Hay quienes, con malicia filológica o simple afán satírico, traducen del alemán el apellido del mandatario Trump como “Tambor”. Y si de tambores se trata, conviene recordar que los hay de muchas clases y utilidades: sirven para acompasar melodías, para convocar multitudes, para ocultar silencios incómodos y, desde tiempos remotos, para transmitir señales —reales o fingidas— entre aldeas distantes, como en aquellas viejas series de Tarzán.
Pero quizá una de sus aplicaciones más eficaces sea la teatral.
En particular, la comedia de enredos, esa maquinaria perfecta del absurdo cultivada por el dramaturgo francés Georges Feydeau, maestro de la comedia de enredos que hizo de la mentira encadenada un arte escénico. Su fórmula era sencilla: un engaño exige otro; luego otro más; y así sucesivamente, hasta que la acumulación de ficciones produce un caos insostenible. Al final, lo real irrumpe con estrépito, dejando al descubierto el artificio.
Mucho de la gestión del actual mandatario estadounidense parece responder a esa misma lógica dramática.
Un día se presenta como aspirante al Premio Nobel; otro, como una suerte de monarca plebiscitario llamado a rediseñar la arquitectura institucional de su país según sus impulsos personales. Un día es juez del mundo, al siguiente gatillo o verdugo, pero siempre con la justificación de vindicar al “golpeado pueblo” y economía estadounidense. Cada controversia parece seguida por otra más aparatosa; cada estridencia pública parece diseñada para sepultar la anterior; cada sobresalto mediático opera como una cortina de humo que desplaza la atención hacia un nuevo episodio del espectáculo.
La política convertida en percusión.
El problema es que, cuando el ruido sustituye a la razón, la comedia suele rozar la tragedia. Porque las fanfarrias del poder no solo encubren desórdenes domésticos o excesos personales; también terminan proyectándose sobre decisiones que afectan equilibrios internacionales, tensiones militares y la estabilidad de pueblos enteros.
Ahora bien, para ser rey no basta con proclamarse como tal. Hay algo en la realeza —por anacrónica que parezca— que se aprende por linaje, por ceremonia, por siglos de manejo del gesto y la insinuación. Y cuando quien domina ese lenguaje se encuentra frente a quien apenas ensaya maneras cortesanas, la diferencia se vuelve evidente.
La reciente visita de Carlos III a Washington ofreció algunas muestras de ello.
Con la elegancia oblicua que distingue a la diplomacia británica, no faltaron comentarios que, bajo apariencia de cortesía, podían leerse como refinados dardos. “Si no fuera por nosotros, estarían hablando francés”, deslizó con humor histórico. Más punzante aún fue su referencia a que los británicos ya habían hecho su propio “intento de remodelación inmobiliaria” de la Casa Blanca en 1814.
No hizo falta elevar la voz. Es más, todo lo dicho se dirigió con una sonrisa natural y amistosa. A veces basta una campana, aunque provenga de una submarino hundido.
Porque mientras unos hacen política a golpe de tambor, otros aún dominan el arte más antiguo y devastador del poder: la ironía.
Raúl Alexánder Camacho Alfaro
Abogado





































