En un país como Costa Rica, donde el panorama político se encuentra marcado por la proximidad de las elecciones presidenciales en febrero de 2026, resulta fundamental que los ciudadanos hagamos un examen de conciencia sobre la forma en que ejerceremos el derecho al voto. Ante la polarización y la inclinación hacia el partido oficialista, es esencial recordar que nuestras decisiones en las urnas deben estar guiadas por un análisis crítico y un firme compromiso con el futuro del país, y no solo por la reacción emocional de un gobierno en turno.
Es innegable que los electores pueden sentirse atraídos por la narrativa de un candidato que ha expuesto las irregularidades del pasado; sin embargo, es vital no perder de vista a la realidad del presente. Si bien es importante destapar las "porquerías" de administraciones anteriores, los logros y los resultados tangibles de un gobierno son igualmente relevantes. La situación actual de Costa Rica nos enfrenta a retos ineludibles: la educación necesita una reforma sustancial, la seguridad pública vive un estado de crisis, el bienestar de la salud está en crisis, los agricultores, temen por la seguridad alimentaria y siguen olvidados y sin contar con apoyo, son temas urgentes que requieren atención. En lugar de dejarnos llevar por la frustración y la esperanza de un cambio a través de una simple oposición, debemos buscar candidatos que ofrezcan propuestas concretas y viables.
El fenómeno del "voto con el estómago" es común en muchos escenarios políticos, llevando a las masas a elegir a quienes prometen un alivio inmediato, sin considerar las consecuencias a largo plazo. Un ejemplo trágico de ello lo encontramos en el caso de Venezuela, donde el fervor por líderes carismáticos como Hugo Chávez llevó al país a una crisis humanitaria y económica que afecta a millones de personas hasta hoy en día. Este tipo de votación, impulsada por necesidades urgentes y un deseo de cambio, sin una reflexión crítica, puede resultar en decisiones destructivas que se comparan con el eslogan “voto con el corazón”. Sin duda, la empatía y la humanidad son valores que debemos atesorar, pero cada voto debe estar fundamentado en la prudencia y no simplemente en la indignación.
Lo que necesitamos en Costa Rica es un llamado a la razón, el "voto con el cerebro". Implica una profunda reflexión sobre las promesas, las capacidades y el historial de cada candidato. Analicemos su plan de acción, escuchemos los debates detenidamente, veamos su experiencia, su preparación académica, su conocimiento sobre las necesidades del costarricense, su conocimiento histórico y geográfico sobre Costa Rica, conocimiento sobre nuestra Constitución Política, meditemos sobre su integridad y capacidad de gobernar en lugar de permitir que el descontento o la aversión a administraciones previas dicten nuestras decisiones. La historia ha demostrado que no siempre el cambio es sinónimo de mejora. A veces, lo que se presenta como cambio resulta ser un retroceso disfrazado.
Los próximos meses deben ser una oportunidad para dialogar, cuestionar y, sobre todo, informarse. Generemos espacios donde se debatan los temas que verdaderamente impactan nuestro día a día: educación, salud, seguridad y agricultura. Debemos exigir a nuestros candidatos claridad en sus propuestas y rendición de cuentas. No es una cuestión de estar a favor o en contra de un partido; más bien, se trata de hacer una elección consciente de lo que es mejor para el país.
La invitación es a que cada votante haga un ejercicio de introspección y análisis. Que el voto en febrero 2026 sea una acción fundamentada en la información y la reflexión, y no solo un grito de desesperación. No se trata de un mero enfrentamiento entre el pasado y el presente, sino de construir una visión hacia un futuro donde Costa Rica pueda recuperar su bienestar y su lugar como un país próspero y en paz. Costa Rica se lo merece. Solo unidos y sin odios podemos volver a construir esa Costa Rica
En este sentido, el llamado es claro: construyamos un futuro donde votemos con la cabeza, con el corazón, pero también con el estómago, entendiendo que cada elección tiene consecuencias profundas. Expresémonos con fuerza en las urnas, no todas las personas tienen el privilegio de vivir una fiesta democrática como llevamos haciéndolo los costarricenses, pero hagámoslo de forma informada, porque el verdadero cambio en Costa Rica sólo será posible mediante un voto que contemple no solo la historia, sino también las visiones y las posibilidades de un futuro mejor. Que Dios nos ilumine a los costarricenses y elijamos a un o una gobernante que luchará por mantener viva la democracia que construyeron con mucho esfuerzo nuestros antepasados.





































