Tacones, tenis y heridas invisibles: lo que callamos entre mujeres
Cuando entre nosotras florece la envidia en lugar de la empatía, perdemos todas. Es hora de cambiar la historia.
Francella Morera Bogantes
Cuando entre nosotras florece la envidia en lugar de la empatía, perdemos todas. Es hora de cambiar la historia
Somos complejas. Sí, hermosamente complejas. Tenemos la capacidad de ser fuerza y ternura al mismo tiempo, de cuidar y construir, de reinventarnos tras cada caída. Pero también, a veces, somos nuestras propias enemigas. Entre mujeres, hay momentos donde, en lugar de tejer redes de apoyo, tejemos telarañas de competencia, juicios o silencios incómodos.
En esta sociedad, aún nos cuesta alegrarnos sinceramente por el éxito de otra mujer. ¿Por qué cuando ella brilla, sentimos que nos apagan la luz? ¿Por qué nos sentimos incómodas frente a los logros ajenos, como si fueran una amenaza y no una inspiración?
He visto cómo florecen los celos en ambientes donde debería reinar la sororidad. He sentido la tensión en reuniones donde una mujer trata de menospreciar a otra por su apariencia, su edad, su carrera, su pareja o su estilo de vida. He sido testigo —y confieso, alguna vez protagonista— de esas miradas que no felicitan, que no celebran, que no sostienen.
Y es que, muchas veces, no nos han enseñado a vernos como aliadas. Nos criaron para competir. Para ser "la mejor", "la más bonita", "la más lista", "la que se casó", "la que tuvo hijos", "la que no fracasó". Nos metieron en una carrera que no elegimos y que no lleva a ningún lado. Nos enseñaron a criticar antes que comprender. A callar antes que preguntar. A señalar antes que abrazar.
Pero la vida, con su sabiduría implacable, nos recuerda lo contrario: que estamos hechas para acompañarnos.
Hay mujeres que lloran en silencio tras un divorcio mientras las otras dicen: “yo lo sabía”. Mujeres que intentan salir adelante con hijos a cuestas y corazón hecho trizas, mientras otras las juzgan por no verse “enteras”. Mujeres que alcanzan metas enormes con un nudo en la garganta, deseando que al menos una de sus amigas celebre con ellas desde el alma y no desde el protocolo.
Y también hay mujeres que han sido heridas tantas veces por otras mujeres, que ya no confían. Que prefieren callar sus logros, esconder sus penas y seguir, solas, por miedo a la crítica o al abandono. Mujeres que han olvidado cómo pedir ayuda, porque cuando lo hicieron, no encontraron eco.
Qué mundo tan solitario construimos cuando la indiferencia se vuelve costumbre.
Pero hay esperanza. Porque también he visto a mujeres que se abrazan fuerte aunque apenas se conozcan. He visto a una madre levantar a otra con una palabra. A una colega celebrar el ascenso de otra como si fuera propio. A una amiga cancelar sus planes para sostener la tristeza ajena. He visto la magia de la empatía femenina en acción. Y no tiene comparación.
Lo cierto es que cuando una mujer le da la mano a otra, no solo la levanta: nos levanta a todas. Porque cuando nos aliamos, el mundo cambia. Cuando dejamos de competir y comenzamos a construir juntas, nos convertimos en fuerza imparable.
No se necesita mucho para empezar. A veces basta con escuchar sin juzgar. Con decir “te entiendo” en lugar de “te lo advertí”. Con ver a otra mujer no como una rival, sino como una hermana de camino. Con ponernos en sus zapatos, ya sean tacones elegantes o tenis polvorientos, y caminar a su lado, no delante ni detrás.
Esta vida es corta. El tiempo se nos va en un suspiro. Y mientras seguimos perdiendo energía criticándonos, también perdemos la oportunidad de sanar, de crecer, de avanzar juntas. Ser indiferente ante el dolor de otra mujer, o no celebrar su alegría, es un lujo que no nos podemos seguir dando. Es una factura emocional que nos pasa el tiempo y nos pasa el alma.
Hoy, más que nunca, necesitamos mujeres que se reconozcan, que se sostengan, que se impulsen. Mujeres que celebren, que sanen, que abracen. Porque unidas no solo somos más fuertes, somos invencibles.