No se trata de nostalgia ni de demonizar el mundo digital. Se trata de reconstruir el equilibrio.
Edgardo Piedra Garita*
Director General Yorkín School
Después de más de treinta años trabajando en el ámbito educativo, he tenido el privilegio —y también la responsabilidad— de acompañar a distintas generaciones de niños y adolescentes en su proceso de formación. Esta experiencia prolongada me ha permitido observar de forma empírica una transformación profunda que se ha acelerado durante los últimos 15 años: cada vez veo con más frecuencia estudiantes que presentan dificultades para concentrarse, problemas de ansiedad, soledad y aislamiento, pérdida de capacidad de análisis, e incluso una ortografía preocupante que refleja la influencia de cómo escriben en sus dispositivos electrónicos.
Estos cambios no son casuales ni inevitables. Son síntomas de un entorno cada vez más dominado por la tecnología digital, y específicamente por el uso indiscriminado de smartphones desde edades tempranas. Afortunadamente, llegó a mis manos un libro que me ayudó a confirmar, con base en evidencia científica, lo que había venido observando en el aula. Me refiero a La generación ansiosa del psicólogo social Jonathan Haidt, una obra que recomiendo encarecidamente a todo padre de familia, docente o formador de jóvenes. Haidt no habla desde la intuición, sino desde datos contundentes y estudios rigurosos. Y lo que muestra es claro: la exposición excesiva a pantallas está afectando de manera alarmante la salud mental, emocional y social de nuestros hijos.
Haidt identifica cuatro grandes perjuicios que están marcando a las nuevas generaciones: la privación social, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y la adicción. Como educador, he visto estos efectos materializarse uno por uno.
Estamos criando una generación sola, aunque hiperconectada
Una de las paradojas más inquietantes de esta era es que, aunque los adolescentes están conectados “todo el tiempo”, muchos de ellos nunca se habían sentido tan solos. En lugar de conversaciones reales, tenemos chats fragmentados. En lugar de amistades profundas, seguidores y "likes". Como lo advierte la investigadora del MIT Sherry Turkle, estamos “solos juntos”: rodeados de tecnología, pero privados del contacto humano que forma la base de la empatía y el sentido de pertenencia.
Otro síntoma evidente en las aulas es el cansancio crónico. Muchos estudiantes simplemente no duermen bien, porque llevan sus celulares a la cama y se despiertan con cada notificación o estímulo digital. Haidt resalta cómo esta falta de sueño no solo afecta la memoria y el rendimiento escolar, sino que está directamente relacionada con el aumento de la ansiedad, la depresión y la irritabilidad en jóvenes.
Vivimos en una cultura de interrupciones constantes. Nuestros jóvenes ya no pueden sostener la atención durante una lectura larga o una explicación compleja. Cambian de aplicación, video o tarea cada pocos segundos. El cerebro, entrenado para el multitasking digital, pierde la capacidad de concentración profunda, que es la base del pensamiento crítico y del aprendizaje real.
¿Qué podemos hacer? Recomendaciones concretas
Aunque el panorama es inquietante, aún estamos a tiempo de actuar. Aquí algunas recomendaciones que padres y educadores podemos aplicar desde ya:
- Retrasar el acceso a smartphones y redes sociales. Haidt sugiere: teléfono personal a partir de los 14 años, redes sociales no antes de los 16. Cuanto más tarde, mejor.
- Establecer horarios sin pantallas, especialmente en:
- Comidas familiares.
- Antes de dormir.
- Al comenzar el día.
- Durante tareas escolares o actividades grupales.
- Zonas libres de tecnología: dormitorios, comedores y salones pueden ser espacios de conexión real.
- Fomentar actividades alternativas reales: deportes, arte, música, lectura, voluntariado. No se trata solo de “prohibir” sino de llenar de vida real.
- Educar en el uso consciente de la tecnología: enseñar cómo funcionan los algoritmos, el impacto de la comparación social y el derecho al descanso digital.
- Modelar con el ejemplo: los adultos también debemos revisar nuestros propios hábitos. No podemos exigir lo que no practicamos.
- Eliminar dispositivos del dormitorio: el sueño es sagrado. Los celulares deben quedarse fuera.
- Escuchar más, juzgar menos: detrás del abuso de pantallas muchas veces hay soledad, ansiedad o falta de propósito. Escuchar con empatía es el primer paso para acompañar mejor.
La educación necesita nuestra presencia, no solo nuestra vigilancia
Como alguien que ha dedicado su vida a la educación, me resulta doloroso ver cómo el potencial humano de tantos jóvenes se ve opacado por una tecnología mal gestionada. Pero también sé que el cambio empieza en casa y en el aula, con decisiones diarias, pequeñas y firmes.
No se trata de nostalgia ni de demonizar el mundo digital. Se trata de reconstruir el equilibrio. De volver a mirar a los ojos. De crear espacios donde nuestros hijos y alumnos puedan volver a ser lo que son: niños y adolescentes en crecimiento, no consumidores atrapados en pantallas.
Como dice Haidt, la infancia que estamos ofreciendo hoy es psicológicamente anormal. Y nosotros, los adultos, somos los responsables de recuperar la normalidad: esa en la que se duerme bien, se juega al aire libre, se habla cara a cara y se vive con atención plena.
El momento de actuar es ahora. No para controlar por miedo, sino para cuidar por amor.
*El autor es Profesor de Historia por la UCR, Máster en Estudios de Matrimonio y Familia por la Universidad de Navarra y Doctor en Educación por la Universidad Internacional de Catalunya





































