Tres años de gobierno, en pocas palabras
La Administración Chinchilla nunca tuvo clara cuál era su estrategia política
La Administración Chinchilla nunca tuvo clara cuál era su estrategia política
La impopularidad del Gobierno de la Presidente Laura Chinchilla Miranda se inicia el propio día en que asume el poder en mayo 2010, lo que hoy recoge a “canastos” llenos es la cosecha que desde aquel día empezó a abonar. No es casualidad que su gobierno sea el más mal evaluado de toda América.
La diferencia entre la política y lo político no es un asunto de género, sino que está en los espacios de tiempo y de acción que se determinan para cada escenario. Comprender la diferencia de estos conceptos es clave para una buena comunicación política —la mayor falencia de la Administración Chinchilla— que permita dar el paso del “deber ser” al “ser”, de lo idealista a las realidades cotidianas.
El mundo de la política, con “a”, es el de las palabras, de los sueños, de la linda irresponsabilidad de promesas, el de los discursos. Su escenario más representativo es la campaña electoral. Pero inmediatamente que un candidato gana y asume la presidencia, deja el espacio de las palabras y pasa a uno más complicado, el de lo político, con “o”. Este es el mundo de asumir la batuta de la “orquesta” y la obligatoriedad de empezar a tomar decisiones.
Ese cambio de escenario nunca lo comprendió la Presidente Chinchilla. Pensó que ganar con el 47%, un poco menos de 897 mil votos, la legitimaba para gobernar sin contratiempos. Obvió que eso apenas representaba un 31% de los electores de aquel momento, lo cual la obligaba no solamente a mantener esas lealtades, sino a sumar sobre el 69% de los que no habían creído en ella.
Empero, no hizo ni una ni otra tarea, sino que empezó a restar y a desperdigar el caudal cosechado en el mundo de la política —el de las palabras— cuando pasó al mundo de lo político, a tomar decisiones, que no fueron ni oportunas, ni acertadas, ni firmes como había prometido; no logró sumar nuevas lealtades y apoyos políticos, quedó sola.
Su mala comunicación política le produjo el resultado lógico de no comprender qué es la gobernabilidad, terreno fértil y propicio en el que se relacionan los diversos actores sociales. Se equivocó en la selección de su Ministro de la Presidencia —más cuando no lo empoderó— luego lo cambió y tampoco acertó. Creyó que el problema estaba en no haber arrancado con un Ministro de Información, lo nombró, pero este se pasó justificando sus desaciertos en que no habían sabido comunicar, exactamente la tarea que se le había encomendado; lo cambiaron y las cosas no mejoraron. Hizo la Presidente de la comunicación y la presidencia un Ministerio bicéfalo.
La Administración Chinchilla nunca tuvo clara cuál era su estrategia política, cuáles serían sus prioridades y quiénes liderarían cada tema, se quiso “destetar” sin tener proyecto propio. La Presidente aplicó una especie de “laissez faire, laissez passer” político, en el cual el exceso de libertad o desorientación de su gabinete le hizo contradecirse en muchos temas y decisiones durante estos tres años.
Por último, la Presidente mostró su mayor debilidad: falta de liderazgo natural, pues el que ejerce se sustenta más en la institucionalidad propia de su cargo, que en cualidades de inspiración, necesaria para desenvolverse como lo requiere ser Presidente de una República. Sembró vientos, y recogió lo correspondiente, tempestades.
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo