intentamos definir qué debe hacer uno, qué debe dejar al otro, qué se privatiza, que se regula… Pero esta separación podría resultar artificial. Veamos por qué:
Legacy 3.0, marco que desarrollo en mi libro Redefiniendo la Excelencia Empresarial, parte precisamente de reconocer que las empresas funcionan en un sistema interdependiente. El legado de una empresa no es solamente la filantropía, lo que deja al final, ni la reputación que construye alrededor de su operación como temas estéticos, es la estructura desde la que opera y los resultados que esa estructura produce.
Por eso, personas, planeta y rentabilidad dejan de tratarse como variables separadas, obligaciones o capas adicionales, y pasan a formar parte del mismo modelo, de sus incentivos, su gobernanza, sus métricas y decisiones.
Una empresa decide cómo emplea, remunera, compra, produce, contamina o no contamina, distribuye poder, innova, desarrolla personas, usa recursos y reparte el valor que crea. Todas esas decisiones producen efectos fuera de sus estados financieros.
Cuando esos efectos son negativos y la empresa no los absorbe, el costo no desaparece, alguien termina asumiéndolo: las personas, las familias, las comunidades o el Estado.
La economía conoce hace mucho tiempo estos efectos como externalidades y precisamente crean una de las razones clásicas para la intervención estatal. Eso no significa que el Estado exista porque las empresas funcionan mal, ni que mejores empresas vuelvan innecesario al Estado.
El Estado conserva funciones irremplazables: el Estado de derecho, infraestructura, bienes públicos, seguridad, protección de derechos, proteger a quienes quedan en situaciones de vulnerabilidad.
Pero la distribución de responsabilidades sí puede cambiar.
Una economía estructurada con empresas capaces de generar rentabilidad mientras desarrollan capital humano, gestionan mejor sus externalidades, construyen relaciones coherentes con proveedores, socios y clientes, piensan en largo plazo y tienen accountability sobre lo que producen, puede reducir la necesidad de corrección posterior.
Uso accountability en inglés, en lugar de “rendición de cuentas”, porque me interesa separarla de la idea de castigo y control posterior que acompaña a la expresión en español, para que tengamos la oportunidad de entenderla como algo más estructural: reconocer los resultados que producen nuestras decisiones, medirlos y asumir responsabilidad por ellos.
Una empresa mejor diseñada puede internalizar mejor los costos de su propia operación y reducir los que termina trasladando al resto del sistema. Eso permite que el Estado concentre mayor capacidad en lo que le corresponde hacer. Si lo vemos así, la arquitectura empresarial deja de ser un asunto interno y pasa a incidir en el diseño país.
Por eso digo que, la conversación sobre el Estado queda incompleta, cuando solo discutimos cuánto debe hacer y no consideramos qué clase de sector privado existe al otro lado y cuánto valor es capaz de crear mientras fortalece el sistema del que depende.
Ahí cambiamos la discusión tradicional de más Estado o menos Estado.
Un sector privado más sofisticado debería ser capaz de hacer mejor y asumir más, no por altruismo, moralismo u obligación, sino porque entiende que una empresa que opera dentro de un sistema interdependiente depende de la calidad de ese sistema para seguir operando y creando valor.
Eso incluye reconocer y potenciar las características, capacidades y recursos del lugar donde opera, convirtiéndolos en parte de su propia ventaja competitiva.
Por eso me parece desactualizado el discurso en el que personas y planeta son variables externas que incorporamos por responsabilidad social y ambiental, en lugar de reconocerlas como parte de las condiciones que hacen posible la rentabilidad en el tiempo.
Quizá ya es tiempo de dejar de discutir la evolución del Estado y de la empresa privada como conversaciones separadas, ambas forman parte del mismo diseño país.



































